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La luz se estrena en los cines este viernes 5 de junioDisney

Crítica de cine

'La luz', la película sobre un sacerdote arrepentido que cede ante lo políticamente correcto

Fernando Franco tropieza en el último tercio de un filme que prometía luz y terminó cediendo al anacronismo

Fernando Franco es un director y guionista con muchos más aciertos que errores en su filmografía como director. Sus películas siempre son interesantes, a pesar de los riesgos que asume explorando situaciones que salen de lo convencional y de lo obvio, sobre los que vierte una perspectiva moral con la que en ocasiones puede no coincidir el espectador.

En el caso de La luz, la mirada original e inteligente de Fernando Franco se automutila en el último tercio del film al dar tanto espacio al oportunismo de lo políticamente correcto. La trama principal es realmente sobrecogedora: Manuel (Alberto San Juan) es un sacerdote que treinta años atrás abusó de tres alumnos del colegio donde trabajaba.

A lo largo de los años ha pensado mucho sobre el asunto y ahora está hondamente arrepentido y decidido afrontar los hechos y asumir las consecuencias: busca a sus víctimas para pedirles perdón, solicita una dispensa papal y se pone a disposición de la justicia civil y la disciplina canónica. Todo este proceso está tratado con mucha seriedad y autenticidad, manifestándose claramente el sufrimiento originado por la culpa y la impotencia de no poder cambiar el pasado.

El problema del guion aparece con la película ya muy avanzada, y es que, ignorando todo lo que la Iglesia española –y universal, con los Papas a la cabeza–ha hecho y está haciendo para extirpar la lacra de los abusos y tratar de reparar lo que se pueda reparar, Franco opta por mostrar una Iglesia –obispos, pero también laicos–que no quiere sacerdotes pidiendo perdón, sino que prefiere que los casos prescriban y que se laven en casa los trapos sucios. Ciertamente estas estrategias se siguieron con frecuencia hace décadas, pero el argumento está situado en el presente.

Más allá del anacronismo, aquí también el guion adquiere trazos más gruesos, por ejemplo en el diseño de algunos personajes: el obispo Tamargo, que encarna Miguel Rellán, es cínico e hipócrita, algo maquiavélico, y el obispo Alcala (Pedro Casablanc), es mejor solo en apariencia. Otro detalle sorprendente es que el protagonista, en su discurso más ideológico, culpa al celibato de la pederastia, ignorando todo el valor que la tradición de la Iglesia ha dado durante siglos a ese estado de vida. El último elemento de corrección política es que Manuel, como no podía ser de otra manera, parece tener una pareja… del mismo sexo.

Hay sin embargo dos personajes secundarios mucho menos estereotipados que los obispos, el sacristán mudo Iñaki (Luis Callejo) y la madre de Manuel (María Galiana), cuya humanidad está representada por encima de cualquier intención ideológica. Son dos personajes que «ven» a las personas, y que su mirada no se queda en el mal que hayan podido cometer.

Un acierto cinematográfico es el paralelismo que se establece entre el calvario que vive Manuel y La pasión de Cristo, que se celebra con las procesiones de Semana Santa en el pueblo de su madre. Esta aparece como la Madre del Señor que le acompaña en su agonía por las calles en las que acecha la muerte.

Estamos por tanto ante una película que crecía como un soufflé hasta que un ingrediente equivocado lo desinfla innecesariamente. Cuánto daño hace el poder de lo políticamente correcto a nuestro cine y sobre todo, cuántos espectadores les hace perder.