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La artista Dolly Parton en una imagen de archivo

La artista Dolly Parton en una imagen de archivoEFE

Cine

​Dolly Parton, el adiós a la reina de diamantes y la orfandad de la música con alma

Parton ha fallecido este 25 de agosto a los 80 años

Solía bromear diciendo que costaba muchísimo dinero tener un aspecto tan barato. Detrás de la inmensa peluca rubia, las lentejuelas cegadoras, el maquillaje excesivo y las cirugías, Dolly Parton construyó uno de los personajes más icónicos de la cultura popular norteamericana. Sin embargo, la gran ironía de su vida, el verdadero milagro de su existencia, es que debajo de todo aquel monumental artificio de plástico y laca latía una de las almas más puras, auténticas y deslumbrantes que ha dado la historia de la música y el entretenimiento. Hoy, con su fallecimiento, no solo se apaga una estrella rutilante; se cierra un capítulo fundamental de la cultura occidental.

Dolly Parton no era un producto de laboratorio ni una simple cantante de country. Era, en el sentido más noble y rotundo de la expresión, una show woman absoluta. Una artista integral que dominaba el escenario con una autoridad aplastante. Le bastaba su inseparable guitarra, una sonrisa radiante y su inagotable sentido del humor para meterse a estadios enteros en el bolsillo. Nacida en la pobreza extrema en una cabaña de las Montañas Humeantes de Tennessee, la cuarta de doce hermanos supo transformar la miseria, el frío y el hambre en poesía universal. De su puño y letra nacieron himnos desgarradores como Jolene, la tierna Coat of Many Colors o la colosal I Will Always Love You, una balada que muchos atribuyen erróneamente a Whitney Houston, pero que Dolly compuso en 1973 como un acto de inmensa gratitud.

Ese carisma arrollador y genuino fue el que la catapultó inevitablemente a la gran pantalla. Hollywood no tardó en darse cuenta de que no estaba ante una cantante probando suerte, sino ante un huracán escénico. Su debut cinematográfico en Cómo eliminar a su jefe (1980) fue un triunfo absoluto. No solo compuso el inolvidable tema principal Nine to five —que le valió una nominación al Oscar—, sino que aguantó el tipo con una naturalidad pasmosa frente a pesos pesados como Jane Fonda y Lily Tomlin.

A partir de ahí, su idilio con el séptimo arte dejó títulos grabados en la memoria de toda una generación. Derrochó química junto a Burt Reynolds en La casa más divertida de Texas (1982), demostró su inmensa vis cómica intentando enseñar a cantar a Sylvester Stallone en la delirante Rhinestone (1984), y lideró comedias amables como Straight Talk (1992). Pero, si hay un largometraje que encierra la esencia cinematográfica de Dolly Parton, ese es Magnolias de acero (1989).

En el papel de Truvy Jones, la dueña del salón de belleza del pueblo, Parton no necesitaba recurrir al método Stanislavski para robarse cada plano junto a leyendas como Shirley MacLaine, Sally Field o una jovencísima Julia Roberts. Le bastaba con ser ella misma: una mujer de una calidez infinita, capaz de alternar la carcajada más sonora con una compasión que traspasaba el celuloide. Era el refugio perfecto, la matriarca sureña que siempre tenía una palabra de consuelo para las almas rotas.

Dolly Parton, junto a Jane Fonda y Lily Tomlin

Dolly Parton, junto a Jane Fonda y Lily Tomlin

Pero su marcha, envuelta hoy en el luto de millones de admiradores, esconde una tragedia cultural mucho más profunda. Con la muerte de Dolly Parton asistimos, una vez más, a la dolorosa extinción de una estirpe de gigantes. Las verdaderas voces, aquellas que estaban forjadas en el barro de la experiencia humana, nos están dejando. Hace apenas unos meses llorábamos el adiós del gran Gino Paoli, susurrador de intimidades. Y al mirar a nuestro alrededor, comprobamos con vértigo cómo se va apagando la generación de Bonnie Tyler, de Dennis Locorriere y de tantos otros artistas que no necesitaban más que un micrófono y sus cuerdas vocales para detener el tiempo.

Eran intérpretes con imperfecciones, con voces rasgadas, melancólicas o cristalinas, pero siempre vivas. Frente a ellos, el contraste con el panorama actual resulta desolador. La industria contemporánea ha vendido su alma al algoritmo y al autotune. La sociedad se ha acostumbrado a una música gélida, prefabricada en estudios asépticos, donde las voces suenan metálicas, idénticas e intercambiables.

La cartelera musical de hoy es, salvo honrosas excepciones, un páramo de ritmos machacones y letras vacías que son incapaces de arañar el corazón porque, sencillamente, no tienen alma. Hemos sustituido a los artesanos de la emoción por ingenieros de sonido que fabrican éxitos de usar y tirar. Resulta poético y a la vez trágico pensar que Dolly Parton, una mujer cubierta de artificio estético, derrochaba más verdad y autenticidad en un solo acorde que toda la generación actual de artistas prefabricados.

Dolly Parton en 1987

Dolly Parton en 1987GTRES

Parton pertenecía a esa raza en peligro de extinción. Escribía desde la fe profunda de sus raíces cristianas y desde la compasión hacia el que sufre. Nunca renunció a sus valores, ni se dejó engullir por el cinismo de las élites de la industria. Se mantuvo fiel a su marido, Carl Thomas Dean, durante casi seis décadas, y dedicó gran parte de su inmensa fortuna a la filantropía silenciosa, regalando millones de libros a niños sin recursos porque sabía, mejor que nadie, lo que era no tener nada.

Hoy, la reina de diamantes del country y del entretenimiento cuelga por última vez la chaqueta de flecos. Se marcha una show woman irrepetible que supo reírse de sí misma para que el mundo llorara de emoción con sus canciones y sus películas. En esta época de ídolos de barro y voces de hojalata, su pérdida deja a la cultura occidental un poco más sola, un poco más huérfana de autenticidad. Dolly Parton nos deja hoy un poco más solos, frente a una pantalla cada vez más fría y una radio sin pulso. Sin embargo, nos queda el inmenso legado de su obra y la certeza de que, en algún lugar más allá de las Montañas Humeantes, esa voz de cristal sigue sonando, libre ya de todo disfraz, cantándole a la eternidad.

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