A lo largo de siete temporadas, Rockefeller Plaza se convirtió en comedia de culto y en la favorita de la crítica gracias a su ritmo frenético de chistes, su brillante sátira de la cultura pop y la química perfecta entre sus protagonistas, Tina Fey y Alec Baldwin. ¿De qué iba? Mostraba los entresijos y el caos detrás de las cámaras de un programa de sketches en directo (algo así como el mítico Saturday Night Live). «Los retratos que Fey hizo de los arquetipos del mundo del espectáculo fueron tan certeros que adquirieron dimensiones alegóricas: Fey como la productora concienzuda, Jack McBrayer como el botones despistado, Jane Krakowski y Tracy Morgan como las estrellas narcisistas y, de forma magistral, Alec Baldwin como el jefe brillante y tóxico. Solo alguien con un amor incondicional por su oficio habría podido diseccionarlo de manera tan completa», explican desde New York Times para darle el octavo puesto de su clasificación. Sin duda, una de las mejores cosas de Rockefeller Plaza era su capacidad de autocrítica, ya que la serie se burlaba despiadadamente de su propia cadena productora (la NBC) y de sus empresas dueñas en la vida real. Nadie se escapaba de las parodias de esta sitcom que contó con cameos de primer nivel como Oprah Winfrey, Tom Hanks, Matt Damon, Carrie Fisher o Al Gore, que hacían versiones ridículas de sí mismos.