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Fotograma de Chopin

Crítica de cine

'Chopin', la película con la visión más vitalista del compositor polaco

Una película melancólica que sorprende por ver cómo de los agujeros negros siempre se alzaba cual ave fénix

Desde su país natal nos llega un biopic del músico polaco Frédéric Chopin, dirigido por el septuagenario Michal Kwiecinski, a partir de un libreto de Bartosz Janiszewski, guionista proveniente del mundo de las series. Históricamente, el periodo que se nos narra del compositor arranca con su llegada a París, al comienzo de la década de los treinta, y coincide con el reinado de Luis Felipe I de Orleans, el último rey de Francia. Este fue depuesto en 1848 y Chopin falleció en 1849, a los treinta y nueve años de edad.

El actor Eryc Kulm –que fue de quien partió la idea del film– da vida a un Chopin vitalista y juvenil que recibe el diagnóstico por parte de un amigo médico de que padece una grave tuberculosis, y de que esta le conducirá inexorablemente a una muerte temprana. A partir de ese momento Chopin vive mirando a la muerte cara a cara, tratando de exprimir la vida y la creación musical contrarreloj. Como declaró el director en el Festival de Sevilla: «La enfermedad era su esposa y la música su amante. He hecho la película bajo esa premisa».

Aunque la película recorre el avance de la enfermedad con sus altibajos, el guion se detiene en una selección de episodios de ese periodo, como su amistad con Franz Liszt, la epidemia de cólera en Paris de 1832, las clases particulares y los conciertos de salón, actividades ambas con las que Chopin se gana la vida, su compromiso fallido con de Maria Wodzińska, su relación con la aristócrata George Sand, o su estancia en Mallorca en 1838.

Aunque la ambientación de época es primorosa, y el diseño de producción notable, la película se centra en la psicología y el plano existencial de Chopin: su incapacidad para amar a una mujer, sus miedos, su necesidad casi fisiológica de tocar el piano y componer, la relación con sus amigos y su familia… y todo ello en un entorno que invitaba poco a la esperanza.

El resultado es una película que rebosa melancolía y a veces tristeza; pero que a la vez nos sorprende ver cómo de los agujeros negros Chopin siempre se alzaba cual ave fénix, recuperando la alegría de vivir hasta que su enfermedad volvía a sumergirle en la oscuridad de la muerte. En los momentos de luz le vemos retratado casi como una estrella de rock, bohemio y fiestero, una imagen muy distinta de la que se nos suele ofrecer de Chopin.

Es reseñable que el actor Eryc Kulm toca realmente el piano delante de la cámara, ya que su padre es músico y Eryc toca el piano desde muy pequeño. También hay que decir que la banda sonora de Robot Koch es deliberadamente anacrónica, electrónica y con baterías, decisión arriesgada que puede no ser del agrado de todos los espectadores.

La película fue recibida en Polonia con muchos premios, y es una de las producciones más costosas de ese país de los últimos años. Sin duda, una cita interesante para los amantes de la música y del género biográfico.