Ronald Reagan, en una imagen de archivo
Cine
Ronald Reagan, el actor mediocre que se convirtió en presidente de Estados Unidos
Relegado al cine de serie B y a la televisión, supo utilizar su conocimiento del medio en su carrera política
La historia de la comunicación política moderna tiene dos nombres propios: JKF y Ronald Reagan. El primero por aquellos famosos debates en televisión en que barrió a Richard Nixon y el segundo por su dominio total del medio televisivo, fundamental para la campaña que le llevó a la presidencia en 1981.
Ronald Reagan era actor, un actor corriente que durante más de veinte años intervino en más de 50 películas, principalmente wésterns, comedias y cine bélico y, más de la mitad, de Serie B, es decir, de presupuestos, medios y distribución de segunda.
Hijo de un vendedor de zapatos católico y un ama de casa protestante, había nacido en un pueblo de Illinois en 1911 y, aunque se licenció en Economía y Sociología en 1932, desde muy joven demostró sus dotes para la comunicación al empezar a trabajar como locutor deportivo. Durante un viaje a California, un amigo le presenta a su representante y le consigue una prueba en la Warner Bros. donde destaca por su voz y su soltura. Y, sin dudarlo, firma un contrato de siete años con el estudio. Era 1937 y ese mismo año hace su primera película Love is in the air.
Era guapo, alto, simpático y tenía carisma. Una joven promesa, como tantas otras. En los años 40 interviene en Win one for de Gipper, donde interpreta a una estrella de fútbol americano que le valdría el sobrenombre Gipper durante el resto de su vida, y Abismos de pasión de Sam Wood y considerada, casi unánimemente, la mejor interpretación de su carrera. De hecho, la famosa escena en la que se despierta sin piernas porque se las han amputado y grita Where's the rest of me? (¿Dónde está el resto de mí?) sirvió para dar título a su primera autobiografía.
Reagan se hizo popular por su aparición en wésterns
En 1942 es reclutado por el Ejército, es destinado a la First Motion Picture Unit en Culver City y participa en la producción de más de 400 películas de entrenamiento y documentales para las Fuerzas Aéreas.
Sin embargo, a su vuelta, la Warner observa que ha perdido su madera de estrella y le relega a producciones pequeñas de Serie B. Películas menores para estrellas menores, pero muy, muy populares. Durante los años 50 hace algunas comedias ligeras y dramas bélicos como Aviso de tormenta, Hong Kong, The winning team, Tropic Zone o Prisoner of war, pero él disfruta sobre todo haciendo wésterns como El último destacamento, La ley del Oeste, El jugador o el magnífico La reina de Montana junto a Barbara Stanwick.
No destaca por hacer grandes películas, tampoco por hacerlas malas (aunque la comedia Bedtime for Bonzo que hace con un chimpacé fue objeto de mofa de sus futuros adversarios políticos). Es un actor corriente que hace películas corrientes lo que, en esos años, era el camino directo a la televisión donde interviene durante años en Caravana y La llamada del Oeste, además de alguna joya suelta como su última película, el noir Código del hampa de 1964, dirigido por Don Siegel y basado en el relato de Ernest Hemingway.
Fotograma de Bedtime for Bonzo
En el año 65 se retira del cine después de llevar años presidiendo el Screen Actors Guild (el gremio de actores) desde donde gestiona el conflicto del Comité de Actividades Anitestadounidenses, negocia contratos colectivos con los grandes estudios de Hollywood y se enfrenta a complejos litigios sobre derechos de autor y regulación laboral. También desarrolla una fructífera carrera de presentador ocasional en el programa de televisión General Electric Theater con el que recorre Estados Unidos dando discursos corporativos y perfeccionando sus dotes de oratoria.
Ronald Reagan se crecía en los discursos, se crecía delante del público, se crecía delante de una cámara. Y es que, más allá del reconocimiento de su nombre, Hollywood le proporcionó las herramientas fundamentales para redefinir la comunicación política en Estados Unidos. Supo proyectar cercanía, aplomo y credibilidad en televisión, sabía leer el teleprónter con naturalidad y miraba a cámara como si mirase a los ojos a cada americano. Dominaba las pausas dramáticas, modulaba el tono de voz, sabía usar el humor para desarmar a sus oponentes y no temía las intervenciones en directo.
Él, que en contadísimas ocasiones hizo de villano en el cine, supo trasladar la imagen del héroe y del hombre honorable y patriota de sus personajes a su imagen pública. El votante medio le asoció con aquellos valores de optimismo e integridad y adoró esa idea de que todo es posible en América, pues pasó de ser un pequeño héroe del wéstern a presidente del país.
Sobre aquello, el propio Reagan, conocido también por su simpatía y naturalidad ante las preguntas que le hacían sobre su pasado hollywoodiense, habló en muchas ocasiones. Aunque, seguramente, su frase más conocida sobre el tema fue: «¿Cómo puede un actor ser presidente? A veces me he preguntado cómo se puede ser presidente y no ser actor».