Manuel García Morente, en una imagen fechada en 1941
El Debate de las Ideas
Páginas inspiradas: cartas de Manuel García Morente a José Ortega y Gasset y Xavier Zubiri
En ambas cartas les comunica su resolución de ordenarse sacerdote, culmen de su conversión religiosa iniciada el año anterior en París, durante el exilio que los tres pensadores habían compartido en la capital francesa
Tras regresar García Morente a España desde la Argentina, donde había desempeñado dos cátedras en la Universidad de Tucumán, el pensador andaluz escribe desde Vigo a sus amigos más próximos, entre ellos, en primer lugar, a Ortega y a Zubiri. En ambas cartas les comunica su resolución de ordenarse sacerdote, culmen de su conversión religiosa iniciada el año anterior en París, durante el exilio que los tres pensadores habían compartido en la capital francesa, tras el estallido de la Guerra Civil. Las dos cartas han sido publicadas en Escritos autobiográficos y epistolario, de Manuel García Morente, último volumen de la colección del Instituto CEU de Humanidades Ángel Ayala, editado por Juan Carlos Infante Gómez en CEU Ediciones.
A DON JOSÉ ORTEGA Y GASSET
(Publicado en Óscar Valado Domínguez, Manuel García Morente. Una vida a la luz de la correspondencia inédita con José Ortega y Gasset, Editorial San Esteban, Salamanca, 2020, pp. 121-123. También en Juan Carlos Infante Gómez, «Once cartas entre Manuel García Morente y José Ortega y Gasset», Revista de Hispanismo Filosófico, no27, (2022), pp. 43 y 44.)
Vigo, 13 de julio de 1938II Año Triunfal.Paseo de Alfonso XII, 29-1o.
Querido Pepe:
De Vigo, en donde estamos desde hace pocos días, escribo a usted para comunicarle nuestra llegada a España después de un viaje felicísimo. Vinimos por Lisboa; y pasamos inmediata- mente aquí, que es –por ahora– la residencia del Señor Obispo de Madrid-Alcalá. Permaneceremos en esta ciudad quizá unos meses y hemos tomado un pisito amueblado, desde cuyos balcones contemplamos toda la bahía. No puedo ponderar a usted la emoción de todos nosotros al entrar en España después de tantas tribulaciones y sufrimientos. Nos parecía mentira. Pero lo principal que quiero comunicarle en esta línea es la resolución que he tomado –y estoy ejecutando– de abrazar la vida religiosa; y por de pronto dedicarme a la preparación necesaria para hacerme digno, en el menor tiempo posible, de recibir las sagradas órdenes. Una vez ordenado sacerdote, ya habré tenido tiempo de discernir claramente la vocación concreta que Dios me quiere manifestar, y obraré en consecuencia. Ahora, por fin, me ha sido dado poner en ejecución un proyecto que desde hace algo más de un año andaba rondando por mi alma. En aquellos días funestos de mayo del año pasado, cuando la desesperación se apoderaba de mí, ante la imposibilidad de recobrar a mis hijas, sentí la necesidad imperiosa de un retiro en el seno de Dios, y por medio del abbé Jobit –el autor de una tesis doctoral sobre el krausismo, de quien usted quizá me haya oído hablar alguna vez– entré en relaciones con el abad benedictino de Ligugé; el cual ya me tenía concedida hospitalidad en su convento, cuando súbitamente cambiaron las cosas y se logró la llegada de mis hijas. Interrumpí entonces la ejecución de mis proyectos y nos trasladamos todos a Tucumán. Allí, poco a poco, en la soledad espiritual de aquel desierto poblado, los propósitos aplazados fueron cada vez más imponiéndose en mi alma.
Al iniciarse en abril el curso nuevo, sentime incapaz por completo de seguir enseñando y rescindí mi contrato con la Universidad. Di algunas conferencias en Buenos Aires, en Rosario, en Córdoba y en Montevideo para aumentar un poco mis ahorros, y le escribí al Señor Obispo de Madrid, mi diócesis, una carta explicándole mi resolución de abrazar la carrera eclesiástica. El Señor Obispo me ha recibido con los brazos abiertos, me ha tratado con un cariño y una benevolencia emocionantes y aprobando por completo mis planes, me ha ofrecido hospitalidad en el seminario que desde septiembre va a funcionar provisionalmente en Rozas de Puerto Real, a pocos kilómetros de San Martín de Valdeiglesias. Allí pues me trasladaré dentro de dos meses. Mi familia no sé todavía donde se instalará. Si no es posible acomodarla en San Martín de Valdeiglesias o en Ávila, permanecerá aquí, en Vigo, donde la vida es barata y cómoda. Mi hija María Pepa está gestionando le concedan la pensión de viudedad a que, según me dicen, tiene legalmente derecho como viuda de asesinado. Hemos traído de América dinero suficiente para vivir unos diez o doce meses. Así pues el optimismo y la felicidad reinan en nuestro pequeño mundo familiar.
Yo, por mi parte, me siento como renovado y rejuvenecido. Mi vida tiene ahora un sentido claro, neto, y una orientación inequívoca. Primero: trabajar para lograr cuanto antes ponerme en condiciones de recibir las sagradas órdenes; luego, seguir las directivas que la voz de Dios me señale, bien sean el abrazar la vida religiosa en algún monasterio o el cuidar de las almas en algún pueblecito, o alguna otra actividad dentro del servicio de Dios, al que exclusivamente he de dedicarme en adelante.
En Buenos Aires vi a Olarra –en los primeros días de mayo– que me dio noticias de usted. Ahora quisiera que me las diera usted mismo. Es muy posible que la vida nos mantenga en lo futuro corporalmente separados. Pero la distancia no será nunca capaz de entibiar el profundo cariño y la gran admiración que por usted siento y he sentido siempre. Espero que no deje usted de concederme unas letras, de vez en cuando, en prenda y con- firmación de esos sentimientos inalterables en mi corazón.
Salude muy cariñosamente a Rosa y a todos los suyos. Le abraza fraternalmente,
M. G. Morente
Segunda carta
A DON XAVIER ZUBIRI
Vigo, 13 de julio de 1938II Año Triunfal.Paseo de Alfonso XII, 29-1o.
Querido Zubiri:
Ya ve usted. Estamos en Vigo, es decir en España, en nuestra España. Hace pocos días que hemos llegado. Y si hemos elegido Vigo como punto de residencia, es únicamente porque aquí reside el señor Obispo de Madrid-Alcalá. Y ya se me hace tarde decirle a usted la novedad. Y la novedad es que me hago sacerdote y, abandonando la cátedra, me dedico de hoy en adelante al servicio de Dios. Usted quizá sea de los poquísimos amigos a quien esta noticia no sorprenda. Con usted en alguna ocasión he debido de clarearme un poco. Pero en realidad la idea empezó a arraigar de un modo permanente en mi alma el año pasado hacia el mes de mayo. ¿Recuerda usted cuando en mayo, creyendo perdido el empeño de recobrar a mis hijas, anduve en tratos con el abad de Ligugé para recluirme en un convento? Usted me regaló un hermoso libro sobre la orden y regla benedictina. Pues de entonces data la cosa. Llegaron mis hijas por una mutación casi milagrosa de los sucesos. Tuve que seguir la ruta hacia América, ya señalada. En Tucumán lo he pasado muy bien desde el punto de vista material y social: ¡halagado, inciensado, bien pagado! Pero en el desierto espiritual, que es aquello, mis anhelos religiosos han ido en aumento sin cesar. Y no puede decirse que yo los haya fomentado. Casi fuera más exacto lo contrario. Pero cada día hacíaseme más insoportable la vida docente. La enseñanza llegó a asquearme. Vinieron las vacaciones y mis inquietudes se calmaron un poco en los escrúpulos docentes; pero se fueron tornando cada vez más profundas en la subjetividad. En abril, cuando el curso se reanuda en la Argentina, comprendí que me era ya imposible seguir en la profesión docente. Entonces rescindí mi contrato con la universidad, organicé una serie de conferencias por Rosario, Córdoba, Montevideo y Buenos Aires, para complementar algo mis ahorros, le escribí una carta al Señor Obispo, explicándole mi estado de ánimo, y embarcamos hacia Europa. En Lisboa hallé la contestación del Señor Obispo, rebosante de cariño paternal y de bondad exquisita. Y como nosotros no tenemos preferencia por ninguna ciudad en España nos hemos ve- nido a Vigo precisamente porque aquí vive el Señor Obispo, que nos ha recibido con los mayores extremos de alegría, de cariño y de bondad. El día en que de manos del Señor Obispo recibí la Sagrada Comunión, que no recibía desde qué sé yo cuantas decenas de años, la emoción pudo más que yo y me postró en llanto; claro que de alegría y gratitud a Dios por la merced que me concedía devolviéndome la gracia y la pureza de la niñez.
Nuestro programa de vida está ya hecho. En septiembre voy a trasladarme a Rozas de Puerto Real, a pocos kilómetros de San Martín de Valdeiglesias, en donde el Señor Obispo establece por ahora un seminario. Allí permaneceré todo el tiempo que sea necesario para prepararme y ponerme en condiciones de recibir, cuando sea digno, las sagradas órdenes. Luego que esté ordenado, veremos lo que hago. Yo confío en que Dios durante todo ese tiempo haya manifestado claramente sus designios sobre mí; y seguiré obediente la vocación que él me ordene, bien sea la de recluirme en algún monasterio, bien la de dedicarme a la cura de almas en alguna aldea. Si encuentro acomodo para mi familia en San Martín de Valdeiglesias o en Ávila, la instalaré cerca del seminario. Si no lo encuentro, permanecerán en Vigo, donde hemos encontrado un piso amueblado muy agradable y bien situado. Aquí la vida es bastante barata. Con lo que he traído de América tendrán para vivir por lo menos diez meses. María Pepa va a solicitar la pensión a que, según me dicen, tiene derecho como viuda de asesinado. Voy a procurar alguna colocación para Carmencita y para Trini. Y confío sobre todo en la bondad de Dios que no ha de desampararnos. Por mi parte estoy verdaderamente transformado y casi rejuvenecido. Mi vida ahora tiene un sentido claro, inequívoco, y una orientación fija. Ya no es ese fluctuar entre opiniones, ese rumbo incierto y angustioso. He descubierto una roca inconmovible, en la que he asentado las plantas; y una inmensa paz ha entrado en mi alma, como si, desde ya, estuviera en la eternidad misma. Aquí, con los cuidados familiares, en plena ciudad y con diversos y encontrados quehaceres, gusto ya de esa espléndida paz interior, en donde el alma está como agua mansa de estanque ¿Qué no será dentro de dos meses, cuando en pleno campo, mi vida de Seminario se deslice en el cauce de la regularidad y la santificación diarias?
No vaya usted a América. Es aquello áspero y seco, duro de vivir. Yo he estado privilegiadamente bien, con los máximos honores y en condiciones económicas de primer orden. Sin embargo, no puedo, no puedo aguantar el ambiente de sorda guerra mutua y de despiadado egoísmo de insolidaridad radical que allí reina. Es preferible pasar privaciones y estrecheces entre amigos, entre hermanos, que vivir desahogadamente en un ambiente donde todo aplauso es interesado y toda censura emponzoñada. Y esto lo digo, no porque a nosotros nos haya alcanzado esa insolidaridad mutua, sino porque justamente lo excepcional de nuestro caso ha sido el permanecer sustraídos a ella y en una especie de máquina neumática. Pero hemos visto lo que es la selva virgen y la vida en perpetuo acecho. Véngase acá cuanto antes pueda. Yo le tendré al corriente.
A Carmen los más cariñosos recuerdos, de mi parte y de todos los de casa, que no escriben porque no les he dejado sitio. Otro día lo harán.
Escríbame pronto, querido. Un abrazo,
M. G. Morente