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El escritor David Uclés en la entrevista con El DebateIranzu García Vergara

Entrevista a David Uclés, escritor

«Para hablar de la Guerra Civil hay que quitarse las gafas políticas contemporáneas»

David Uclés ha pasado en menos de un año de autor casi desconocido a encabezar durante meses la lista de los más vendidos en España con su novela La península de las casas vacías. El Debate conversa con él para profundizar en esta visión de la Guerra Civil vista desde la óptica del realismo mágico

Cerca de 60.000 libros lleva vendidos el escritor David Uclés (35 años) de su novela La península de las casas vacías (Siruela) –desde su publicación en marzo de 2024, que ya va por su 15ª edición, varias traducciones en curso, y un proyecto de adaptación cinematográfica.

La historia de La península de las casas vacías es la historia de Odisto, un campesino andaluz, y su familia durante la Guerra Civil. ¿Otra novela más sobre la Guerra Civil? Sí, otra novela más sobre la Guerra Civil, pero esta tiene una trampa para atrapar al lector y no soltarlo: está escrita con una hipnótica fórmula de realismo mágico.

El éxito de Uclés es indudable. Se ha convertido, sin duda, en el autor español del momento y ha encabezado semana tras semana, durante dos meses, la lista de los libros más vendidos en España, superando a todos los autores consagrados que han publicado en los últimos meses de 2024 y lo que llevamos de 2025.

Sólo esta última semana Ildefonso Falcones lo ha desbancado con su En el amor y en la guerra (tercera parte de La catedral del mar). Su éxito queda reflejado en la atención mediática que ha recibido en los últimos meses: más de 200 entrevistas a medios y 120 presentaciones del libro por toda España.

Pero ¿quién es David Uclés? Este joven escritor, que recibe a El Debate en el Café del Nuncio, en el corazón del Madrid de los Austrias, parece salido de la nada. Natural de Úbeda, se ha recorrido toda España para componer este relato total de la guerra en todo el territorio en fórmula de ficción, un trabajo de investigación y escritura en el que ha invertido 15 años de su vida.

–Estamos ante una novela compleja, con muchos personajes, muchas tramas, mucha información narrativa e histórica, y muy extensa, 700 páginas. ¿Cómo se confecciona una novela así?

–Está estructurada en episodios muy breves, no tienen más de tres o cuatro páginas cada episodio, entonces eso facilita mucho la lectura. Aunque sea un libro gordo, es muy poroso. Sí que es muy completo, es bastante enciclopédico.

Nosotros, en la faja, pusimos que era una novela total, porque creemos que así es. Es decir, es un libro que intenta encerrar un mundo y, como tal, hay una capa que atañe a lo sociológico, a la cultura, a la política, a lo gastronómico, a lo antropológico, y tiene mucha información.

Soy iberista. Me propuse que Iberia existiera en todas mis novelas y en todos mis relatos. Que no existiera ni España ni Portugal, sino la unión.

También he tratado de dársela al lector de forma progresiva. Es un libro que puede leerse de muchas maneras, según el lector. Hay lectores que son más completistas, que quieren saber todas las referencias que nombro, si fueron así o no, y ver todas las capas, pero hay otros que, simplemente, se quieren quedar en la historia.

Para aquellos que solamente quieren centrarse en la historia, creo que se lo he marcado bien, para que no se agoten con la información. Y aquellos que quieran saberlo todo, sí que tienen que dedicarle mucho tiempo.

–¿Por qué Iberia en vez de España?

–Porque soy iberista. Mi iberismo lo desarrollé a los 19 años con Saramago y desde entonces me propuse, en aquel entonces, que Iberia existiera en todas mis novelas y en todos mis relatos. Que no existiera ni España ni Portugal, sino la unión.

Y lo he ido cumpliendo. He publicado ya tres novelas, cinco relatos y en ninguna de ellas existe ni España ni Portugal, y en las que vienen, tampoco. Es una forma romántica de empezar a familiarizar al lector con el concepto de Iberia, si es que no lo está.

–La novela arranca en un lugar ficticio muy concreto. ¿Qué pueblo es Jándula?

–Quesada. Es exactamente tal y como lo describo. Los topónimos, los nombres de las calles, el fervor por la Virgen, la gastronomía, todo. Salvo el nombre, que se suele cambiar en los libros de realismo mágico, y en la literatura en general. Vetusta era Oviedo, Úbeda Mágina, y en este caso Quesada es Jándula.

Creo que tenemos dos patrias: donde nacemos y donde morimos

Quesada es el pueblo de mi familia. Todos nacieron allí, yo soy de Úbeda, pero está a media hora, y es el lugar donde, supongo, que me moriré, porque está allí la tumba de mi familia. Es mi otra patria. Muchas veces no celebramos solo el aniversario del nacimiento de alguien, sino de la muerte, también.

Entonces, creo que tenemos dos patrias: donde nacemos y donde morimos, y Quesada sea, probablemente, mi lugar de descanso.

–¿Por qué recurre al realismo mágico para contar la Guerra Civil? Abordar una novela con ese género es situarse bajo la sombra de un gigante como García Márquez y sus Cien años de soledad, novela con la que, por otra parte, La península de las casas vacías tiene evidentes paralelismos.

–Cuando empecé a escribirla yo no sabía lo que era el realismo mágico. El realismo mágico es una necesidad inherente al humano y, de vez en cuando, surge un escritor que quiere narrar la realidad bajo tinte onírico. Eso ocurrió siempre.

El primer libro del que se tiene constancia, el Gilgamesh, que es una historia casi para niños de un hombre que pierde a su amigo y va a buscar el alma del fallecido, y ahí ya hay un tinte onírico, y fue hace varios milenios.

Creo que debemos interiorizar esa idea: la fantasía está siempre implícita en el ser humano

Gabriel García Márquez no inventó la rueda. Siempre hubo escritores que narraron lo crudo y el realismo bajo lo onírico y el surrealismo.

Ahí mi ejemplo. Yo no había leído a García Márquez cuando empecé. Cien años de soledad lo leí el verano pasado, entonces, no me ha podido influir. Lo empecé a leer a los 19 años, leí unas 20 páginas, y me dije: ‘Quiero hacer algo parecido. No voy a leer más para que no haya contaminación”.

Pero lo único que me inspiró fue el coger una genealogía grande, una familia amplia, y desarrollarla en un solo pueblo. Eso es lo que me aportaron las primeras 20 páginas de Cien años de soledad. Y me dije: ‘Cuando lo termines, te lo leerás’, y fue este verano en Santiago.

Creo que debemos interiorizar esa idea: la fantasía está siempre implícita en el ser humano. No lo inventó Márquez.

–Son 700 páginas de novela que, más allá de las partes de ficción, cuenta información muy detallada sobre la Guerra Civil, la República, la España de los años 30 y la vida en el campo. ¿Cómo fue el proceso para llegar hasta aquí?

–Mi abuelo me contaba historias sobre su infancia, y su infancia trataba de los años 30. Entonces, tuve que investigar sobre qué ocurrió durante su infancia y coincidió con que en esos años se dio la Guerra Civil. Si no, no hubiera tratado la Guerra Civil.

Si mi abuelo hubiera tenido su infancia en los años 50 habría tratado la posguerra. Fue algo circunstancial. Yo no soy muy militante, entonces no era mi intención hacer un libro sobre política, o con una carga política grande.

Pero bueno, fueron 15 años de trabajo. A los siete años de trabajo me dije, voy a investigar qué ocurrió durante la guerra para que el contexto sea más sólido, y ahí es donde digo: ¡Guau! Si es que ocurrieron tantas cosas que me apetece contarlas desde mi prisma.

–Es ahora mismo el escritor del momento en España, encabezando la lista de los más vendidos. ¿Cree que ha dado con un nicho poco explorado por nuestros escritores?

–En cuanto al realismo mágico, sí. Hay muy poca obra en ese llamado realismo mágico en la península. En cuanto a la guerra, no. Prácticamente todos los escritores han hablado de la guerra. Pero bueno, no lo habían hecho ni desde un realismo mágico tan bruto ni desde una perspectiva tan global, porque yo intenté contar toda la guerra en todo el territorio, y reflejar todas nuestras costumbres como pueblo. Eso hace que se diferencia de otras obras.

–¿Cómo se pasa de escritor desconocido para el gran público a súper ventas?

–De una forma muy natural. Ha sido todo muy progresivo, ha ido muy poco a poco. No he tenido un padrino, un golpe de suerte…, nunca. Ha sido todo…, gano una beca y gracias a esa beca publico una novela. Gracias a esa novela gano otra beca. Gracias a esa beca, otra novela, esa novela hace que tenga una carta de recomendación, eso me lleva a mi agencia, mi agencia a mi editorial… Ha sido todo muy progresivo.

Incluso en la editorial, no teníamos a nadie que nos hablara del libro en la faja. En las primeras ediciones no teníamos ninguna frase. Normalmente, sueles tener una frase.

Me tuve que recorrer toda la península de nuevo, a parte del año que investigué, para llevarle el libro a los lectores, para que los libreros lo conocieran. Y luego está el boca-oreja de los propios lectores, de los libreros…

Ese cambio en mí ha sido muy poco a poco, y ha sido agradable. No ha sido abrupto. Y luego, la fama del escritor no es como la fama del músico, o del modelo. A mí no me paran por la calle. Me siento un poco famoso cuando entre en una librería, que ahí sí me conocen los libreros, y es bonito. Son como pequeñas embajadas.

–Más de 80 años después del fin de la contienda, los españoles nos seguimos tirando los trastos a la cabeza por motivos ideológicos y con la excusa de la Guerra Civil. ¿Sabemos odiarnos bien los españoles? ¿Detecta clima prebélico en España?

–No. En el día a día, en la sociedad, yo veo que no estamos divididos como antaño. Y ese famoso odio que tenemos de forma hereditaria, tampoco lo veo. Sí lo veo en el Congreso, pero no en el día a día, no en la gente. Quizás es que en el Congreso les conviene esa crispación. También lo veo en los partidos ultra, que defienden una historia que no es así para causar crispación y división. Pero en el pueblo, en mis amigos, en la gente con la que yo hablo en las presentaciones, que he hecho más de 120 este año, no veo esta división.

Lo que he dicho en otras entrevistas es que, si el capitalismo cayera, que si hay una crisis mundial, pues que cada país despierta sus fantasmas y que en el nuestro pues quizás tendría relación con esa separación entre unos y otros. Pero, hoy día, 2025, no lo veo. Gracias a Dios, creo que está bastante superado.

La Guerra Civil es un tema recurrente porque es un tema que no se enseña en los institutos con el tiempo necesario, y que se tergiversa mucho, y que no nos la han enseñado las generaciones anteriores por el silencio, o porque había una dictadura. Es un tema recurrente porque cada uno tiene una opinión diferente, y eso causa un debate, pero no un debate que lleve a odiar al otro. Ha pasado mucho tiempo, 85 años han pasado ya.

Dicen los historiadores que después de 80 años se puede hablar ya de un tema sin hacerlo tan personal. Y yo creo que estamos en ese punto ya.

–En el libro se percibe un intento de huir de maniqueísmos en el tratamiento de la guerra. Hoy se vive una situación en la que hay una condena casi unánime al golpe de Estado del 36 y al franquismo. Pero, al mismo tiempo, hay una canonización de la República y las izquierdas, como si no tuvieran responsabilidad en la quiebra de la convivencia que llevó a la guerra, y no hubieran cometido crímenes durante la contienda. ¿Qué responsabilidad tuvo la República y las izquierdas en la guerra?

–Yo no he querido ser imparcial, porque es imposible. Yo lo que he querido es ser objetivo. Es decir, todo lo que he investigado lo he contrastado y lo he plasmado, independientemente de que lo que yo plasmara se acercara más a mi pensamiento político contemporáneo.

Entonces, es curioso, porque mucha gente me dice: ‘No te has querido mojar’. Pero no, me he mojado en todo. Si una persona cometió una atrocidad, ya fuera de una ideología o de otra, lo he plasmado. A eso es a lo que me refiero, en cuanto al trabajo ideológico.

No fue de la noche a la mañana, un ‘¡pues matémonos los unos a los otros porque nos llevamos mal!’

A nivel estatal, a nivel institucional, a mucha gente le cuesta hablar de guerra porque fue provocado por un golpe de Estado. Todas las guerras se provocan por algo.

Hay que tener en cuenta que no fue de la noche a la mañana, un ‘¡pues matémonos los unos a los otros porque nos llevamos mal!’. No. Hubo un golpe de estado que quitó la ley y el orden, provocó un caos total y entonces una parte del pueblo tuvo que defenderse de la otra. Y una vez que se forman los dos bandos entonces sí ya se puede hablar de Guerra Civil.

Y en cuanto hay una guerra, en cualquier guerra, pues no hay santos inocentes. Es decir, se toman decisiones en las que los que toman esas decisiones se manchan las manos de sangre. Entonces yo no canonizaría a nadie en una guerra. Ni de derechas ni de izquierdas ni de centro.

Ahora, una vez que estalla la guerra se tomaron decisiones de matar a inocentes que hay que denunciar, yo las denuncio en el libro.

–Pero ¿cree que en democracia se debería analizar la República con una visión más crítica?

–Yo creo que ya está ocurriendo. En los últimos libros de historia que yo estoy leyendo, por ejemplo, Ni una, ni grande, ni libre, de Nicolás Sesma (Crítica), que trata la guerra y la posguerra, él señala y no sacraliza a nadie. Yo creo que los historiadores contemporáneos ya lo están haciendo, y mi libro también lo hace. Yo siembro la duda de si la República era tan idílica como muchos defienden. No lo sé, tengo mis dudas. Pero, en cualquier caso, no era una situación como para provocar un golpe de Estado con los grupúsculos militares. Era inestable, sí, pero no para provocar eso.

Si hubiera provocado el golpe de Estado la izquierda, y hubiera triunfado, también la criticaría. Al igual que no me tiembla la mano a la hora de criticar la dictadura estalinista, pero es que no ocurrió.

Para hablar de la guerra hace falta quitarse las gafas políticas contemporáneas, si no, es imposible.