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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

El crisol cultural en las universidades de Estados Unidos, otra falacia política

Lejos de propiciar el famoso mestizaje de todas las clases y razas, las supuestas políticas integradoras en la práctica constituyen vacuos gestos hacia la galería en nombre de la corrección política

Manifestación pro Palestina en la Universidad de Columbia en Nueva York

Manifestación pro Palestina en la Universidad de Columbia en Nueva YorkTwitter

Esta es una historia verdadera. La única hija de mi amiga estudió, hasta hace muy poco, en una de esas universidades norteamericanas que ahora se erigen en defensoras de la libertad frente a las denominadas tropelías de Trump.

Como miembro de una rica familia latinoamericana, esta chica ya había asistido a un colegio de raíz estadounidense, en su propio país. Toda su educación se desarrolló en inglés. Conoce la historia de George Washington mejor que la de aquellos sucesores de Colón que moldearon las costumbres de su isla caribeña, lo mismo que las canciones, películas y libros de sus vecinos del norte.

Su fluido dominio de la lengua de Walt Whitman ya le permitía viajar, a menudo, a Manhattan, a donde su parentela la enviaba, desde temprano, de compras; sin que allí fueran capaces de discriminar su acento, vestimenta, color de tez o peinado del de otras muchachas criadas entre algodones, si bien en Greenwich.

Al terminar el colegio, su siguiente destino se hallaba decidido desde la cuna: se forjaría una licenciatura en alguna de las mejores universidades estadounidenses, porque si fuese menester (siempre lo es) a su impecable expediente sumaba, además, la abundancia de recursos que suele marcar la diferencia. Pero apenas iniciado el curso, le tocó vivir en sus carnes el único drama relevante de su mullida existencia, hasta hoy.

Una vez en la universidad, conoció una versión particular de aquella vieja canción que decía: «los chicos con los chicos, las chicas con las chicas»

Una vez en la universidad, conoció una versión particular de aquella vieja canción que decía: «los chicos con los chicos, las chicas con las chicas». En su caso transformada, más bien, en los negros con los negros, los latinos con los latinos y los blancos («wasp»), por supuesto, solo entre ellos. El «melting pot», ese supuesto crisol de culturas que ella tan bien había estudiado en sus clases de sociales, o no se conocía o se encontraba seriamente averiado.

A la hora de formar los grupos de estudios, pese a sus orígenes nada plebeyos, la piel nívea o el perfecto empleo del idioma, sus apellidos (ambos de origen inequívocamente ibérico), la condenaban, cada vez, a colaborar solo en el de los «latinx».

Y no es que ella se sintiera incómoda entre otros miembros distinguidos de la colonia de colombianos, argentinos o ecuatorianos allí representada. Pero su sueño, al acudir a una tan prestigiosa institución educativa como esa, siempre había consistido en poder integrarse realmente en un ambiente, digamos, multicultural, llegando a estrechar lazos, incluso, con los veraneantes de los Hamptons.

La utopía nunca se verificó: curso tras curso, la misma división a la hora del trabajo se aplicó con obstinada exactitud. Desencantada, optó por quejarse a las autoridades universitarias. Solicitó una reunión con el decanato y les habló allí de esa suerte de impuesta discriminación de los propios alumnos, ante la que los advertidos profesores se ponían a silbar.

Quizá harían mejor en dejar de llenarle a sus estudiantes la cabeza con ideales como los de la Intifada, paradigma de la lucha por las conquistas sociales para unos cuantos concienciados entre estos catedráticos, y dedicarse a paliar el abismo académico que no hace más que ensancharse con los estudiantes asiáticos en sus respectivos países, más preocupados por desarrollar útiles fórmulas matemáticas que en la suerte de los líderes de Hamas (si en eso consistiera el nuevo humanismo).

Si en medio de su a menudo caótico discurso, los planes de Trump para sus universidades se propusieran, aunque solo fuese en una décima parte de sus objetivos, devolverle al mérito su esencial relevancia, ya merecería obtener el éxito que la formidable maquinaria de agitación progresista, enquistada en esas antaño venerables instituciones, se propone cercenar por todos los medios a su alcance.

Los otros «Papas buenos»

Ha muerto Francisco Bergoglio, admirador de Bach, Mozart y Piazzola (no necesariamente por ese orden). En su colección de unos dos mil cedés, figuraba además, en lugar principal, el «Anillo» wagneriano en la versión de Wilhelm Furtwängler, su director de orquesta favorito, al que algunos aún insisten en vincular con el nazismo.

Pope Francisco  en 2024

Pope Francisco en 2024GTRES

Al pontífice argentino ya están casi a punto de colgarle la vitola del «otro Papa bueno», como el recordado Juan XXIII. Resulta sorprendente el adjetivo asociado al nombre de aquel santo padre de acogedora, perenne sonrisa, como su sentido del humor. ¿Qué ocurre? ¿Que el resto de los guías de la Iglesia han sido, en realidad, agentes camuflados del príncipe de las tinieblas?

A otro Papa, Montini, por ejemplo, no le ayudaba en cambio su gesto a menudo severo, avinagrado; el rictus suele tenerse como revelador de miserias interiores, cultivadas en secreto, con una cierta propensión al mal. Nada más lejos de la realidad en el caso de Pablo VI, aún denostado por algunos a cuenta de asuntos como su firme oposición a la Guerra de Vietnam, o su insuficiente –dicen– implicación en la fallida liberación del asesinado presidente italiano Aldo Moro (se ha llegado a acusarle, incluso, de cierta complacencia con las Brigadas Rojas, responsables de aquel secuestro).

Quienes hemos tenido que estudiar alguna de sus reveladoras encíclicas sociales, como la fundamental «Populorum progressio», pudimos comprobar cómo ya en 1967, más allá de gestos y declaraciones, Pablo VI se anticipó, por varias décadas, en la defensa ponderada de los trabajadores y la advertencia de la necesidad de zanjar las desigualdades sociales, de manera muy particular las que atañen a la brecha con el Tercer Mundo. Todo expresado con autoridad y una nitidez de pensamiento admirable.

Bergoglio no fue ni el primero ni el último en promover una visión cristiana del desarrollo. Aunque alguno de sus antecesores no tuvieran una camiseta dedicada por Messi.

Por fin, una cosa cierta en RTVE

Un trabajador de RTVE ha dicho la única verdad importante que haya salido estos días del ente público, empeñado en convertirse, aún más, en elemento indispensable para el «agit-prop» gubernamental.

En el curso de un reportaje publicado por otro medio, donde se glosaba su deriva de estos últimos tiempos (que aquí mismo se narra día por día), se afirma que un empleado de esa casa, espantado por el curso último de los acontecimientos, había dicho: «Si esto llega a ocurrir con la derecha, los trabajadores haríamos paros todos los días». Y el primero tras la pancarta sería seguramente el pontevedrés Fortes, como en sus tiempos de meritorio.

José Pablo López presidente de RTVE

José Pablo López, presidente de RTVE

El presidente de RTVE, otrora comercial para Telecinco, bregado en cloacas televisivas, también ha sostenido estos días otra gran certeza: que bajo su mandato intentaría hacer rentable la empresa pública. Y como si se tratase de un seguidor de Milton Friedman, se aplica en ello como los Chicago Boys intentaron en su día con Pinochet: al fin y al cabo se trataría de servir a otro «gobernante autoritario».

Dicha rentabilidad partiría de dos ejes principales. El político consiste en intentar acumular votos para el jefe, hasta que el entretenimiento logre lo que ya no pueden los desacreditados telediarios y sus sucedáneos informativos: Belén Esteban es una «prescriptora» o influencer con mucho más gancho que la Intxaurrondo.

Si en medio de sus atropellados comentarios tabernarios, la nueva colaboradora estrella de TVE desliza alguna consigna propicia al César (que irá en el contrato, aunque no conste), quizá puedan arañarse algunos seguidores más. Sobre todo, hay que insistir en la «idea-fuerza» de que viene la derechona, algo incierto si se tiene en cuenta que Borja Semper podría, en realidad, ocupar una concejalía de Cultura en cualquier ayuntamiento bajo el signo de Podemos, tanto monta.

El otro objetivo, el puramente económico, también estaría en vías de lograrse: el equilibrio presupuestario quizá nunca se alcance, pero lo fundamental es que el grueso de las contrataciones externas (los profesionales que tiene RTVE son considerados irrelevantes, prescindibles y muy pesados, salvo por el nimio detalle de la nómina que les corresponde como funcionarios) recaerá en productoras de amigos, parientes y relacionados con carné del partido. ¡Hay que atender siempre a los patrocinadores!, como sabía el mago Vasile.

Una artista demanda al Met por su embarazo

En la ópera metropolitana de Nueva York, o simplemente el Met, la ola «woke» que impulsan algunas de sus prácticas recientes (como la de convertir la nueva producción de Aida en un despropósito que pasa de puntillas sobre un asunto esencial, las invasiones entre egipcios y etíopes, para centrarse en eliminar cualquier vestigio exótico propio de la visión colonizadora europea) se le acaba de volver en contra.

Ópera Metropolitana de Nueva York

Ópera Metropolitana de Nueva YorkWikipedia

En 2022, el mánager del teatro neoyorquino llamó a capítulo, en su despacho, a la mezzo georgiana Anita Rachvelishvilli. Descontento con las críticas publicadas por su actuación, precisamente en otra Aida, decidió despedirla. Y canceló, además, unilateralmente todos los contratos firmados con ella, hasta 2025, en ese coliseo.

La cantante, cuya prestigiosa carrera internacional se acabó ese mismo día, protestó y exigió una indemnización, pero no sirvió de nada. Acudió al sindicato que representa a los artistas en Norteamérica, sin mejores resultados. Así que ahora, tres años después, Rachvelishvili ha demandado tanto al Met como a los representantes laborales por discriminación.

La reclamación, que se dirime estos días en un juzgado de Manhattan, solicita una compensación de 400.000 dólares por las actuaciones suspendidas. El motivo que alega la intérprete se basa en la situación derivada del complicado alumbramiento de su hija, que le provocó momentáneas alteraciones en su voz. La reconocida potencia de su otrora alabado registro agudo se resintió.

Para la artista, la escasa empatía del teatro, en el fondo, revelaría algo aún más profundo: una discriminación sobre las mujeres embarazadas y las consecuencias que una gestación difícil pueden llegar a tener en su trayectoria profesional.

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