Fundado en 1910
César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Yolanda no quiere que le silben

Yolanda desconoce su canción mexicana (o la cancelaría), y los chilenos torturaban con Julio Iglesias, mientras la Generación Z quiere prohibir el alcohol y «White Lotus» anima los lunes en su regreso

La banda mexicana de boleros y guarachas, La Sonora Santanera

La banda mexicana de boleros y guarachas, La Sonora SantaneraGTRES

En 1961, los miembros de La Sonora Santanera, un grupo musical mexicano especializado en boleros y guarachas, amenizaba con algunos de sus populares «hits» (Los aretes de la luna, Cobarde y mentirosa…), una fiesta escolar.

Entre los asistentes se encontraba una chica, Sonia López Valdez, a la que su madre, un poco como la de Bellísima de Visconti, pretendía convertir en juvenil estrella de la canción.

Ante las reiteradas súplicas de la señora, y como al grupo le faltaba una voz femenina, el líder, Carlos Colorado, decidió hacerle una prueba. La contrataron de inmediato para grabar otros de sus grandes éxitos, como el premonitorio Ave de paso.

Pink Martini recuperaría tres décadas más tarde otro de los conocidos temas tropicales de sus colegas mexicanos, Dónde estás Yolanda, en el que se escucha: «Me dicen que paseabas en un carro, Yolanda, muy guapa y arrogante, y todos te silbaban».

A otra Yolanda, la jefa de Sumar, que en su momento solicitó una oportunidad en la política nacional, para luego traicionar a sus benefactores con solitario vuelo, parece que un periodista también le ha dedicado un piropo en el congreso. Y ella, que no debe conocer la canción (seguro que prefiere la otra, la de Pablo Milanés), o ya hubiera dicho: ¡cancélese!, ha montado en cólera.

Aquella rata de dos patas le dijo que cada día estaba más guapa. Otra cruda muestra del fiero machismo al que deben enfrentarse las mujeres en su entorno laboral. Aunque lo más molesto para la vicepresidenta no resultó el zafio halago, sino que tan irrespetuoso varón, en lugar de ponderar sus virtudes parlamentarias y logros (la redención de la clase trabajadora con valientes iniciativas), prestase única atención a lo accesorio, su belleza sin par.

Machista, machista…, quién sabe…, si acaso la zalamería del gacetillero encerrase una pequeña mentira. Al callar sobre lo evidente (las propuestas de la ministra destrozan a un buen número de pequeñas y medianas empresas) prefirió optar por lo piadoso.

Zapatero y la música como tortura

En unos pisos de Chueca, próximos a la plaza de Pedro Zerolo, no hace tanto que varias personas padecían cada domingo un macabro ritual. Al llegar a su casa recién salido del «after», un policía que habitaba puerta con puerta, se mantenía fiel a su rutina de ese día. Enchufaba a los altavoces la misma versión de Me olvidé de vivir del inefable Julio Iglesias. Y así, para tormento de sus vecinos más próximos, una y otra vez, en modo bucle, hacía sonar la canción a un volumen considerable durante horas.

Seguramente la vecindad no se hacía cargo de la tremenda desazón de aquel atribulado agente, que le impulsaba a paladear aquello de: «De tanto correr por ganar tiempo al tiempo, queriendo robarle a mis noches el sueño» (ni que fuese Calderón de la Barca), y continuaba: «Ya no soy como ayer, ya no sé lo que siento». Para tranquilidad de todos, podía haber ahogado mejor su angustia vital en unas gotas de Kierkeggard, o de Cioran. Pero no, una y otra vez, idéntico tema.

Ahora se publica que, en tiempos de la dictadura de Pinochet, en las siniestras mazmorras de Tejas verdes, los sicarios del régimen, mientras mortificaban a sus presos, ponían de fondo canciones de Julio Iglesias.

Y lo fácil, aquí, sería decir que bastante tenían ya aquellos infelices para que encima les atormentaran con el artista madrileño. Pero ¿quién estaría dispuesto a arrojar esa primera piedra, cuando todos, en algún momento, nos hemos dejado arrullar (y cosas peores) por la voz meliflua del intérprete de Abrázame?

Lo que parece claro, ahora, es que, si Zapatero ha enviado ya algún ejemplar de Poeta en Nueva York a la Casa Blanca, en cambio, a su compadre Maduro debe haberle llevado, alguna vez, si no la discografía completa de Iglesias quizá alguna música propicia para torturadores como aquellos chilenos.

Tirado como un perro (de los de antes) acaban de dejar morir en una cárcel venezolana a Reinaldo Araujo, el cuarto preso político que fallece allí desde la última farsa electoral. La misma sobre la que el expresidente español aún no ha dicho ni pío. A lo mejor, como en la canción, «de tanto ocultar la verdad con mentiras» se le olvidaron «los detalles pequeños».

La policía de la moral proscribe el alcohol

Tengo un buen amigo que no logra levantar cabeza desde que su hijo adolescente le dijo en la mesa, delante de todo el mundo, durante un encuentro familiar, que bebía demasiado. Conozco bien al padre, hombre morigerado, abstemio durante buena parte de su juventud, que solo ahora, en la madurez, gusta de compartir, en alguna comida o cena ocasional, con su esposa y amigos, como mucho, un par de botellas de vino.

Ese, me asegura, a lo sumo tres copas, representa todo su consumo de alcohol durante una semana. Pero para la nueva inquisición de la Generación Z, tan proclive a señalar posibles faltas de conducta ajenas como a intentar por todos los medios escaquearse de cualquier responsabilidad (sobre todo laboral: si se da el caso, lo primero es preguntar siempre por las vacaciones), observar si quiera la etiqueta de una botella representa ya el inequívoco síntoma de la decadencia.

Sostienen algunos de estos chicos que el alcohol provoca daños irreversibles, «destruye a familias enteras». En algunos casos seguramente ocurrirá así, pero desde luego no resultan menos perniciosos para el bienestar doméstico el hachazo fiscal o esa telefagia compulsiva que sustituye a la conversación familiar de almuerzos o cenas por un silencio casi sepulcral, tan solo quebrado a veces por las risas ante alguna de las monerías apreciadas en la pantalla, fruto de ese inagotable caudal de ingenio, sabiduría y felicidad que representa TikTok.

Asegura el filósofo francés Pascal Bruckner que ahora «el deseo de disfrutar de todo lo bueno que la vida ofrece está prohibido o, incluso, condenado como un pecado contra el planeta, la nación, el pasado, la moral, las minorías».

Y ahora que al fin se atisba un leve cese de las censuras de todo tipo, sacan del sarcófago a «calamity» Jane Fonda, convertida en flagelo antiwokista, para repetir lo mismo que Trump, aquel «Fight, fight, fight!» («¡Luchad, luchad, luchad!»), pero al revés. Que nos dejen en paz unos y otros. Pero sobre todo, que no nos quiten el vino.

«White Lotus», mejor que las series españolas

Ha comenzado la tercera temporada de The white lotus, y si no hubiera sido por el amplio reportaje que el New york Times le dedica a una de sus protagonistas, la actriz Parker Posey, quizá nunca hubiese caído en que su creador, Mike White, era el compañero de oficina de Laura Dern en la simpática «Iluminada». Un tipo genial.

El arranque de esta nueva tanda de episodios hoteleros pierde un poco de fuelle frente a las anteriores (venimos de dónde venimos). Pero alguna de las situaciones que White ha imaginado sobre el papel ya valdrían casi tanto como toda la completa cosecha audiovisual española del último año.

La supuestamente tronchante sucesión de gags de «Machos alfa», que en el fondo y en la forma (sobre todo) constituye una puesta al día del rancio costumbrismo de botijo y calzoncillos de otras épocas, logra que, ante un par de sus situaciones, la serie de HBO te parezca estar disfrutando de alguna de las obras que componen La comedia humana de Balzac.

El rostro que la citada Posey exhibe ante su inoportuna conocida, entre la estupefacción, el asco, la desidia y la mala leche, bajo la máscara pétrea del peor clasismo (aquel que se nutre de aún recientes, nunca olvidadas humillaciones), ya merecería más ese Oscar que tanto pretende Karla Sofía Gascón. Resume una actitud ante la vida y anticipa sutilmente el drama que, más temprano que tarde, derribará el frágil templo de su precaria felicidad doméstica.

Y qué decir del modo maestro en que White, mediante un par de afilados diálogos, retrata la auténtica naturaleza de la relación entre las tres amigas cuarentonas, tan lejos de la impostada pedantería de un Almodóvar en estos casos. Solo por este par de pinceladas repletas de sincera, retorcida humanidad merece la pena aguantar lo otro, la cosa de los robos, asesinatos y giros de noria con los que hoy más que nunca (pero sin la maestría de ese gran teórico del amor que era Hitchcock) resulta imprescindible mantener la atención del aturdido espectador.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas