Libro de Adolfo Hitler, 'Mi lucha', está disponible en librerías y bibliotecas. ¿Debería prohibirse?
¿Hay que prohibir o no los libros con tesis repulsivas?
¿Habría que prohibir libros como Mi lucha de Hitler, el Libro rojo de Mao o el Libro verde del Gadafi?
La publicación frustrada en la editorial Anagrama del libro El odio, del escritor Luisgé Martín (uno de los activos del sanchismo en el ámbito de la cultura), en donde reconstruía un perfil psicológico de José bretón, quien asesinó a sus hijos menores, puso de actualidad el viejo debate sobre si se debe prohibir o no los libros con tesis repulsivas.
El caso de Luisgé Martín no es el más evidente, ya que entra en juego elementos como la libertad de expresión o el interés informativo de un caso que generó una enorme alarma social en España.
Sin embargo, el hecho de haber construido el libro a partir de conversaciones presenciales y telefónicas e intercambio de correspondencia con el asesino, y de construir un retrato condescendiente del asesino sin tener en cuenta el daño que pudiera ocasionar a la madre de los niños asesinados y al honor de las víctimas, fue suficiente para que se desatara en España una enrome polémica y que Anagrama se echara atrás en el proyecto editorial.
En Mi lucha, Adolf Hitler recoge los principios básicos de la ideología del nazismo, establece los pilares del antisemitismo y el racismo sobre la superioridad aria que eclosionó en el genocidio contra los judíos durante el Tercer Reich y las tesis imperialistas alemanas que desataron la Segunda Guerra Mundial.
Una vez derrotado el nazismo, muchos países optaron por prohibir su publicación, en otros se planteó una profunda discusión sobre el asunto. Lo cierto es que el trauma ocasionado por el nazismo hizo que muchos gobiernos, legítimamente, plantearan el temor a que el libro pudiera difundir el mismo virus del fanatismo que permitió el acceso de Hitler al poder.
El temor es comprensible pero, ¿está justificado? Hoy la sociedad parece más que vacunada frente a las ideas de Hitler. Sus ideas, además fueron ampliamente compartidas en su época por intelectuales más o menos globales que replicaron sus mismas ideas.
En España tenemos el caso de Sabino Arana, defensor de la superioridad racial vasca frente al resto de españoles. Lo mismo puede decirse de los escritos del galleguista Vicente Risco (un referente de los nacionalistas gallegos de hoy) donde contraponía una raza gallega celta emparentada con los europeos del norte frente a una raza española norteafricana.
Lo mismo puede decirse de los hermanos Josep y Miquel Badia en Cataluña, organizadores de una formación paramilitar de corte fascista en la Cataluña de los años 30.
No solo Mi lucha de Hitler plantea ese debate. Lo mismo puede decirse del Libro Rojo de Mao, donde se encuentran los fundamentos que suscitaron la revolución cultural china responsable de la muerte de millones de personas durante los primeros años del comunismo chino.
O el Libro Verde de Gadafi, que daba apariencia legal a los crímenes cometidos por el rais libio durante los años en que estuvo en el poder.
El recuerdo en la memoria de la quema de libros en grandes piras en las plazas públicas de los países bajo regímenes fascistas y comunistas hace que las democracias liberales (cada vez menos liberales, también es cierto) de hoy se planteen mucho la posibilidad de prohibir o no un libro cuyo contenido es objetivamente dañino.
Curiosamente, en estas mismas democracias los únicos que hablan de prohibir libros, reescribirlos o quemarlos han sido los promotores y defensores de la ideología woke, quizás la última (o penúltima) tentación autoritaria de los Estados democráticos.
Los lobbies progresistas promotores de lo woke han presionado, y en algunos casos logrado con éxito, prohibir libros de Tintín por su supuesto contenido racista (es el caso de Tintín en el Congo), los libros de Los cinco, de la escritora británica Enid Blyton o Los versos satánicos de Salman Rushdie por ofender a los musulmanes.