Jimi Hendrix en 1967
La guitarra en llamas de Jimi Hendrix en Monterrey: cuando el fuego forjó la leyenda
Al finalizar la canción Wild thing, Jimi Hendrix prendió su guitarra para entrar directamente en el terreno del mito
El 18 de junio de 1967 es una fecha grabada a fuego en la memoria de los melómanos. Nunca mejor dicho. Fue en el Festival de Monterrey y el protagonista del suceso, un guitarrista llamado Jimi Hendrix.
El artista tocaba Wild thing, y, en la apoteosis de la canción, cogió un bote de combustible, echó el líquido sobre su instrumento y lo prendió. Así de simple.
Y así de legendario, pues Hendrix, con su actuación en Monterrey, entró directamente en el terreno del mito musical. Y en el imaginario colectivo de todo el mundo. La imagen del músico con su guitarra en llamas es más que icónica, digna de exposición de museo.
El acto estuvo empapado de arte, furia y provocación. Y gasolina y fuego. Pero marcó un antes y un después en la historia del rock y en el concepto de performance sobre el escenario.
A pesar de su origen estadounidense, Hendrix no era tan conocido, en aquel momento, en su país. No obstante, había disfrutado del éxito en Europa con su Jimi Hendix Experience, donde ya se le concebía como una fuerza musical de la naturaleza.
Pero a partir del 18 de junio de 1967 se le conocería en Estados Unidos. Vaya si se le conocería. Y en todo el mundo.
Un huracán de fuego llamado Jimi Hendrix
Fue casi un ritual. Jimi Hendrix roció su Fender con combustible, se arrodilló, la besó y encendió una cerilla. Tiró la cerilla a su guitarra y esta comenzaba a arder. Las llamas crecían y el músico parecía invocarlas con sus manos, como si las incitara a devorar su herramienta de trabajo.
Su guitarra fue poco a poco humo. Y como tal ascendió a los cielos. Y con ese humo, subió también Hendrix, que acababa de convertirse en leyenda.
Alimentó el fuego hasta dos veces más, agarró el mástil y comenzó a destrozar la guitarra a golpes contra el suelo. Ya no había fuego, ni tampoco instrumento. Pero sobre el escenario había un rumor, avivado por las atónitas miradas del público: aquel 18 de junio de 1967, en Monterrey, había pasado algo inaudito. Había nacido una estrella.
Nadie estaba preparado para el huracán que desató Hendrix. Porque no fue solo un gesto, fue una redefinición de lo que un artista podía representar en un escenario. El guitarrista no era solo un músico, era un alquimista, un mago que había embrujado a todo el mundo con un truco.
La guitarra quemada pasó a ser una reliquia. Las imágenes del artista prendiéndole fuego dieron la vuelta al mundo y consolidaron el arquetipo de genio salvaje e indomable que buscaba. Y, así, su carrera se lanzó a la estratosfera en Estados Unidos. En los años siguientes, Hendrix redefinió el lenguaje de la guitarra eléctrica.
Hace casi 60 años de aquel momento mítico, iniciático, del Festival de Monterey, pero la imagen sigue acudiendo a las retinas de todos los melómanos del mundo. La actuación fue una revelación que emparedó el espíritu contestatario de rebeldía del más puro rock and roll.
Jimi Hendrix soportó sobre sus hombros, como Atlas el del mundo, el peso de todo un arte. Su fuego será por siempre imperecedero.