Los insultos son un arte cuando se hacen bien
«Pazguato», «gaznápiro» o «zascandil», insultos españoles antiguos y con clase
El arte del insulto era más sonoro hace siglos, cuando las injurias estaban cargadas de creatividad
El insulto, cuando es bueno, es como la risa o la poesía, profundamente humano. Es un recurso lingüístico que ha acompañado a todos los idiomas desde sus mismos albores. Hay que usarlo con moderación dada su carga semántica negativa, especialmente cuando el tono es duro.
No obstante, un insulto dice mucho de una sociedad. Nos habla de qué se valora y qué se desprecia con especial ahínco en una época determinada. Se construye desde muchas perspectivas, desde el sarcasmo a la injuria directa, pero no solo hiere, también establece límites sociales y es testigo del ingenio popular.
En tiempos como los actuales, rápidos y poco dados a la reflexión, los insultos tienden a ser crudos y repetitivos. Pero no hace tanto, las afrentas eran casi un arte cargado de creatividad que cultivaron, con profusión, autores como Quevedo.
Los agravios sonoros no ofenden tanto dada su belleza intrínseca. Por eso, vale la pena rescatar algunos de los insultos más bellos que el español ha dado. Con ellos se puede ofender, con gracia, a cientos de millones de hispanohablantes.
Si insultas, hazlo bien
Al final, el resultado es el mismo. Sin embargo, no es igual. Se puede llegar al mismo destino por diversos caminos, pero algunos de estos recorridos son más bonitos que otros. Y, así, ¿por qué llamar a alguien simplemente «bobo» cuando le puedes soltar un «pazguato»?
La RAE define la palabra como el adjetivo que se usa para referirse a alguien «simple, que se pasma y admira de lo que ve u oye». «Papanatas» también vale, pero no tiene la misma sonoridad. Ni la misma elegancia.
«Cateto» es una palabra muy fea, con demasiadas connotaciones que hacen que utilizarla para insultar a alguien descalifique más a quien la usa que a quien la recibe. No obstante, se emplea «gaznápiro» se reviste la ofensa de un aura de antigüedad que le da esa pátina de legitimidad para poder utilizarla.
La academia va directa al grano cuando define el término: «palurdo, simplón, torpe, que se queda embobado con cualquier cosa».
Con «zascandil», aunque esa contundencia la hace preferente, hay más polémica. Este insulto es para referirse a alguien de «poca formalidad, inquieto y enredador», según la RAE.
Pero tiene algunas alternativas que pugnan en elegancia y sonoridad y que son sinónimas, como «botarate» o «tarambana».
Si te llaman vago u holgazán puede sentarte mal. ¿A quién no? Pero si el vituperio es «gandumbas» no queda sino rendirse a la belleza misma del agravio. Más que una palabra es una onomatopeya que suena a tumbarse en el sofá.
Estos insultos han caído en el desuso, pero cuentan con siglos de historia a lo largo de los que han ofendido, de forma elegante, a muchas personas. Se encaja mejor una ofensa si suena bien.