El escritor Ray Bradbury
‘El vino del estío’, el libro con el que Bradbury encapsuló la eternidad fingida de los veranos de la infancia
El autor estadounidense, que firmó también, entre otros, Crónicas marcianas o Farenheit 451, hace en este libro una oda a la calma y al tiempo detenido
Hoy obras que, a lo largo de la literatura universal, han deslumbrado al público por su capacidad de adelantarse décadas a avances tecnológicos. Otras, por su audacia técnica o conceptual. Y otras, por haber creado universos extensos y ricos en los que se desarrollan sus historias.
Pero hay una serie de libros que destacan por la capacidad de dar brillo a lo pequeño, que resplandecen por la oda a lo cotidiano, a lo extraordinario del día a día. Ray Bradbury, conocido y reconocido escritor, autor de Crónicas marcianas o Farenheit 451, concibió el paradigma de este género de lo habitual: El vino del estío.
La obra no grita por audacia, sino que susurra por talento y capacidad de conmover. Bradbury se aleja de cohetes y distopías para presentarnos Green Town y a sus habitantes, corrientes, comunes y humanos. El autor idealiza, en el buen sentido, las historias más íntimas de un microcosmos en el corazón de Estados Unidos.
Bradbury canta a la infancia, a la memoria y a los veranos que, aunque no lo parezca, aunque se conciban eternos, terminan. Llega septiembre, siempre, y llega la lluvia, pero el sol del estío de los primeros años, que se alarga hasta lo inabarcable, nunca se olvida.
Green Town, verano de 1928
El autor firmó con El vino del estío su más bella elegía al tiempo pasado a través de su protagonista Douglas Spaulding. A diferencia de otras de sus obras, que nos enseñan cómo podríamos llegar a ser, esta nos recuerda cómo fuimos con una sensibilidad y una ternura que lo apartan de posibles intentos superficiales de evocación nostálgica.
En algún rincón de nuestra alma todos seguimos siendo el joven Spaulding, aquel niño que, apenas iniciada su vida, se da cuenta de su presencia en el mundo (o en el pequeño mundo de Green Town), y contempla con fascinación máquinas que cree mágicas o películas que piensa vívidas.
Vivir es una forma de decir adiós y comprender que uno está vivo significa apreciar los breves instantes que estamos sobre esta tierra. Si lo contemplamos todo desde esta perspectiva, a través de los ojos de Douglas, cada instante se empapa de la maravilla del mundo.
Los ladrillos de El vino del estío son los recuerdos. Los recuerdos de un niño que recolecta dientes de león para elaborar vino; de un joven al que le compran un par de zapatillas nuevas; o de conversaciones con ancianos centenarios, de los que le separan varias generaciones, y son testigos vivos de la sabiduría de la experiencia y de la inefable comprensión de que el tiempo, simplemente, pasa y no se recupera.
El libro se compone de escenas, independientes en apariencia, pero interconectadas en el rico tapiz de Green Town, que destilan cariño y compasión y una concepción poética de la existencia. Es una obra para paladearla, para deleitarse en cada palabra y para dejarse envolver por su atmósfera.
El vino del estío no embotella el verano, sino la sensación que dejaba cuando éramos niños, en tiempos aparentemente más sencillos, y lo preserva sobre unos cientos de páginas que el lector quiere, y al mismo tiempo no, pasar para ver qué ocurre en la siguiente.
El libro se lee, pero parece leerle a uno cuando se adentra en la historia de Douglas Spaulding. Y nos recuerda que son los momentos simples los que dan sentido a la vida. Comenzar El vino del estío es remover la memoria deleitosa de unos días que ya no volverán.