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Ray Bradbury sentado en la máquina del tiempo de la película basada en la novela homónima de H.G. Wells

Ray Bradbury sentado en la máquina del tiempo de la película basada en la novela homónima de H.G. Wells

‘Farenheit 451’, la «ardiente» distopía de Bradbury que profetizó Netflix

La novela de Ray Bradbury se adelantó décadas al surgimiento de las grandes plataformas de entretenimiento

«Era un placer quemar», empieza Ray Bradbury a describir su futuro distópico en Farenheit 451. Los bomberos queman libros en este mundo horripilante que, en líneas generales, hace una crítica feroz de la censura personificada en las grandes hogueras literarias que habitan su universo.

Pero la obra de Bradbury no se quedó ahí. Como muchas otras novelas de ciencia ficción del siglo pasado, el libro habla de una tecnología futura que ya es más que presente y de consumo habitual en nuestro día a día.

Bradbury no escribió únicamente sobre bomberos pirómanos literarios. Habló, en el fondo, sobre una sociedad que había dejado de interesarse por pensar, de una cultura que no necesitaba que le quitaran novelas, porque ya no quería abrirlas.

Lo verdaderamente siniestro del mundo que construye en Fahrenheit 451 no es el fuego que consume las páginas, sino el letargo colectivo, la indiferencia disfrazada de confort y la sumisión voluntaria al entretenimiento constante.

En sus páginas no sólo arden libros, también se encienden, sorprendentemente, visiones de un futuro que hoy nos resulta cotidiano. Sin ir más lejos, las pantallas planas que cubren paredes enteras o auriculares diminutos e inalámbricos. Bradbury, sin proponérselo, dibujó con precisión los contornos de nuestro presente.

Pantallas al gusto del consumidor y auriculares inalámbricos

Uno de los elementos más inquietantes, por premonitorios, de la novela son las paredes parlantes. Se trata de pantallas gigantes que transmiten programas interactivos y envolventes, con los que los personajes mantienen una relación casi familiar.

Montag, el bombero protagonista, observa cómo su esposa Mildred se pasa horas y horas frente a estos muros brillantes, participando en diálogos vacíos con personajes de ficción que sustituye por relaciones reales.

Con esto, Bradbury encaminó y se adelantó a la era de las grandes plataformas de entretenimiento que dominan nuestros ratos libres en la actualidad. Espacios como Netflix, HBO o Amazon Prime, que casi nos hablan al recomendarnos contenido, simulando cierta cercanía emocional con sus clientes.

Ya en los 50, el autor profetizó la época de consumismo pasivo e irónicamente desconectado de la realidad. Los algoritmos se adelantan a nuestros gustos como estas pantallas sustituían la realidad.

Otra tecnología hoy en día habitual que predijo el literato son los auriculares inalámbricos, que no faltan en ningún viaje en metro. Mildred los lleva continuamente, solo que en la obra se denominan «conchas marinas».

Se describen como diminutos dispositivos que le permiten aislarse del mundo real y sumergirse en una corriente constante de ruido y entretenimiento.

Bradbury no solo predijo el dispositivo, sino también su función: no es solo el sonido, sino la evasión. Mildred, con ellos todo el día, vive desconectada de sí misma y de los demás. El autor no inventó la tecnología, pero sí captó el alma que la movería.

No obstante, Bradbury no era un tecnófobo. Su crítica no iba dirigida a la tecnología en sí, sino al uso que la sociedad hacía de ella. El verdadero incendio de Fahrenheit 451 no es el que reduce libros a cenizas, sino el que calcina la reflexión, la empatía y el pensamiento crítico.

Más de 70 años después de su publicación, Fahrenheit 451 sigue siendo una obra vital. Tanto por su valor literario como por su inteligencia y su capacidad de señalar, con asombrosa precisión, los riesgos de nuestro mundo hiperconectado.

Bradbury fue un vidente del alma humana frente a la tecnología. Fahrenheit 451 sigue brillando con la luz del fuego en nuestras manos, no como un fósforo encendido, sino como una advertencia silenciosa entre pantallas y auriculares.

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