El filósofo Jorge Freire ganó la II edición del Premio Sapientia Cordis, mientras que el filólogo Carlos Marín-Blázquez y el médico Esteban Fernández Hinojosa quedaron finalistas
Sin permanencia no hay civilización. Una entrevista con Carlos Marín-Blázquez
Carlos Marín-Blázquez acaba de publicar un libro notable: Arraigo (CEU Ediciones). Charlamos con él sobre su obra.
¿De dónde nace tu interés por la cuestión del arraigo? He comentado en alguna otra ocasión que comencé la escritura de Arraigo acuciado por la pregunta sobre cómo es el mundo que les aguarda a mis hijos. Como cualquier otro padre que ve cómo sus hijos se van haciendo mayores, hubo un momento en que empezó a preocuparme la cuestión de cómo debía prepararlos para el futuro, para el momento en que empiecen una vida fuera de ese ámbito de protección que es su hogar de ahora mismo. Pero entonces me di cuenta de que no tenía una respuesta para esa pregunta. Y no la tenía porque los procesos de transformación que operan sobre la realidad lo hacen a un ritmo tan acelerado, que resulta imposible arriesgar un pronóstico mínimamente fiable sobre cómo será nuestro mundo dentro de unos pocos años. Esto ya, de por sí, supone una novedad histórica.
Teniendo en cuenta, además, que una parte importante de la educación que damos a nuestros hijos tiene que ver con la idea que nos hacemos del futuro, comprendí que me encontraba en una situación de gran incertidumbre, y que esa incertidumbre seguramente era compartida por muchos otros padres en parecidas circunstancias a las mías. De modo que pensé que quizás lo mejor sería que el libro partiera de un enfoque distinto, no tanto dirigido hacia cómo será el futuro inmediato, sino centrado en el estado del mundo en que vivimos y en el modo de ser hombre y mujer en nuestra realidad cotidiana. Y llegué a la conclusión que si hay un término que define la manera que tenemos hoy de estar en el mundo ese término es desarraigo. A diferencia de épocas anteriores, el entorno en que vivimos, es decir, todo el sistema social, político, económico y cultural que nos envuelve compone una inmensa maquinaria dedicada a producir un estado de desarraigo estructural en las personas. Por eso empecé analizando cuáles son los mecanismos de desestructuración social y de desvertebración humana en los que vivimos inmersos sin que la mayor parte del tiempo seamos conscientes de ello.
Le das mucha importancia a la educación. ¿Puede haber alguna esperanza si no cambia radicalmente el modo en que educamos a las nuevas generaciones?
Aquí habría que distinguir dos planos. En el plano más sociológico es muy difícil dar la batalla si no hay una opción mayoritaria a favor de una educación que entre en contradicción con la mayor parte de los patrones culturales vigentes. Buena parte de las manifestaciones de la cultura popular que rodean a nuestros hijos, así como una porción nada desdeñable de la educación reglada, tienen un cariz netamente empobrecedor de la persona. Refuerzan, por expresarlo en pocas palabras, el carácter hedonista que domina a fecha de hoy nuestras opulentas sociedades de consumo. Se nos remite de manera obsesiva a un horizonte de autorrealización personal al margen de todo compromiso comunitario. Es la exaltación de ese individualismo atomizador que se revela como la marca distintiva de las sociedades en sus periodos de ocaso. Una vez tomas conciencia de que, por el momento, ese aspecto está fuera de nuestro control, lo que se antoja la opción más juiciosa es centrarte en aquello donde de verdad tus esfuerzos pueden resultar fructíferos. En ese sentido, eres operativo dentro de tu familia, que no en vano constituye quizá el último vestigio de vida comunitaria que todavía nos queda, la célula básica de resistencia frente a la acción corrosiva de las potencias disolventes.
También eres operativo en un ámbito cercano de amigos o de redes de comunicación que se van tejiendo incluso por medios tecnológicos, porque la tecnología, pese a sus conocidos efectos perniciosos, puede albergar aspectos que redunden en un acercamiento entre personas que, por otras vías, nunca habrían llegado a entablar contacto.
Por lo demás, me pareció que lo más urgente era tomar conciencia plena de la situación a la que estamos siendo conducidos, y esa es una de las vertientes fundamentales del libro. Si no somos conscientes de que nos están desposeyendo de algo nuestro, primero en el plano espiritual y luego en el material; si no percibimos que, por distintos medios, estamos siendo arrancados de nuestro medio natural y nos están insertando en otro completamente distinto, ajeno a nuestra tradición y a nuestra identidad, un medio líquido, por citar a Bauman, precario, inconsistente y siempre en proceso de transformación, no nos daremos cuenta de hasta qué punto nos hemos transformado en individuos moldeables según los intereses del poder, en seres desclasados, en una especie de parias espirituales sin más expectativa vital que el disfrute casi agónico del presente. Tomar conciencia de este proceso de desposesión es ni más ni menos que la condición indispensable para acometer cualquier tentativa de subvertirlo.
Sostienes que la tecnología ha generado la emergencia de una nueva sentimentalidad. ¿Qué tipo de sentimentalidad está vinculada a esa omnipresencia de lo tecnológico en la que vivimos?
La tecnología colabora en la formación de una nueva clase de individuo cuya sentimentalidad es epidérmica. Se trata de alguien que se ha acostumbrado a un tipo de relaciones entre las personas que no va más allá de lo superficial. Lo tecnológico nos está alejando del encuentro personal con los demás y del compromiso que eso lleva implícito. Esta es una dimensión inquietante de la tecnología, aunque, como he mencionado antes, también puede utilizarse como un medio de acercamiento y de intercomunicación.
Por otra parte, la tecnología se ha convertido en una herramienta susceptible de influir en nuestra conciencia en un grado que era inimaginable hasta hace poco. Tiene la capacidad de impregnar hasta la última fibra de nuestro ser. Me pregunto si sabemos de verdad lo que hacemos cuando dejamos a un niño a solas con un móvil o frente a la pantalla de un ordenador. En ese sentido, sin duda es también un modo de desvinculación, un sistema de generar desarraigo en la medida en que nos sumerge en nuestra propia burbuja impenetrable. No descubro nada nuevo, nada que no suponga otro motivo de inquietud para los padres preocupados por la educación de sus hijos.
Hablas también de que vivimos en un mundo que se jacta del pluralismo pero en el cual solo cabe una ideología, que es el progresismo. ¿Por qué ese progresismo necesita un individuo desarraigado?
En Arraigo hay un capítulo dedicado al progreso, que no en vano es el mito por antonomasia de la modernidad. Y es cierto que el progreso, en la esfera de las conquistas materiales y de los avances de la medicina y de la ciencia, es una realidad incontestable. Todo esto está reconocido en el libro, como no podía ser de otra manera. El problema es cuando el progreso adquiere la forma de una ideología y se convierte en progresismo. Ahí se produce una variación decisiva. El progresismo supone sancionar de manera positiva cualquier cambio en cualquiera de las esferas de la vida. Nos introduce, por tanto, en una dinámica de cambio permanente que, a la postre, resulta desquiciante. Incluso se llega a atribuir la infelicidad de la persona a su incapacidad para adaptarse al ritmo cambiante de los tiempos, cuando lo que sucede en realidad es que esa persona ya no tiene en su vida unas condiciones mínimas de estabilidad, no sólo material, sino emocional y psicológica. De ese modo se contribuye a la creación de perfiles humanos dominados por una enorme inseguridad, carentes de un núcleo de convicciones sólidas, arrastradas por el empuje de la corriente dominante en cada momento. Si se piensa bien, es todo lo contrario del sujeto que piensa por sí mismo que reivindicaba la Ilustración, de la que la socialdemocracia hegemónica en nuestra época se jacta de ser heredera.
En cualquier caso, esta propensión al cambio incesante a la que me he referido es completamente opuesta a la idea misma de civilización. Si queremos que la civilización subsista, lo que tenemos que hacer es cultivar la idea de permanencia. Sin permanencia –que no significa inmovilismo- no hay civilización.
¿Qué papel juega en la descivilización el fenómeno que tú describes de ruptura generacional y cultural?
Higinio Marín ha escrito mucho y muy bien sobre la modernidad como época definida por la creación de un individuo completamente liberado de cualquier antecedente que le pueda condicionar y, en primer lugar, por tanto, liberado de la familia. Se trata, en suma, de romper la cadena generacional, nuestra identidad genealógica, y dar lugar a un individuo qcapaz en teoría de autorrealizarse a partir de la nada. Lo que ocurre es que cuando rompes una atadura, caes en otras distintas, inevitablemente. La liberación que nos han vendido es, además de antinatural, completamente falsa. Rompe los lazos con el prójimo, pero nos vuelve siervos de otros poderes, mucho más distantes y, en cierto sentido, abstractos. Así es como llegamos a este momento de descivilización en el que estamos. Se ha roto el ethos común que nos identificaba como sociedad y como ámbito civilizatorio, todo el sistema de creencias prepolíticas que hacen que una comunidad pueda florecer. Cuando la cosmovisión común que teníamos como comunidad salta por los aires, el individuo se queda solo y aislado frente al poder del Estado y frente a los intereses del mercado.
Algo que ejemplificas en la figura del personaje de una película francesa, la pobre Cassandre y su vida low cost. ¿Cómo se conectan promiscuidad y soledad?
Volvemos a la revolución hedonista de mayo del 68. Aquello sirvió para convertir el sexo en un elemento de control político y social. Si una persona aplica todas sus energías y todo su interés existencial en la vivencia de sucesivas experiencias sexuales, no las puede emplear en tomar conciencia de la realidad social en la que vive y se convierte en un individuo al que se le puede desposeer de todo. Cassandre, la protagonista de la película que gloso en algunos de los capítulos del libro, es el ejemplo acabado de esa tendencia. Y por eso puede decirse de ella que, como personaje, simboliza el destino de toda una generación condenada a tener que conformarse con las migajas del festín.
Como dijo Huxley, ¿a mayor libertad sexual menor libertad política?
Parece que es a eso a lo que apuntan los hechos. El individuo desarraigado es completamente renuente al establecimiento de relaciones duraderas, al compromiso estabilizador. Vive en una sentimentalidad tan exacerbada como provisional, y esto lo hace más vulnerable, susceptible de sucumbir a una serie de instancias despersonalizadas que aseguran que se harán cargo de él. Aquí tienen mucha importancia los medios de comunicación y la propaganda cultural que nos envuelve casi como una segunda piel. Se nos inculca que hay que liberarse de cualquier sujeción y establecer la voluntad del individuo y su sacrosanta libertad como el principio rector de la vida. Pero una libertad que no contempla al otro, que no se compromete y aprende a renunciar acaba en un horizonte de soledad y desamparo.
¿Logró Mayo del 68 lo que perseguía?
Las secuelas de Mayo del 68 siguen vigentes. Recuerdo aquella frase de un profesor universitario cuando, en un campus universitario de París, les gritó desde la ventana a los estudiantes que se manifestaban: «Vuélvanse a sus casas. El día de mañana todos ustedes serán notarios». Da la impresión de que aquello fue una revolución de niños malcriados, en realidad una revuelta hedonista. Sin embargo, sus consecuencias, en el plano cultural e ideológico, no se pueden ignorar.
Creo que la lección más importante que puede extraerse de aquellos sucesos tiene que ver con la asombrosa capacidad, tanto del Estado como del mercado, para asimilar a su favor acontecimientos que en principio parecen ideados para ir en su contra. El poder ha sido capaz de incorporar muchas de las consignas de Mayo del 68 en la defensa de sus propios intereses. Finalmente, después de todas estas décadas de hegemonía política y cultural de la izquierda quien ha salido ganando es el capitalismo, pero en su versión más descarnada.
Señalas que la generación de Mayo del 68 ahora lleva al timón tanto del Estado como de gran parte del mundo económico. ¿Han convertido el Estado y el mercado en factores de desintegración?
Las élites que marcan el itinerario de nuestro tiempo se distinguen, al menos en la mayor parte de Europa, por estar en posesión de una marcada vocación antisocial. Se han dado cuenta de que estamos al final de una época e intentan sacar el mayor partido posible mientras dure esta situación. Su estrategia consiste en la siembra de una especie de caos controlado, si se me permite el aparente contrasentido. Se trata de fragmentar la sociedad, de exacerbar la incertidumbre mientras, de manera simultánea, se postulan como el único poder capaz de dar a la sociedad un mínimo sentido de cohesión.
Por otra parte, el Estado al que nos referimos ya no es el Estado nacional, plenamente soberano, sino un Estado que va progresivamente delegando competencias en entidades supranacionales, en un magma multicultural donde la moral nos viene dictada por lo que estos grandes entes determinan.
¿Vivimos todos como si el futuro nunca fuese a llegar?
Sí, pero cuidado, porque todo puede acabar más deprisa de lo que pensamos. En las épocas de decadencia, las sociedades tienden a despreocuparse por el futuro e interiorizan la idea de que son impotentes respecto de los grandes cambios que se producen a su alrededor. Entonces lo que queda es refugiarse en el presente y en un cierto cultivo de placeres evasivos, alrededor de lo cual, por cierto, existe una industria de lo más lucrativo. Esa parece que es una de las salidas existenciales que estamos viendo generalizarse hoy.
Se suele hablar de que entramos en un mundo post cristiano, pero afirmas que más que post cristiano es post humano. ¿Por qué?
Europa se ha construido sobre la Cristiandad. Una vez arrinconada la Iglesia como institución encargada de ejercer una cierta auctoritas, una especie de contrapeso moral, ya sólo queda el Estado. Subsisten algunas reminiscencias cristianas, pero a medida que son abandonadas ya no nos queda ni siquiera el post-cristianismo: entramos en el post-humanismo. Vamos hacia la conformación de un nuevo tipo de individuo, lo que Dalmacio Negro llamaba el mito del hombre nuevo, que quizá implique un cambio de la condición humana. Jünger tiene páginas memorables al respecto.
En la segunda parte de tu libro hablas de la posibilidad de una senda alternativa para transitar el mundo. ¿Por qué es tan importante en esta senda la idea de límite?
La idea de límite es fundamental. Ha sido justamente al desechar la noción de límite como elemento moderador de la hybris, del desafuero al que tiende nuestra condición, cuando la civilización ha tomado el camino hacia el abismo. Precisamente la ciencia se basa en la superación de los límites y puede que de ahí proceda el prestigio actual de esta propensión a la desmesura. Pero si llevamos esa idea a cualquier otro espacio de la convivencia, si todos los límites están para sobrepasarlos, me temo que lo que está en riesgo es la misma especie humana tal y como la conocemos. En Arraigo esa posibilidad también está muy presente.
Insistes en la importancia de contemplar el mundo bajo el prisma de la gratitud. ¿Necesitamos recuperar una mirada directa sobre el mundo, no mediada por la tecnología?
Necesitamos una cierta destecnologización, una cierta desconexión. Necesitamos alejarnos del mundo virtual que nos aturde. Max Weber señaló que el mundo moderno se caracteriza por el desencantamiento de la realidad, pero tenemos que recuperar cierta pureza que nos lleve a ver la vida como el don y el milagro que es.
Dices que es importante aprender a estar solos, pero por otro lado que hay que huir de la soledad autosuficiente. ¿En qué quedamos?
La soledad es fundamental para encontrarse a uno mismo. Únicamente cuando uno se ha encontrado a sí mismo puede salir al encuentro de los demás. Si no sabes quién eres, es el mundo es el que te va a configurar hasta las últimas consecuencias. No podemos enviar a nuestros hijos al encuentro del el mundo sin haberles antes inculcado la capacidad de introspección y de conocimiento sobre sus propios límites y de sus talentos.
Quiero decir con esto que hay que buscar un equilibrio. Hay que aprender a estar solo de una manera enriquecedora y hay que intentar también salir a la búsqueda de los demás, porque en los demás hay tesoros ocultos que podemos descubrir sólo si antes hemos descubierto los que hay en nosotros. En definitiva, se trata de propiciar un enriquecimiento mutuo.
Señalas la importancia de las condiciones materiales en todos los ámbitos de la vida. ¿En qué medida necesitamos una cierta independencia económica para vivir una libertad verdadera y plena?
Además de entes espirituales somos entes materiales. Sin posibilidad de acceso a los bienes propios es imposible acometer un proyecto de vida en unos términos dignos. En Arraigo hago hincapié en la importancia de la propiedad privada, en la necesidad de unas condiciones materiales mínimas para afrontar un proyecto de vida a largo plazo. Necesitamos tener una casa propia, necesitamos tener un trabajo que sea en la medida de lo posible un marcador de nuestra propia identidad, en el que ofrecer algo a los demás y a través del cual la sociedad nos reconozca y gratifique. Este aspecto material me parece fundamental.
Incluso en la vida monástica, a la que también aludo en el libro, los aspectos materiales tienen mucha importancia. Los monjes rezan, pero también trabajan. Y, en nuestra época, esta armonización de los aspectos materiales y espirituales de la vida la estamos viendo amenazada, entre otras circunstancias, por un sistema de expropiación a través de la vía impositiva y de la precarización laboral que está provocando que se estreche cada vez más el ámbito de la propiedad. Eso nos deja, de nuevo, a merced de la acción del Estado, que toma la forma de lo que Octavio Paz llamaba un ogro filantrópico.
¿Qué es esa vida buena de la que hablas en tu libro?
La vida buena es aquella en la que las potencialidades de nuestra humanidad pueden alcanzar su máximo desarrollo. La vida buena encuentra su justo equilibrio entre lo material y lo espiritual, entre el cuidado de uno mismo y el cuidado de los demás, entre el cultivo de la propia interioridad y el ofrecimiento que hacemos a los demás de nuestros propios dones. La vida buena no es una vida encerrada en el propio ego y que persigue de manera compulsiva el reconocimiento exterior, sin dar nada a cambio. Es un tipo de vida que trata del cultivo de la virtud, que asume como eje el propósito de mejora de uno mismo hasta donde sus capacidades le puedan llevar. No es una vida sin conflictos, no existe ningún propósito de idealización a este respecto.
Para alcanzar esa vida buena, tu propuesta es que esa vida florece en la vida comunitaria. ¿Cómo se puede recrear una comunidad hoy en día?
Es difícil porque ya el tipo de vida que llevamos nos impide el cuidado de la comunidad básica en la que todos nacemos, que es la familia. Muchos jóvenes están teniendo gravísimos problemas para formar una familia y no solo por motivos económicos, sino también por las ideas que se difunden a través de los medios de masas, por todas partes, y que van en detrimento de una consideración positiva de la familia. Además, es cierto que las vidas que llevamos nos dejan poco tiempo para el cultivo de las relaciones personales.
Deberíamos tomar conciencia de que para crear ciertos lazos que luego puedan llegar a cristalizar en una vida comunitaria hay que hacer un esfuerzo personal, es necesario estar dispuesto a invertir tiempo y a intentarnos poner en la piel del otro. Todas estas virtudes hoy no están de moda. De hecho, cuanto más se oye hablar de empatía más intolerancia encuentra uno en el medio social que le rodea.
Hablabas al principio de que la preocupación por el mundo en que iban a vivir tus hijos fue acicate para este libro. ¿Son la paternidad y la maternidad el camino para una cierta esperanza?
Por supuesto. De hecho, la caída de la natalidad es el indicativo máximo de que hemos perdido la esperanza y la alegría de vivir. Cuando extraviamos esa noción de que la vida es un don, de que la vida es algo intrínsecamente bueno a pesar de todas las penurias que nos puedan sobrevenir, y nos inculcan que lo que tenemos que hacer es extinguirnos como especie para que el planeta sobreviva, entonces es que como civilización hemos llegado a un punto de agotamiento del que hay que hacer todo lo posible por recuperarse. Pero no hay que perder la esperanza. Como escribió Simone Weil en una frase tan misteriosa como sugerente: «No podrías haber nacido en una época mejor que esta, en la que todo se ha perdido».
¿Existe alternativa a la revivificación de la comunidad?
Sí, la nada, vivir a la intemperie, vivir sometidos a los poderes que deciden lo que tenemos que hacer con nuestra vida. Es una vida inhumana, centrada solo en el disfrute intensivo del instante para después quedarnos solos en una habitación, mirando un móvil, a esperar a que llegue el siguiente éxtasis de desahogo. Es el desarraigo total.
Quienes lean Arraigo tendrán muchos argumentos para tomar ese camino que requiere esfuerzo pero que lleva a una humanidad más plena.
Si fuera así, el libro habría adquirido todo su sentido, toda su razón de ser. Como autor, no deseo otra cosa.