Fundado en 1910
Discusión de pareja

Getty Images/Dani Hoz

El Debate de las Ideas

Matrimonios insostenibles

Todas las generaciones, casi sin excepción, tienen entre sus expresiones algunas palabras mágicas que convierten el mundo en algo parecido a lo que ellos quieren que sea. Si nos ponemos cultos, «logos» era para los griegos una de esas palabras, o «sacramental» para los medievales, o como lo fue «infinito» para los románticos del XIX. A mí me parece, con una posibilidad de acierto bastante razonable, que, para nosotros, nobles ciudadanos del avanzado siglo XXI, una de esas palabras, aunque no la única, es «sostenible».

La prueba cultural del algodón para saber que es así –que es mágica– es el efecto casi inmediato que produce adjetivar casi cualquier situación o elemento con su versión sostenible, o con su derivación de la «sostenibilidad». Así, una empresa es más empresa si es una «empresa sostenible», un coche es a nuestros ojos mejor coche –al menos en términos éticos– si es sostenible, incluso, un bocadillo de chorizo es mejor bocadillo si el chorizo se ha producido en términos de sostenibilidad.

El asunto no pasaría a mayores si no fuera porque nuestra palabra mágica también ha ocupado el territorio de las relaciones humanas y especialmente el de las afectivas. El núcleo lingüístico donde nuestra palabra produce su efecto mágico está en dotar de fiabilidad y verdad una relación de pareja en la que se sabe que esa pareja o matrimonio es verdadero si es, efectivamente, sostenible. Parece como si el «paradigma ecologista» hubiera colonizado nuestro mundo convirtiendo, tal y como hace la magia con los deseos, en algo parecido a lo que queremos que sea. La magia, ya lo decía Frazer, afirma convertir de modo mecánico los deseos en realidad, simplemente adscribiendo o repitiendo una fórmula o jurando (conjuro) que lo puede hacer.

Decir que un matrimonio, o una relación de amistad o de noviazgo, es sostenible es atribuirle los parámetros que miden la esencia de esa misma relación, es decir, afirmar que esa relación sólo es posible si se cumplen determinados criterios que han de prevalecer bajo cualquier circunstancia (no vaya a ser que se arruine la magia). Para afirmar una relación «sostenible», se ha conjurar que las circunstancias externas no pueden alterar el conjuro mismo: se ha de ser de modo inalterable dentro un determinado modo de ser.

Dicho así, es bastante evidente que la sostenibilidad, y el modelo ecológico, es la versión contemporánea de lo que antiguamente se llamaba «incondicionalidad». En el rito católico del matrimonio se promete la incondicionalidad y parece que la sostenibilidad ha usurpado ese puesto y lo ha hecho suyo, pero con algunas «diminutas» derivaciones de carácter «absoluto». Se puede sostener un matrimonio, imprimirle la etiqueta de «sostenible», si, y solo si, se mantienen las condiciones del conjuro mismo. Es, en ese sentido, donde se respira una similitud entre lo sostenible y lo incondicional, pues ambos parecen prometer esa permanencia.

Muchos autores han repetido la frase de Max Scheler, que este tomó de Nietzsche, y que este usó tras sus prolongadas lecturas bíblicas: «El hombre es el único animal que puede prometer». El paradigma de la sostenibilidad es afirmar que si algunas de las circunstancias varían en el futuro el conjuro de la sostenibilidad se rompe. Dicho a lo rápido: como metamos alimentos transgénicos en el chorizo, no hemos cargado el chorizo. La sostenibilidad de la relación exige (como en todo conjuro) algo a cambio (como muestran todos los cuentos sobre magia: cumplir los deseos tiene un precio): no se puede alterar la fórmula porque si no, nos cargamos la relación. La promesa se cumple –se «sostiene»– si las condiciones iniciales que la hicieron posible se siguen dando permanentemente. Si lo hacemos, se nos tiene prometido el paraíso. Y es a eso a lo que se refería, no Scheler, no lo autores posteriores, pero sí Nietzsche.

Me parece que es justo en ese lugar donde la incondicionalidad y la sostenibilidad se desenmascaran y se confrontan. La forma corta de explicarlo es que en la fórmula católica del matrimonio no se promete una sostenibilidad en la que va a ser igual siempre pase lo que pase, sino, al revés, que pasando muchas cosas absoluta y radicalmente opuestas (en la salud y en la enfermedad, la riqueza y la pobreza) uno es el que no va a cambiar al menos en una cosa: su promesa a otro. No se prometen unas condiciones (positivas) que hacen la relación sostenible, sino que uno se promete (compromete) a sí mismo bajo cualquier condición.

Es ahí donde antes que un conjuro mágico uno está jurándose a sí mismo para otro. Prometer incondicionalmente es, en primer lugar, precisamente la conciencia de que uno no domina las condiciones ni puede hacerlo, en segundo lugar, la conciencia de que las condiciones cambiarán, y, en tercer lugar, que solo puede hacer lo que bajo su palabra está: a sí mismo y, mejor aún, a sí mismo en cualquier circunstancia (también estando uno enfermo o pobre). No creo que seamos dueños de la vida al modo en que el paradigma ecológico nos dice que hemos de ser, parece más razonable y realista y honesto, pensar que somos dueños de nosotros mismos y, ni siquiera, en la mejor versión de lo que somos (enfermamos y somos pobres).

Prometer ser sostenible, o mejor, hacer de la sostenibilidad el núcleo de la promesa impresa en nuestras relaciones afectivas es, me parece, convertir este mundo –a la intuición honesta del lector me remito– en un mundo de relaciones insostenibles por ansia de sostenibilidad. Claro que quedaría por explicar cómo se da esa incondicionalidad, especialmente cuando uno es un «desastre ecológico interno», pero eso es otra cuestión.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas