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Sylvia Kristel, en 'Emmanuelle' (1973)

Sylvia Kristel, en 'Emmanuelle' (1973)GTRES

El Debate de las Ideas

Volver a Emmanuelle 50 años después y no haber aprendido nada

La película de Just Jaeckin se convirtió en emblema de una Revolución Sexual que continúa muy viva entre nosotros y que la nueva versión del mito erótico de Audrey Diwan apenas se atreve a cuestionar

Nos guste o no, vivimos en el mundo de ‘Emmanuelle’. Y la prueba más evidente es que, contra todo pronóstico, la película de Just Jaeckin no ha envejecido nada mal. Al contrario, muchas de las cosas que a los espectadores juveniles nos aburrían en su momento (toda la cháchara filosófico sexual) se han incorporado a nuestra normalidad. Hoy es habitual hablar de parejas abiertas, poliamor, relaciones homosexuales, masturbación, triángulos amorosos, sadomasoquismo… y, sobre todo, hoy ya se ha convertido en dogma de nuestro tiempo que la clave del amor está en el placer.

El desencantamiento del sexo forma parte de nuestro día a día y ya pocos recuerdan que, una vez, el placer erótico formó parte de una construcción simbólica que incluía la procreación, el afecto, la confianza mutua, el compromiso, la familia y, como resumen de todo ello, una mirada optimista hacia el futuro. Esa misma que parece haberse diluido entre tantos espasmos de excitación sexual como nos asedian, nos seducen o nos hastían.

No tiene sentido culpar a Emmanuelle de ello, como tampoco a la novela homónima de Emmanuelle Arsan en la que se basa. Tanto una como otra se limitaron a ser excelentes embajadoras de una nueva visión del mundo que comenzó a abrirse paso en los años cincuenta (los de la publicación de la novela) y que mostró su fuerza en los setenta, los del estreno de la película. El inesperado éxito que convirtió a Emmanuelle en un fenómeno sociológico (con más de 300 millones de espectadores en su momento) tiene su origen en su capacidad para conectar con el cambio que se estaba produciendo en el mundo. Los hermosos cuerpos de Sylvia Kristel y de las demás actrices fueron solo la guinda del pastel.

En España, el fenómeno se expandió en una versión castiza, el 'destape', que se convirtió en verdadero emblema de la transición: el cambio que aportaba la democracia consistía en poder ver lo que antes estaba vetado o sólo sugerido. Tan relevante fue el 'destape', pese a su brevedad, que es en esos años en los que se configura la mayoría absoluta de Felipe González. La libertad sexual como emblema de la izquierda.

En uno de los documentales que recuerdan la gestación de ‘Emmanuelle’, su productor, Yves Rousset-Rouard, recuerda que estaba buscando un argumento para su estreno en el cine y que el pensador Guy Sorman le dijo: «Deberías hacer Emmanuelle». No es asunto menor que un economista, periodista, filósofo y escritor francés de la talla de Sorman, abanderado del liberalismo clásico y defensor del capitalismo, realizara tal recomendación. En el ambiente cultural del momento había conciencia de que el libro de Arsan conectaba con algo nuevo que estaba por venir.

A esa novedad le dimos al fin el nombre de Revolución Sexual, o Liberación Sexual, porque se presentaba como eso, como una liberación frente a los tabúes, la represión y los códigos sociales del pasado. Un derribo de barreras, una eliminación de límites, muy acorde con el espíritu neoliberal de Mayo del 68. Y el primer límite que debía caer era el del pudor, así como el de cualquier visión sagrada del cuerpo. La continuación de la película de Just Jaeckin se titulaba La anti virgen, porque la virginidad es una cosa malísima en el mundo de Emmanuelle. Como la virtud, esa cosa tan exótica. O la monogamia, un atraso reaccionario. Incluso la pareja debía ser cuestionada. Mario, el personaje que finalmente asume las funciones de instructor de la protagonista, proclama: «Habría que ilegalizar la pareja». O, en su defecto, sustituirla por un trío.

El propio Mario resume la filosofía que la película abandera en la «ley futura» del amor. «Esa ley proclama que hay que hacer el amor sin vergüenza ni restricciones, que la virginidad no es algo glorioso, y que la pareja no es un fin, sino que tiene límites y que hay que empujar esos límites hasta el infinito».

El año pasado, coincidiendo con el 50 aniversario de la película original, se estrenó una nueva versión de Audrey Diwan que dejó a casi todo el mundo indiferente. Tenía, sin embargo, un arranque muy prometedor, pues nos mostraba a una Emmanuelle igual de liberada que su predecesora, pero incapaz de alcanzar el placer, pese a su promiscuidad sexual.

¿Estaría dispuesta Diwan a asumir una mirada crítica sobre la filosofía sexual que sustentaba la célebre película? Para nuestra decepción, no. A lo más que llega la realizadora francesa es a vincular la inapetencia sexual de la protagonista con las tensiones y el estrés de su actividad laboral. Porque, a diferencia del personaje original, que era una ociosa mujer burguesa, la nueva encarna ya la ética del trabajo del feminismo. En paralelo con la ‘liberación sexual’, el emblema de la mujer trabajadora desplaza cada vez más al de la madre de familia. De la maternidad no se hablaba en la Emmanuelle de Just Jaeckin, y tampoco en la de Diwan. Pero tampoco de los sentimientos, ni del compromiso de futuro, ni de una lealtad que no sea compatible con la libertad de tener sexo con quien cada cual quiera, libremente.

Finalmente, sin embargo, la más reciente reencarnación del mito logrará recuperar el placer sexual, pero no con el misterioso hombre que realmente desea –un hongkonés inapetente, al parecer también por trabajo– sino con otro nativo que acaba de conocer. Eso sí, con el aliciente de que toda la escena está siendo contemplada por el hombre verdaderamente deseado, que además ejerce de traductor, trasladando al amante de Emmanuelle las instrucciones que esta va dando. Diwan busca en la liberación sexual las recetas para ‘sanar’ a su protagonista y encuentra en el placer de ser mirada por un tercero una vía para la reactivación del deseo.

A la postre, la gran aportación feminista de la nueva versión es lo que podríamos denominar, poniéndonos pomposos, la ‘deconstrucción’ del mito erótico. Toda la película levanta una barrera aséptica que impide cualquier placer o estímulo en la mirada del espectador. El placer, el deseo, sólo están permitidos en el interior del relato, como desapasionado hecho narrativo. En cambio, quien contempla la historia es condenado a presenciar todo aquello con la fría mirada de un entomólogo, como algo ajeno a sus propios deseos. Es difícil concebir una contradicción más radical, ni más reveladora, de las tensiones no resueltas de la cacareada liberación sexual. Puedes ver, pero no excitarte.

La primera Emmanuelle se presentó al mundo con un eslogan eficaz pero que contenía una gran mentira. «Nunca el cine X fue así», proclamaba el márquetin de la película de Just Jaeckin. El problema es que aquella cinta no era pornográfica, en sentido estricto. Es más, su realizador tuvo mucho cuidado de no transgredir los límites que le hubieran abocado a esa calificación: mostrar explícitamente los órganos sexuales y la mecánica del acto sexual. Aunque Emmanuelle iba bastante lejos, todavía estamos en el terreno del sugerir más que del mostrar explícito. Esto es coherente con la profesión que había desempeñado previamente Jaeckin, como fotógrafo de modas, pero también con su admiración por el trabajo de David Hamilton (Bilitis), una de las referencias del cine erótico de la sugerencia y el velado. De modo que, después de todo, la Emmanuelle original tampoco era totalmente coherente con su propia doctrina de exaltación juguetona de la desinhibición. Quizás por eso, el cine erótico sería finalmente derrotado por el cine pornográfico, que es hoy el modelo hegemónico en materia de representación sexual.

Por decirlo de forma sintética, hoy vivimos instalados en un mundo bipolar en lo que se refiere a esta cuestión. Por un lado, los relatos audiovisuales convencionales, los que conforman la cara visible de la cultura, se han vuelto mucho más pudorosos y pacatos a la hora de mostrar los cuerpos. Pero, por otro, la cara oculta de la industria audiovisual, la que no circula por las televisiones, sino por internet, muestra una hegemonía absoluta del porno, con su gusto por lo explícito y la ruptura de todo tipo de reglas, leyes y tabúes. En este cine subterráneo, pero de consumo masivo, los padres hacen el amor con los hijos; personas de avanzada edad, con jovencitos; religiosos y monjas son sistemáticamente o seres depravados o personas que intentan inútilmente reprimir su deseo sexual. En el mundo del porno no existen ni la castidad, ni el autocontrol. El mundo del instinto circula desatado y campando a sus anchas. Hay también, por descontado, violencia en el sexo, dominación, sexo colectivo y todo tipo de peculiaridades imaginables, incluidas las mujeres trans que no han renunciado a su órgano sexual masculino.

El único tabú que no se trasgrede es el de la pederastia, pero sólo por imperativo legal. Todos los actores y actrices deben ser adultos, pero eso no impide simular situaciones que sugieren también fantasías de sexo con menores. No hay límites en el porno, que es el gran mercado ultraliberal del sexo. Y que podríamos considerar la consecuencia lógica de abrir la caja de Pandora de los deseos y fantasías. Garganta profunda se ha impuesto a El último tango en París o Historia de O. Pero no en el escaparate oficial de nuestras sociedades, sino en la trastienda.

Y ¿cuáles son los valores que rigen en el cine pornográfico? Pues, en lo esencial, los de la revolución sexual. Empezando por el gran dogma que proclama que el sexo tiene que ver, sobre todo, con el placer. No con la reproducción, no con la familia, no con la afectividad, no con el compromiso a largo plazo… En primer lugar, con el placer. El segundo gran dogma, ya se ha dicho, proclama el reinado del instinto, de nuestra faceta más animal, sobre cualquier pretensión de contención o autodominio de los impulsos. La represión es una cosa pasada de moda y que, además, está condenada al fracaso, nos dice el porno. La pulsión del deseo siempre triunfa y es inútil resistirse. Con una única excepción: el consentimiento del otro. Pero éste es un problema del mundo real que no se plantea nunca en las fantasías pornográficas, donde nadie tiene que afrontar los castigos de la ley. Hay que añadir además que estas dos ideas (el sexo es placer y el instinto es el que manda) se han colado en las narrativas convencionales y forman parte esencial también de su forma de representar las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. Cualquier discurso simbólico encaminado a ordenar ese universo está excluido y, cuando aparece, suele ser para desacreditarlo.

¿En qué medida está funcionando este modelo, con sus variantes y grados, y en qué parte está siendo fuente de insatisfacción? La cantante alicantina Mafalda Cardenal, la voz de la generación Z, nos da alguna pista en uno de sus temas de su sorprendente disco Mis notas de voz. «Mi chico dice que me quiere y luego me quiere dejar. Mi chico quiere que le quieran y ya está. Mi chico pide que le olvide y luego me vuelve a llamar. Mi chico pide y pide y se olvida de dar. Porque mi chico sólo es mío en la oscuridad. Porque mi chico no es mi chico de verdad». Unas preocupaciones que no forman parte del mundo Emmanuelle.

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