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Calabazas de Halloween

Calabazas de Halloween

Dos días (o noches) después de Halloween: ¿fiesta inocente, diabólica o ninguna de las dos?

Una corriente de pensamiento que crece se basa en la equidistancia de celebrar una simple fiesta de disfraces, aunque se sea contrario a ella

Hay una corriente nueva y creciente de opinión hacia Halloween en España. Su esencia es la tan a veces peligrosa equidistancia: La celebración de la muerte no es tal, sino una simple fiesta para los niños, diversión y disfraces, aunque no le guste a quien consiente e incluso lo aborrezca.

Y los que dicen de ella que es una celebración no solo de la muerte (la celebración de los muertos en México es algo propio y positivo [véase la película Coco, un bello canto a la vida y la familia desde el recuerdo de los muertos], nada que ver con la fea imaginería ridícula estadounidense), son unos extremistas.

Mientras tanto Halloween, que vivió su «apogeo» en España hace algunos años con su absoluta omnipresencia en el ámbito comercial, restaurantes o medios, ha quedado reducida a una expresión mínima previa, presente, pero mínima, y a su aparición real la noche del 31 de octubre.

Esa noche aparecen los espantajos. Las calles con el ya pronto anochecer se llenan de individuos adultos desagradablemente disfrazados. También se vieron niños desgradablemente disfrazados, no inocentemente. Una niña de cinco años maquillada y ataviada al detalle como un horrible espectro no es inocente, sino simplemente desagradable.

Un hombre (o mujer, no se le veía la cara y el cuerpo, por el disfraz, era indistinguible) ocupaba medio vagón de Metro con una larga nariz y una larga cola espeluznante y terriblemente (no terroríficamente) feas. Un niño lloró con terror al verlo, asustado, y la madre le protegió de la visión con el cuerpo, antes de bajarse en las siguiente parada.

Muchas familias cuentan las pesadillas de sus hijos y el miedo esa noche, incapacitados para dormir, ante el recuerdo de esas imágenes que verdaderamente asustan (hasta a un adulto) sin sentido alguno.

Más allá de la colisión del cristianismo con el paganismo que representa Halloween, cuya atrezo e imaginería carnavalescos se impone con facilidad pasmosa a la intimidad de la fe religiosa, hay una responsabilidad del adulto que celebra cualquier cosa que le ponen delante y asalta las calles con su facha.

Está la fe de los que se rebelan (con la acción o la inacción: mediante el Holywins [la santidad vence] o la indiferencia [el mejor desprecio es no hacer aprecio, dice el refrán popular]) contra el relativismo moral, aunque sea el puntual de estas carnestolendas nocturnas.

Una fiesta (palabra cuya etimología proviene de «festus» [alegría y día sagrado]), no debe de estar llena de brujas y fealdad y oscuridad, frente a los mismos santos, la belleza y la luz: el culto a la vida y no a la muerte banalizada y, por no ir tan lejos, simplemente la pervivencia de la razón frente a la mentecatez, que es lo que queda de verdad, más allá incluso de la negativa influencia en los niños, y por encima de consideraciones sobre la inocencia o la maldad o la peligrosa equidistancia que ya pasó, hasta el año que viene.

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