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Los 'bouquinistes' de Quai de Montebello, a orillas del río Sena, en París

Los 'bouquinistes' de Quai de Montebello, a orillas del río Sena, en París

Los históricos puestos de libros de París cumplen 475 años: «Seremos los últimos pequeños libreros»

«La Cuesta de Moyano es tratada como un tesoro nacional y nosotros, en París, tenemos la impresión de que somos tratados como vagabundos», lamenta uno de los bouquinistes

Es algo único en el mundo. A orillas del Sena, el río que atraviesa la ciudad de París, se aglutinan los bouquinistes, puestos de vendedores de libros de viejo y de ocasión, que continúan con una tradición de París que cumple 475 años de historia.

Nadie puede imaginarse Venecia sin sus, y de la misma forma nadie puede concebir París sin sus libreros del Sena, incluso en un mundo de prisas y tecnología, opina Jérôme Callais, quien desde hace 35 años abre su puesto de bouquiniste.

«Las pequeñas librerías de barrio cierran una detrás de otra y no son reemplazadas. Nosotros tenemos un modelo económico que nos permite aguantar, pienso realmente que seremos los últimos pequeños libreros», advierte este antiguo músico que cambió el contrabajo por el papel.

Por eso, para asegurarse de que este legado siga vivo, Callais y sus compañeros decidieron que los bouquinistes debían celebrar los 475 años y, el próximo 14 de noviembre, han convocado a vecinos, curiosos y personalidades de la Cultura y del Gobierno a reunirse con ellos en el Pont Neuf.

«La Cuesta de Moyano, un tesoro nacional»

Según explicó en declaraciones a la agencia Efe, la idea de esta celebración se le ocurrió tras asistir al centenario de la emblemática feria de libros de la Cuesta de Moyano de Madrid. «La Cuesta de Moyano es tratada como un tesoro nacional y nosotros, en París, tenemos la impresión de que somos tratados como vagabundos», lamenta.

Él defiende su oficio como una suerte de «embajadores de la cultura» con un vínculo directo con el público. No solo dan una nueva vida a los libros de segunda mano, explica, sino que su trabajo también es «destacar libros que a veces han pasado desapercibidos porque salieron a la venta en un mal momento» y que podrían haber sido, en realidad, best sellers.

Frente a las librerías, aquí no hay «puerta que empujar», pero hace falta «una cierta cultura, un cierto conocimiento», apunta Callais, para ejercer la profesión.

Es una tradición cuyos orígenes datan del año 1550 (aunque el propio Callais reconoce que la fecha es algo arbitraria por la falta de documentación), en los alrededores de la Sainte Chapelle y del Palacio de Justicia, no muy lejos de la Sorbona, con los primeros colporteurs (vendedores ambulantes) de libros que después migraron a las orillas del Sena, a la zona del Pont-Neuf.

Era una zona donde pasaba gente notable y, sobre todo, que sabía leer y tenía medios económicos para comprar libros de segunda mano, solo un siglo después de la invención de la imprenta.

Unos 475 años después –aunque a veces tengan que afrontar batallas como la de los Juegos Olímpicos de 2024, cuando el Gobierno quiso retirarlos temporalmente del Sena–, París sigue siendo gracias a ellos, como apunta Callais citando al escritor Blaise Cendrars, la única ciudad en la que un río circula entre dos hileras de libros.

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