Patos
La parábola de las ocas salvajes
La Europa que se horrorizó con las atrocidades eugenésicas del siglo pasado practica hoy una versión incruenta. Basta con crear un entorno en el que traer hijos sea irracional
El mal de Europa se insinúa en los cimientos de la vida común, esto es, en la fragilidad de la familia que se resquebraja. No es un fenómeno accidental, sino el resultado de un proyecto cultural que, so pretexto de liberar, esteriliza. El primer acto se representó bajo el título de «libertad sexual». A mediados del siglo XX, la modernidad ilustrada creyó encontrar otra llave para la emancipación, en la separación del sexo y la fecundidad. Lo que durante milenios había sido un misterio —la unión del placer con la aparición de una nueva vida— podía, por fin, ser dominado. La píldora anticonceptiva simbolizó el progreso y favoreció el recurso a la sexualidad sin engendrar. El «paradigma de la salud reproductiva de la mujer» liberaba a esta de la condena biológica, y abría al varón la utópica promesa de un erotismo sin consecuencias. No se advirtió que el precio a pagar sería el de una civilización esterilizada, el de cuerpos reconciliados con el sexo, pero divorciados de la fecundidad.
Las consecuencias son tanto fisiológicas como ontológicas. El amor erótico, despojado de su vínculo natural con la vida, pierde gravedad y gracia y se vuelve un pasatiempo más. La familia deja de ser el fruto natural del encuentro entre un hombre y una mujer para convertirse en un proyecto aplazado e irrelevante. Y cuando la edad biológica reclama su tributo, ya es tarde. A la vez que Europa descubría que su ideal de autonomía y libertad había desembocado en vacío —y liberado a sus hijos de nacer—, la vivienda venía a reforzar esa esterilidad. Fundar una familia exige un lugar donde habitar, pero en el viejo continente el suelo se ha convertido en otro bien de lujo. Un sano mercado inmobiliario debía facilitar la permanencia de las familias extensas en su zona, sosteniendo la crianza y el arraigo; en cambio, se ha convertido en un mecanismo que expulsa a los jóvenes a la periferia. Comprar exige endeudarse hasta la vejez y eso, además de un problema económico, es también un problema moral, fuente de una grave injusticia social. Al hacer de la vivienda un lujo, la sociedad empuja a que muchos jóvenes renuncien a la paternidad. Esa falta de viviendas para las familias se resume en lo que san Juan Pablo II llamó la «mentalidad anticonceptiva», un velo que no deja ver el trasfondo moral. El hogar, llamado a ser escenario de la vida familiar, se convierte en un filtro, de modo que quien hereda patrimonio puede procrear; quien no, queda confinado en una adolescencia prorrogada. Esa nueva eugenesia, más sutil, selecciona vidas a precio de ladrillos.
La Europa que se horrorizó con las atrocidades eugenésicas del siglo pasado practica hoy una versión incruenta. Basta con crear un entorno en el que traer hijos sea irracional. Las familias numerosas son consideradas rarezas pintorescas, cuando no irresponsables. La misma cultura desincentiva la paternidad. Sin embargo, más que un dato demográfico, el descenso de la natalidad representa un termómetro civilizatorio. Ninguna sociedad que confíe en sí misma deja de reproducirse. Cuando los hijos desaparecen se extingue con ellos la fe en el futuro. La natalidad es la manifestación visible de la esperanza. Sin hijos, Europa se revela a sí misma como una cultura cansada, que prefiere consumirse entre burocracia y viejos museos antes que proyectarse al futuro. Ante esta crisis profunda, ¿quién puede ofrecer su brújula? Sin renunciar a su misión profética y sobrenatural, quizá la Iglesia tenga mucho que decir en su doble vocación de proclamar el Evangelio de la salvación y dar testimonio del orden moral de acuerdo con la creación. Es imposible defender el bien sobre bases legales nihilistas, en las que Dios es negado y sus leyes contravenidas. En un mundo que ha separado el placer sexual de la fecundidad, que ha convertido la vivienda en privilegio y la familia en opción trivial, la Iglesia recuerda que la vida humana tiene un valor intrínseco y que la libertad no se mide en opciones de entretenimiento, sino en capacidad de asumir responsabilidad, fecundidad y cuidado mutuo.
En cuanto a la política, hoy se guía por la comodidad del corral. En la versión de Jiménez Lozano sobre la parábola de Kierkegaard, unas ocas salvajes, capaces de volar, quisieron enseñar a las domésticas que más allá de la valla se extendía el horizonte. Bajaron al corral para convencerlas y, una vez allí, con el pienso asegurado y la vida sin sobresaltos, se quedaron. Los dirigentes podían elevar el discurso, recordar que la libertad es vuelo, riesgo y altura, pero en su seguridad han preferido gestionar la escasez. Han bajado al corral y ahí se han quedado. Debían recordar a los europeos que pueden volar, que su destino no es vegetar en la comodidad de una vida subvencionada y sin riesgos, sino asumir la intemperie de la libertad, y advertir que el pienso nunca está garantizado, que volar implica renunciar a la seguridad de lo doméstico. En cambio, lejos de la retórica oficial, han aceptado, como las ocas salvajes, encerrarse en la lucrativa industria política. El resultado es una civilización domesticada, en apariencia satisfecha, aunque estéril y descontenta. Hemos cambiado la dificultad de engendrar por la diversión; la aventura de fundar una casa por la tranquilidad de alquilar un piso y pasear perros; la pasión de volar por la seguridad del corral. Me temo que la familia no es una reliquia por extinguir, sino una semilla que volverá a germinar porque los hombres no nacen para el corral, sino para el cielo abierto. Eso exige abandonar el delirio de que progresar significa carecer de límites, de qué libertad equivale a consumir sin consecuencias y de qué bienestar es prolongar una adolescencia subvencionada. No hay que volver al pasado, sino crear un modelo que reconozca que el amor es fecundo, que el hogar es un derecho moral y una necesidad metafísica y que la esperanza no se mide en indicadores financieros, sino en la risa de los hijos que tienen que nacer. El colapso de la familia es, en el fondo, el colapso de la esperanza. Europa podrá reorganizar su economía, defender sus fronteras o diseñar transiciones ecológicas, pero si no dice sí a la vida, todo quedará en triste simulacro. El reto pendiente no es burocrático, sino antropológico. Las personas no fueron creadas para la seguridad del corral, sino para el vértigo del vuelo. El progreso no lo miden las nuevas tecnologías, sino la capacidad de asumir la vida, la fecundidad y la libertad, un don que —como enseña la máxima de Goethe— exige el coraje de limitarse para extenderse.