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Bandera de Luisiana

Tim Gautreaux: «Volver a montar todo»

Además de esta latente dimensión, nos cuenta una historia entretenidísima en la que pasan muchísimas cosas, no pocas –no se asusten– duras

predicamento como escritor, tras leer El siguiente paso de baile (1999), su primera novela, me parece que merecería más predicamento aún. Lo he descubierto con veintiséis años de retraso, aunque tengo la excusa de que no se tradujo en España hasta 2019, en La Huerta Grande, por José Gabriel Rodríguez Pazos; y que, además, el retraso no importa cuando hablamos de excelente literatura. ¿No le dedicamos el Barbero de la semana pasada a Jane Austen 250 años después de su feliz nacimiento?

Las fechas, sin embargo, sí tienen su papel para reconocer que Gautreaux fue un pionero en retratar la crisis económica y moral de la clase trabajadora americana, y denunciar su abandono y atisbar su reacción, tal y como luego haría J.D. Vance en su biografía Hillbilly, una elegía rural (2016). La novela vale como ensayo implícito sobre el arraigo a una comunidad y su defensa numantina frente a la globalización y la deslocalización. Convalida la lectura del libro The road to somewhere (2017) de David Goodhart. También defiende la importancia de la familia y los lazos de sangre. Es una oda a la familia extensa. La lectura sociopolítica de Gautreaux, aunque él no cuela ni un solo mitin en su novela, resulta esclarecedora.

Además de esta latente dimensión, nos cuenta una historia entretenidísima en la que pasan muchísimas cosas, no pocas –no se asusten– duras. Se plasman, como ha escrito Joseluis González, en «escenas perfectas que son secuencias de naturaleza y angulación cinematográficas».

Completa la triangulación, tras el contenido social y el oficio literario, el temple moral. Estamos ante una novela profundamente católica. Se encara con la postmodernidad sin desperdiciar ni una bala. El sacerdote del pueblo advierte: «Tantas parejas que se quieren divorciar. Son malos tiempos incluso para los católicos». Y la bella Colette y el buen Paul, joven matrimonio del pueblo, pasan por su divorcio, pero plantan cara a todo tipo de crisis –personal, local, ideológica– con una magnífica teología implícita. Igual que no largaba mítines, la novela tampoco suelta sermones, pero cuánto se reza en ella. La fe se encarna en unos personajes que, sin duda, aprovecharon bien sus clases de catecismo en la parroquia. La concepción del matrimonio alcanza cotas paulinas. Paul (así llamado, precisamente) se toma en serio Efesios 5, 25: «Maridos, dad la vida por vuestras mujeres».

Los personajes llevan el catolicismo en la sangre, y el autor en la tinta. Todos son cajunes: descendientes de franceses católicos que, expulsados de Nueva Escocia por no renunciar a su fe, aceptaron la oferta de la corona española para poblar Luisiana. Como explica Kevin Roberts, también cajún, en Un tiempo nuevo (CEU Ediciones, 2025): «Los cajunes conservaron su cultura, su fe y su lengua. La lealtad a la familia era lo más importante…» El paso siguiente del baile le pone música (un himno) a esta cosmovisión contra mundum cada vez más épica.

Otra cuestión trascendental: Tim Gautreaux se toma el trabajo manual radicalmente en serio. El protagonista es mecánico y lo es hasta extremos vocacionales. Si nosotros creemos en la dignidad de los oficios, esta novela acude en nuestra ayuda. Ojalá los alumnos de FP la leyesen. La mecánica, de tan exaltada, se transfigura en metáfora. El hombre que arregla máquinas tiene que arreglar el matrimonio y el amor, y también, indirectamente, su comunidad y su entorno: ««Tengo que volver a montar todo», pensó»; y ese motto podría ser el motor secreto de esta novela.

«—Nadie quiere ganarse el amor, dijo el sacerdote». Casi nadie. Este es un libro para quien quiera ganarse, además de unas horas trepidantes de lectura, el amor; y, con él, la comunidad, la familia y la patria.

Ella giró la cabeza y le ofreció el paisaje de su cara: luz de luna reflejándose en la arena.
*
El sitio mejor es el sitio en el que estás, si tu actitud es la correcta —dijo él con la esperanza de que ella lo creyera.
*
—Quiere que yo cambie.
—¡Pues cambia, coño! Por mantener una esposa, cambia uno hasta de calzoncillos en medio de la plaza del pueblo, si es necesario.
*
Había reparado la gigantesca máquina que se la llevaba. No se había dado cuenta de que el amor de su vida iba en aquel tren. Empezó a ser consciente de lo que acababa de perder y, al escuchar el silbido de atención proveniente del tren, a un par de kilómetros hacia el oeste, intentó recordar su cara, su perfume. Ahuecó las manos sobre la nariz, con la esperanza de que quedara en ellas alguna traza de ella, pero solo percibió un peculiar olor a maquinaria lubricada.
*
A Colette y a él los reinventaba cada noche la imaginación de la gente del pueblo, que sabía más de su matrimonio que ellos mismos.
*
—Joder —susurró Gatlin—. Nunca había visto a nadie hacerle el amor a una máquina.
*
Quería coger el mismo tren que ella, como si hacer el mismo viaje pudiera ayudarle a comprender cómo pensaba ella.
*
[En California, trasunto del mundo moderno] La mayoría de la gente que conocía estaba obsesionada por la forma física, acumular cosas o el sexo como diversión, mientras que ella —por más que se esforzaba por olvidarlo— no podía dejar de ser, en el fondo, católica, no materialista y amante de la buena mesa.
*
Comer solo es comer a medias.
*
Ella sabía también que la habían contratado porque la empresa tenía pocas mujeres en puestos por encima del nivel de cajera y necesitaban incrementar el porcentaje.
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Colette empezó a entender por qué varias de sus compañeras de trabajo iban al psicoanalista.
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—Eso me pone enfermo, Colette.
—¿Qué?
—Me siento como si fuera una amiga tuya. Un tipo quiere acostarse contigo y no quieres que me enfade, solo quieres consejo. Las amigas son las que dan consejo. Lo que hace un marido es meterle a ese cabrón la polla en una roscadora de tubos. Pero eso no lo puedo hacer. Lo único que puedo hacer es acompañarte por ahí como un perrito faldero, con la lengua colgando.
Ella hizo un gesto de desagrado.
—Hueles a aceite lubricante, ¿te has dado cuenta?
Él se puso en pie de un salto y bajó la cremallera del mono mientras se dirigía al baño.
—¡Jopé!, encima tengo que oler a rosas para poder dar consejo.
*
¿Echas algo de menos?
—Sí —admitió, porque sabía que ella podía oler una mentira a kilómetros de distancia—. Mamás y papás. Tías y tíos.
*
Cuanta más gente tiene una población, a menos conoces.
*
¿Sabes quién construyó esa lancha? Mi padre [tu bisabuelo]. Fue lo último que hizo. —Yo no lo conocí —dijo Paul—. Murió antes de que yo naciera.
*
Y a rezar al mismo tiempo, casi sin darse cuenta, como si la oración formara parte necesaria del protocolo de reanimación, tan necesaria como el esfuerzo y el miedo.
*
Porque te conozco —dijo ella—. Antes no te conocía, pero he empezado a conocerte.
*
[Durante la crisis económica] Haciendo lo que fuera necesario para poder mirarse en el espejo del baño por la mañana y ver un trabajador.
*
Solamente en un sitio donde la gente los había conocido de niños se podía reunir semejante tripulación.
*
…le dio un beso intenso y prolongado que él se bebió como si fuera agua helada en un día de calor.
´*
Lo primero es lo primero. Paul recorrió el pasillo central en busca del sacerdote y después llamó a la ambulancia.
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«Si quieres camarón, / a arrastrar como un cabrón».
*
Mala cosa, cuando el timonel se pone a rezar el rosario.
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Nadie va a buscarte como alguien que te ha conocido toda la vida. Nada propicia un rescate como los lazos de sangre.
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—Él jamás ha dicho nada malo de ti, cariño. […] Ese chico haría cualquier cosa por ti. […] Pero hay algo que todo el pueblo sabe y que tú no sabes. Colette fijó la vista en el suelo, presintiendo lo que venía. —¿Qué? —Que echaste de casa al mejor muchacho de Tiger Island. Así de claro.
*
Entendió en aquel momento que los hombres que son buenos en algo generan una energía, una gracia especial, un aceite que lubrica el amor.

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