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Portada de 'Fugacidades', de Alfonso González Cachinero

El Barbero del Rey de Suecia

González Cachinero juega con nosotros

Nacido en Ceuta en 1962 y malagueño a todo lo que da, Alfonso González Cachinero quizá no sonará mucho ni a los más letraheridos de mis lectores. Sí, a los fanáticos del género del aforismo, donde nuestro autor ha concentrado su obra de creación. A los aforismos hemos dedicado aquí varios artículos, en buena medida porque este Barbero del Rey de Suecia se considera un corsario del género. A fin de cuentas, sus recortes no hacen sino buscar pepitas de oro aforísticas en las novelas más intrincadas o en los ensayos más sesudos. Hay cierta complicidad en mi afición al aforismo.

Pero también estamos ante un género en auge. Las razones se amontonan: nuestra falta contemporánea de tiempo, nuestros problemas para mantener la atención, el desprestigio de la ficción, el minimalismo poético que desemboca en las mínimas máximas, etc. Mi explicación preferida es más obvia: siempre debió estar en auge, porque es una maravilla de género. Es el esprint de la literatura. Su quintaesencia. La materia prima (aunque la poesía también pueda reclamar ese título) de la buena prosa.

Amenas especulaciones aparte, lo cierto es que figuras como Ramón Eder, el maestro contemporáneo más reconocido del género, o como José Luis Trullo, practicante también, pero además un gran estudioso, o Javier Sánchez Menéndez, que lo ha editado en Siltolá con generosidad y gusto, han recogido un impulso que venía de lejos (Cristóbal Serra, Castilla del Pino, Carlos Edmundo de Ory, Vicente Núñez, Ramón Andrés o Sánchez Ferlosio) y de lo alto, con creadores tan cardinales como José Bergamín, Eugenio d’Ors, Gómez de la Serna y Juan Ramón Jiménez. Y podríamos seguir remontándonos, aunque no hace falta.

González Cachinero conoce perfectamente su tradición y su género, y es un digno heredero de todos estos precedentes. Como los buenos herederos, no se contenta con vivir de las rentas y enriquece el patrimonio. En 2024 publicó un libro de aforismos delicioso donde ya advertía de su entidad. Y donde recogía, con su voz propia, todas las vetas posibles. La veta poética («Te recuerdo tanto que tu sombra se ha quedado a vivir conmigo»), la metafísica («El tiempo va despacio, pero como no para, va deprisa»), la moral («El olvido siempre es involuntario. Cuando es voluntario, se llama perdón»), el juego de palabras con sentido («Principio de igualdad: somos se lee igual hacia ti que hacia mí» y «Si estás de vuelta de todo, le das la espalda a la vida» e «Insisto: insistir va contra el buen gusto») y los aforismos de autoayuda («Los golpes duelen, pero esculpen»).

Hace nada, a finales del año pasado, ganó el X premio Rafael Pérez Estrada. Este certamen es otra prueba del auge de los aforismos. Primero, por su propia existencia; segundo, por su inteligencia: está muy bien planteado. Exige un número muy medido (55) de aforismos, porque en este género, como es lógico, más es menos. Por último, lo publica la editorial Renacimiento con gran sentido y belleza, dedicando una página a cada texto, resaltando así su individualidad y autonomía, como debe ser.

El libro premiado de González Cachinero se titula «Fugacidades» y es, paradójicamente, una biografía. O más: la biografía de cualquiera. En cincuenta y cinco chispazos caben (por capítulos) la niñez, la juventud, la madurez y la vejez. El corazón del aforismo siempre es paradójico: una inmensidad dentro de una miniatura.

Aunque salta a la vista el magisterio de Gómez de la Serna («Algunos globos sueltos eligen volver y buscar a su niño perdido»; «Tan pronto como la guardan, la brújula gira libremente durante horas hasta acabar exhausta, pero feliz»), el sentido lúdico no se agota en un jugar con nosotros, sino que también el autor juega con nosotros. En otro sentido, quiero decir: nos lleva y nos trae por nuestras propias emociones. O sea, por usar su propio aforismo, a veces es perro y a veces gato: «La diferencia entre un perro y un gato estriba en que el perro juega contigo, mientras que el gato juega contigo». ¿Un ejemplo? Éste: «Ganas de carnaval para quitarme el disfraz». Nos arranca una sonrisa y, a la vez, nos inyecta una inquietud.

Pero maúlle o ladre, González Cachinero siempre tiene una mirada propia, hecha de inteligencia, bondad y amor por el lenguaje a partes iguales. Sus aforismos no se nos quedan cortos, sino justos. Y generosos: invitan siempre al lector o a una sonrisa o a una emoción o, incluso, a un diálogo. Cuando dice: «Los niños muy traviesos llevan doble escolta de ángeles», yo, tan ortodoxo, caigo en que, sin faltar a la doctrina, lo que observa es evidente: uno, el ángel de la guarda que dice el catecismo, y dos, el propio niño travieso, otro ángel, en el fondo de su corazón. También se asiente y se discrepa de esta observación: «Personas brillantes y personas que alumbran. Son distintas». Quizá las personas, repongo yo, contestón, porque los mejores aforismos de esta pequeña colección son brillantes y alumbran. Véanse:

Me ha costado mucho entender que los cabos sueltos son inherentes a la vida.
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Nunca he sido más feliz que cuando no lo sabía.
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No es casualidad que la risa y el llanto sean políglotas.
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¡Quién nos habría dicho, cuando estudiábamos, que tener mala memoria es indispensable para ser feliz!
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Deberíamos escribir Torre de Pisa siempre en cursiva.
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Bucear convalida a volar.
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Hay veletas rebeldes que van a su aire.
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Me gusta el vino con cuerpo y viceversa.
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Cuando me alejo del mar, lo hago de mí mismo.
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Parece invariable el ritmo del reloj, pero cada vez va más deprisa.
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Injusticias, las justas.
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La humillación tiene buena memoria.
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Triunfar es saber que no triunfar no es fracasar.
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VEJEZ. Años efímeros, días interminables.
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El retrovisor del pasado también tiene ángulos muertos.
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Los objetos antiguos tienen otro comportamiento.
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En las catedrales también el tiempo se detiene a rezar.