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Andrés Amorós
Historias del 27Andrés Amorós

Alberti, banderillero de Ignacio Sánchez Mejías

Él era muy consciente de lo que supone la Fiesta para la cultura popular española: «El negro toro de España… porque toda España es él».

El poeta Rafael Alberti recibe la medalla de Academico Honorario de la Real Academia de bellas Artes de San Fernando

El poeta Rafael Alberti recibe la medalla de Academico Honorario de la Real Academia de bellas Artes de San Fernando

Rafael Alberti fue el primero de los poetas del 27 que se hizo amigo de Ignacio Sánchez Mejías. Los presentó, ese año, en un hotel madrileño José María de Cossío y pronto congeniaron.

Poco antes del acto fundacional de la generación, el homenaje a Góngora en Sevilla, los días 16 y 17 de diciembre de 1927, Ignacio quiso conmemorar el séptimo aniversario de la muerte de Joselito (16 de mayo de 1920), su cuñado y su ídolo: hizo ir a Sevilla a su amigo Rafael y lo encerró en el cuarto de un hotel hasta que escribiera un poema sobre José. Esa noche, en el sevillano Teatro Cervantes, Alberti leyó su poema Joselito en su gloria, que dedicó a Sánchez Mejías:

«Llora, Giraldilla mora,
lágrimas en tu pañuelo:
mira cómo sube al cielo
la gracia toreadora».

Ignacio, siempre bromista, planeó sacar en su cuadrilla como banderillero, una tarde, a su amigo Rafael. Esa temporada de 1927, toreó solamente tres corridas: el 25 de junio, en Badajoz; el 29 del mismo mes, en Córdoba; el 3 de julio, en Pontevedra.

Invitó el torero al poeta a que saliera en su cuadrilla en Badajoz pero Alberti no acudió, con la excusa de un telegrama que no llegó a tiempo. Se disculpó en una carta que publicamos Antonio Fernández Torres y yo, en el libro Ignacio Sánchez Mejías. El hombre de la Edad de Plata:

«¡Qué tristísimo estoy! ¡Qué mala pata! ¡Y la culpa la tengo yo! (…) ¡Qué lástima! ¡Lo que me he perdido!»

Y añadía esto:

«Pero no dudes que muy pronto nos veremos en el ruedo de cualquier otra plaza. Yo me muero por los toros. Quisiera escribir un libro estupendo. Mi mejor libro. Al frente irá un magnífico pasodoble novísimo de Rodolfo Halffter: A Ignacio Sánchez Mejías».

Años después, en su libro de memorias, La arboleda perdida, Alberti cuenta de otra forma por qué no acudió a la corrida de Badajoz:

«Mi amistad con Sánchez Mejías se iba volviendo peligrosa. Se empeñaba el diestro tozudamente en hacerme peón de su cuadrilla. ¿Broma? Tal vez. Pero la obstinación de Ignacio me llegó a preocupar. No acudí a Badajoz, como era natural. Cosa que le enfadó bastante y le sirvió para redoblar más todavía sus esfuerzos para lograr su capricho. Ignacio era feroz cuando se proponía una cosa, siendo casi imposible escaparle».

Finalmente, Rafael sí aceptó salir como peón de Ignacio en la corrida de Pontevedra. Se encontraron en la estación de tren de Venta de Baños. Acudió también Cossío, al que Ignacio había enviado un telegrama: «Si domingo vas corrida Pontevedra te brindaré un toro».

Hizo el paseíllo esa tarde Rafael con un vestido de color insólito, naranja y negro: «traje de luto que Ignacio conservaba desde la trágica muerte de Joselito, su cuñado». La montera se la prestó Cagancho; el capote de paseo, Antonio Márquez, al que llamaban «el Belmonte rubio». (En 1933 se casó con Concha Piquer. Llegué yo a tratarlo, en su vejez: era un hombre educado y tenía una gran sensibilidad estética).

En La arboleda perdida, cuenta así Alberti su aventura taurina:

«Con cierto encogimiento de ombligo, desfilé por el ruedo entre sones de pasodobles y ecos de clarines. Después… ¡Oh! Cuando el primer cornúpeto, tremendo y deslumbrado, se arrancó, pasando entre las tablas y mi pecho, comprendí la astronómica distancia que mediaba entre un hombre sentado ante un soneto y otro, de pie y a cuerpo limpio bajo el sol, delante de ese mar, ciego rayo sin límite, que es un toro recién salido del chiquero. Menos mal que aquel público gallego no era de esos que piden hule, como el andaluz o el madrileño, y pude pasar desapercibido, dentro del callejón, durante toda la lidia. A la salida de la plaza, me corté la coleta, quiero decir que di por terminada mi carrera taurina. Tan sólo había durado tres horas».

No fue el único que se retiró, esa tarde. Sánchez Mejías brindó a Cossío su segundo toro, «que será el último que mate, vestido de torero». Al concluir el festejo, le comunicó su decisión a Domingo Dominguín, el empresario (el padre de Luis Miguel). Le atraían entonces otros horizontes literarios: la amistad con los poetas, el homenaje a Góngora, a fin de ese año, y escribir obras de teatro.

Según eso, el paseíllo de Alberti, vestido de torero, como si fuera un banderillero suyo, fue sólo una de las típicas bromas de Sánchez Mejías. Recuerdo yo haber presenciado algo semejante: Luis Miguel Dominguín, tan parecido a Ignacio en muchas cosas, gastó la misma broma, en la plaza francesa de Bayona, el 15 de agosto de 1958, a su amigo, el conde de Teba, campeón de tiro.

La que he resumido es la versión habitual de la aventura taurina de Alberti. Sin embargo, he podido localizar otra, algo distinta, que dio el propio Rafael, años después, en dos entrevistas: en Radio Nacional de España, en 1982, y en Canal Sur, en 1989. Las dos coinciden totalmente y eso aumenta su credibilidad. Estas son –tomadas al oído– las frases de Alberti que aportan más novedades:

«Ignacio me decía que, como poeta, me iba a morir de hambre; que los poetas no ganan nada. 'Te voy a nombrar banderillero de mi cuadrilla y te voy a pagar muy bien aunque, de momento, no pongas banderillas’. Salí, hice el paseíllo y me dijo: ‘Métete en ese burladero’. Salió un toro como la catedral de Burgos, pensé que me iba a matar… Estuve viendo toda la corrida en el burladero, ante la burla del maestro».

Añade Alberti que el diestro le habló de que quería firmarle un contrato como banderillero; sugiere que no iba a ser esa la única vez en la que tendría que hacer el paseíllo… La retirada de Ignacio abortó ese plan.

¿Fue todo una broma o el torero buscaba ante todo ayudar económicamente al poeta? Cada lector elegirá la versión que le parezca más verosímil; o la suma de las dos, porque son compatibles: sabemos de sobra que Ignacio Sánchez Mejías era tan generoso como bromista…

Esta curiosa historia tiene un epílogo. En 1993, con 91 años, Rafael Alberti volvió a pisar la arena del ruedo de Pontevedra, un día en el que no había corrida. Fue una iniciativa del doctor José Barros Malvar, muy amigo suyo y de Luis Buñuel. Acompañaban al poeta su mujer, María Asunción Mateo; el autor de teatro José Ruibal y su hermana Mercedes, pintora; el director del Diario de Pontevedra , Pedro Antonio Rivas Fontenla. (Tomo los datos de un artículo de Ramón Rozas, incluido en el reciente libro 51 periodistas hablan de toros).

Ese día, el viejo poeta, con su melena blanca, simuló dar algunos pases a un toro imaginario: los amigos le hicieron fotos y su mujer lanzó un «olé». Igual que cualquiera de nosotros, buscaba Rafael su perdida juventud …

Su obra taurina es muy amplia. El libro que la recoge, Suma taurina. Verso. Prosa. Teatro (1965), con ilustraciones suyas, comprende más de 130 páginas.

Alberti era muy consciente de lo que supone la Fiesta para la cultura popular española:

«El negro toro de España…
porque toda España es él».

El que afirma esto no es un facha sino un importante poeta, miembro del Partido Comunista de España. Algunas veces, además de ofrecernos la belleza de sus versos, algunos poetas aciertan a definir la realidad.

Su mujer, María Asunción Mateo, nos transmite una de sus frases: «Ser torero me parece algo maravilloso, casi mágico». Gracias a su amigo Ignacio Sánchez Mejías, una tarde, Rafael Alberti, vestido de luces, vivió desde muy cerca esa magia.

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