El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, el pasado viernes en Sevilla
¿Es García Montero el ideólogo de la «ley de lenguas andaluzas» que ha prometido impulsar María Jesús Montero?
La delirante iniciativa que pretende reivindicar el orgullo andaluz tuvo su aperitivo la semana pasada cuando el director del Cervantes aludió en tono elogioso al habla de la vicepresidenta en un desayuno informativo en Sevilla
«Ley de lenguas andaluzas». Este es el delirante nombre de lo que la vicepresidenta del Gobierno, ministra de Hacienda y candidata a la Junta de Andalucía ha prometido impulsar en la región de conquistar el Palacio de San Telmo.
Se trata, según afirmó el domingo María Jesús Montero, de «impulsar, investigar y trasladar el valor de lo que siempre han sido los andaluces: expresarnos con orgullo, sin complejos, siendo capaces de defender nuestros orígenes». ¿Por qué existe la necesidad de defender sin complejos los orígenes de los andaluces? ¿Hay algo o alguien que los ataque?
La semana pasada el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, presentó sorprendentemente a la vicepresidenta con la que comparte apellido en un desayuno informativo en Sevilla de tono eminentemente político y propagandista del Gobierno.
¿Qué hace el director de una institución cultural significándose políticamente sin tapujos? Es un hecho grave institucionalmente, pero la costumbre de esta y otras situaciones atenúan ciertos comportamientos, palabras y hechos como si fueran anestesia habitual.
A poca gente le ha sorprendido que García Montero, pese a su inevitable currículum sectario, se haya mostrado en esa suerte de preacto electoral como una figura visible. Pero, más allá de la supuesta amistad (que reconoció in situ) con la vicepresidenta (entre otras cosas buen motivo para precisamente no enseñar afinidades), se pueden intuir otras razones para tan particular protagonismo.
Javier Rioyo (quien fue, entre muchas otras cosas, director del Instituto Cervantes en Nueva York, Lisboa y Tánger antes [y también durante en el último destino] de que García Montero ocupara la institución) le conoce bien porque fue su amigo («el amigo de derechas», le llamaba porque este era socialdemócrata y García Montero un comunista puro), dijo a The Objective:
«Ahí está Luis García Montero, asesorando y mandando en el Ministerio con otros. Esto no me lo han contado, lo he visto yo. Porque he estado ahí, dentro del vientre de la ballena. Lo he estado viendo y siempre he procurado que no me pillaran en el fango. Ellos han creado el fango....».
García Montero manda. No es un secreto. El mismo Rioyo dijo de él que percibía «una especie de espíritu autoritario» y que es de los que «buscan las polémicas porque la tensión, el conflicto y el guerracivilismo les van bien». Ahí está el político director de una Institución cultural politizada buscando la tensión donde no la hay una vez más desde su posición de poder.
El aperitivo fue la semana pasada cuando, casi como primicia, empezó a elogiar el habla de la vicepresidenta, admitiendo el «orgullo cada vez que la oigo hablar como se habla en Andalucía, sin querer imitar ninguna imposición de la gente que en realidad nos considera poco respetables y poco simpáticos».
Había creado otro enemigo en la necesidad tradicional y siniestramente teórica, por encima de todo humanismo, de la izquierda de crear un enemigo para justificar su existencia, su posición o el punto de partida: el «antiandalucismo». Un delirio sectario del que ya se sabe el nombre, Ley de Lenguas Andaluzas.
Un nuevo monstruo ideológico, frentista, donde se advierte la mano de García Montero como teorizante del sanchismo «cultural» (el académico y ganador del Cervantes Álvaro Pombo dijo de él que era un «poeta menor» con «visiones ideológicas anacrónicas») y que María Jesús Montero ya ha empezado a mostrar con algunas frases principiantes que parecen enteramente consignas dictadas:
«Merecemos mucho más de lo que hoy ofrece la Junta de Andalucía. Para nosotros, la identidad andaluza que significa el 28F es la manera que tenemos de celebrar las fiestas, sí; o las romerías, sí, pero no solo. No hay nada que identifique más fuera de Andalucía a un andaluz que cuando se le escucha hablar» o «Necesitamos seguir combatiendo los tópicos», la misma frase esta, con otras palabras, que aquella de Zapatero a Gabilondo a micrófono cerrado: «Nos conviene que haya tensión».