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'Azar y costumbre', Valentí Puig

Valentí Puig: cenizas y diamantes

Puig, voz esencial en el auge del diarismo español contemporáneo, novelista exquisito y analista perspicaz en prensa, ha sabido convertir el conservadurismo en materia literaria sin rebajar su complejidad

Azar y costumbre (Atheneica, 2025) es el último libro de Valentí Puig y el primero suyo de aforismos. Es verdad que el autor (Palma de Mallorca, 1949) lleva décadas practicando el género en dietarios y artículos. Y que también ha ejercido, en cierto modo, de «barbero del rey de Suecia», seleccionando las mejores frases e ideas literarias de Josep Pla en su impagable Diccionario Pla de la Literatura.

Puig, voz esencial en el auge del diarismo español contemporáneo, novelista exquisito y analista perspicaz en prensa, ha sabido convertir el conservadurismo en materia literaria sin rebajar su complejidad. Puede decirse que es un escritor importante y, además, verdadero sin miedo a la grandilocuencia. Es lógico, por tanto, que atendamos a su libro de aforismos, donde puede condensarse el poso intelectual de toda una trayectoria.

Eso lo hace, pero no todos son aforismos puros. A veces el lector duda de que el autor sepa con claridad cuáles son las coordenadas del género. Abundan los no-aforismos más o menos pasables, que funcionan como otra cosa. Y hay aforismos estupendos, sí, pero los hay hasta malos: «La esposa de un nuevo rico opina sobre todo, aun ni sabiendo nada, porque su marido gana muchísimo dinero con los tápers y condones que fabrica», por ejemplo. Esa arbitrariedad se lleva mal con el absolutismo mínimo que debe regir el aforismo. U otro ejemplo: «Perdemos memoria como el agua del váter se lleva nuestros restos del día anterior».

La cuestión no es que haya aforismos fallidos —los hay pocos y en todos los libros de aforismos los hay—, sino que abundan los textos que dudan si son aforismos, microcolumnas o apuntes de diario. Hay amables observaciones diarísticas («Las costumbres cambian tan velozmente que ya no se puede ser animal de costumbres»), bastantes microrrelatos («Toda una vida dedicada a zancadillear la ambición de los demás»; «Las mañanas fatigadas de alguien que ha soñado con el infierno y no se acuerda»), crítica literaria («Mucho ingenio verbal abruma; si es poco, aburre»), fragmentos de memorias («Cuando se leía bien el periódico se comenzaba por las esquelas y se acababa por la cartelera de cine»), poemas («Nos llegan recuerdos juveniles que son como el chasquido de una vela en el mástil») y hasta cuadros, incluso de Julio Romero de Torres («Añorar a las mujeres de luto, sobre todo las de medio luto, con la nuca desnuda por el moño y las medias de ala de mosca»).

Alcanzan papel protagonista los textos que son, en realidad, columnas de prensa, microcolumnas, naturalmente, pero con pleno espíritu opinativo. Buenas columnas, como era de esperar de Valentí Puig. Véanse: «Decir que la propiedad es un valor obsoleto suena raro cuando lo que quieren todos los jóvenes es comprarse un piso»; «Las personas laboriosas y precavidas invertían sus ahorros comprando unos pisos para alquilarlos hasta que no pagar el alquiler se convirtió en un derecho natural»; «El cometido urgente del siglo XXI parece haber sido aniquilar las clases medias»; «Las naciones que pierden la ambición de superarse acaban perdiendo el respeto tanto de sus enemigos como de sus aliados»; «Añoramos a la clase media porque era el gran amortiguador de conflictos»; «La fortuna ayuda especialmente a los mendaces».

Dando media vuelta de tuerca a las columnas, abundan los microensayos políticos. «Quien quiera hacer una revolución conservadora no es conservador»; «Tener libertades no es exactamente lo mismo que ser libre»; «Desidia de las naciones cuando se incomodan con sus raíces y por eso ya no pueden pensar en su futuro»; «Una revolución siempre acaba exigiendo sacrificios humanos»; «El primer deber del Estado no es hacernos felices, sino que estemos seguros»; «El arribismo practica el deshonor con soltura».

Quien quiera seguir estas líneas abiertas hará bien en remitirse al libro. A quien tenga interés exclusivo en el género aforístico quizá le valga con la selección que ofreceremos a continuación. Y que muestra que Azar y costumbre también recoge aforismos de muchos quilates. La impresión es que al autor no le ha interesado mucho discriminar y ha hecho un centón de textos breves, invitándonos a nosotros a elegir. Cosa que hacemos encantados, porque es nuestro oficio de lectores.

Puig deja las miguitas de pan de un Pulgarcito con un subtema que reaparece periódicamente. La preferencia de la vanidad al orgullo. Da muy buenas razones: «Al diablo le aprovecha más nuestro orgullo que nuestra vanidad». Y luego lo pone en práctica. Tanto que uno no puede dejar de leer este aforismo como una confesión de parte: «No hay que perder la fe en los escritores que nos introdujeron en la vida adulta y que luego, ya acabados, publican entremezclados las cenizas y los diamantes». Puig no está ni mucho menos «acabado», pero asume el riesgo de ofrecerlo todo —cenizas y diamantes—, confiando en que el lector sabrá distinguir. Sin el orgullo de la obra sublime, pero con la vanidad de saber que rebuscaremos respetuosos para dar con los diamantes. En otro momento añade: «Escribir es no dejar tranquila la frase hasta que se le vea una mota de electricidad y tersura». En estos aforismos que he seleccionado se ve la mota y se siente la tersura:

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Todo lo que en la vida es caos luego será culpa.
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La educación no es la adecuada cuando a un niño no le dan miedo los cuentos de terror.
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A la tercera vez que te justificas es que te rindes.
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Las personas fáciles acaban complicándolo todo.
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Ausente la contingencia del pecado, Occidente se quedará sin literatura.
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Defender la cultura elitista y jerárquica queda anticuado, pero cualquier día será lo más novedoso.
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Qué mal quedan nuestros defectos cuando los contagiamos a un viejo amigo.
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Cuando se trata de la verdad ni la sátira ni la ironía igualan el filo de la espada.
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Siempre queda por saber si la humildad aplaca el orgullo o es el orgullo el que justifica la humildad.
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Nadie como el demonio para negar el mal.
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Que la vida nos decepcione es culpa nuestra porque la vida es como es.
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La costumbre de ceder en lo esencial y no transigir en los detalles ha originado la doctrina del mal menor.
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Los políticos suflé temen mucho más la impopularidad que el infierno.
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Existe un continente repleto de arte románico, gótico y barroco que ya no cree en nada.
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Primero maravillarse; después, comprobar que no es un engaño y, finalmente, ponerse a escribir.
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El desconfiado acierta a menudo, pero nunca sabrá cuanto bien le hubiese hecho confiar más.
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Es más que posible ser sentimental y no tener sentimientos, pensar sin ideas y añorar sin tener un pasado.
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Herencia es civilización; es decir, propiedad.
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Envejecer sin olvidarse del orgullo de la vida, no de la nuestra sino de toda, de los muertos y de los vivos, de los padres y de los maestros, del artesano anónimo que pulió el mango del paraguas y del músico que compuso un tango.
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El orgullo vacuna contra la vanidad pero nos hace odiosos.
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Espesor e ininteligibilidad de los que se aburren, desagradecidos con los dones de la existencia.
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Ponerse de acuerdo sobre la verdad, nos hace relativistas.
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Ser algo a toda costa es como no ser nada.