Fundado en 1910

Personas de madera en un carrito de la compra, sobre un fondo con dineroMAXZOIOTUKHIN / iStockphoto

El Debate de las ideas

Mientras ganas el pan

Uno puede trabajar mucho y, sin embargo, no crecer nada. Es más, puede trabajar muchísimo y encogerse por dentro. La cuestión decisiva, por tanto, no es sólo si uno será capaz de «sacar las cosas adelante», sino más bien el equilibrio entre rendimiento, obediencia y horas. Horas, esa moneda misteriosa que siempre paga de más… y siempre cobra el doble.

En todo este meollo asoma una palabra que hoy se usa poco y se entiende menos, vocación. Me refiero a esa forma de estar en el mundo desde un sentido, no desde un Excel. Uno no trabaja sólo para producir, no sólo para ganar dinero. Si uno quiere vivir de verdad, trabaja para responder. Y, aunque a priori no lo parezca, este concepto, lejos de ser una «espiritualización» ingenua de la economía, responde a un realismo antropológico, el hombre es una persona con destino.

Bien sabemos que el trabajo es una de las zonas donde más fácilmente la persona se confunde, cree que su valor es proporcional a su rendimiento; cree que su identidad se mide en resultados; cree que su libertad consiste en escoger entre ofertas; cree, incluso, que descansar es una pausa funcional para volver a rendir mejor.

Sin darse cuenta, uno empieza a vivir como si el mundo fuera una cantera al servicio de su deseo, y como si las personas fueran —qué palabra tan pulcra y tan indecente— recursos humanos. Entonces, el trabajo deja de ser expresión de la persona y pasa a ser un ídolo que devora a la persona. Y lo hace sin ruido y con la sutileza de «buenas prácticas».

Hago un paréntesis, pero no es un desvío. Hay quienes hemos visto trabajar a nuestros padres toda la vida, con ganas y con dignidad. El trabajo, visto así, impresiona —y más de niño— porque enseña perseverancia, responsabilidad, paciencia, capacidad de sacrificio. No es, en estos casos, la hamaca el ideal de vida. Pues se contempla una nobleza en el deber bien asumido.

Sin embargo, precisamente quienes aman el trabajo corren un riesgo muy específico, quedar atrapados por él. Y aquí volvemos a la difícil palabra del equilibrio. Podemos caer en esa forma de esclavitud moderna que tiene un nombre sobrio y preciso, activismo. La postura de quien siente que «tiene que sacar las cosas adelante» siempre. Cuando uno detecta ese activismo en su vida, queda atado a un tormento, trabajar para ser alguien, para cumplir un proyecto personal, para justificar su lugar, para tener una identidad. En ese momento, el trabajo ya no es «lo que hago», es «lo que me hace».

Ojo, que aquí el problema no es trabajar mucho. El problema es trabajar como si la salvación viniera de la productividad.

Hace años, Michael Oakeshott describió de forma brillante dos formas de estar en el mundo, trabajando o jugando. Decía que, como trabajadores, tendemos a ver el mundo como material para satisfacer necesidades infinitas y variables. Todo se vuelve medio, las cosas, la naturaleza, el tiempo, incluso las relaciones. Y el descanso, en esa lógica, se entiende como mera reparación del cuerpo para volver al trabajo. El universo entero se organiza alrededor del «facere», hacer, producir, manipular, transformar. A veces parece que, si algo no se puede monetizar, no existe.

Este es nuestro aire en la sociedad actual. Y, sin embargo, intuimos que algo falla cuando ese modo de estar ocupa la totalidad. El ser humano no es sólo un hacedor, pues si lo reducimos a eso no logra plenitud, sino que logra rendimiento. Que no es lo mismo, aunque lo confundan en Recursos Humanos con una solemnidad conmovedora.

Por eso tiene sentido reivindicar un equilibrio real y perseguir —en el trabajo— su ahínco obsesivo y autodestructivo de inventar «necesidades» que ya no son necesidades, sino deseos sin fin.

Hay diferencia entre tener tareas en la vida y tener destino en la vida. Las tareas pueden ocuparlo todo; el destino, en cambio, ordena las tareas, las jerarquiza, las humaniza. Si no hay destino, uno se agota, pero no llega.

En un discurso en 2005, David Foster Wallace hablaba a unos graduados de Kenyon College. «Dos peces jóvenes nadan tranquilamente y se cruzan con un pez mayor que viene en dirección contraria. El pez viejo los saluda con educación y les suelta, Buenos días, chicos. ¿Qué tal el agua?». Los dos peces siguen nadando un buen trecho en silencio —porque la juventud, ya se sabe, necesita distancia para pensar— y, al cabo, uno mira al otro y pregunta: «¿Qué demonios es el agua?».

La genialidad de la imagen está en su crueldad, el agua es lo más obvio; por eso es invisible.

Simplemente, las realidades más importantes y obvias son a menudo las más difíciles de ver y explicar.

Lo peligroso es creer que toda la vida «real» ocurre fuera del trabajo y que el trabajo es un paréntesis. No lo es. El sentido cotidiano se juega, muchas veces, ahí, en la templanza ante una ambición, en la fidelidad ante una tentación de poder, en la justicia con el débil, en la resistencia a la mentira. El trabajo no es un escenario neutro.

Aquí entra un principio decisivo, el trabajo posee dos sentidos. Uno objetivo (la tarea, la técnica, la producción, la transformación del mundo) y otro subjetivo (la persona que trabaja). Y el orden correcto consiste en priorizar el sentido subjetivo, el trabajador vale más que lo producido. Cuando esa prioridad se invierte, aparece la injusticia y aparece —también— la idolatría.

La formulación ética es contundente, el hombre está llamado a trabajar. Pero, ante todo, el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. Allí donde el trabajo exige sacrificar sistemáticamente la vida familiar, la salud mental, la conciencia moral, el trabajo se ha desordenado. Y lo desordenado es mal estructural o personal, porque sustituye el fin por el medio.

La palabra «idolatría» parece excesiva en un contexto laboral. Pero, si entendemos idolatría como dar valor último a lo que no es último, entonces sí se vuelve un diagnóstico finísimo de nuestro tiempo. Y, además, tiene un rasgo particular, se esconde por proximidad. Está tan cerca que no la vemos. Es una idolatría con perfume de deber.

Ahora bien, nuestros hijos aprenden el mundo mirando cómo lo habitamos. Hoy muchos padres, con la mejor intención, ponemos nuestra atención, nuestros ahorros y nuestros desvelos en preparar a los hijos para el «facere»: idiomas, habilidades, currículum, contactos, oportunidades… Pues queremos que «les vaya bien», y ese deseo es noble, faltaría más. Pero es incompleto si no está ordenado a algo más alto, que lleguen a ser hombres y mujeres virtuosos, personas de bien, capaces de verdad, de amistad, de sacrificio. Y capaces de jugar —en el sentido noble—, es decir, de entrar en lo gratuito.

Si sólo preparamos a nuestros hijos para funcionar, serán funcionales. Y una persona puede ser perfectamente funcional y profundamente infeliz. De hecho, la sociedad produce infelicidad de alto rendimiento con una eficiencia más que admirable.

El cardenal, hoy santo, John Henry Newman defendía la educación como «cultivo real de la mente», capacidad de comprender coherentemente las cosas, discriminar verdad y falsedad, ordenar según su valor real, adquirir sobriedad de pensamiento, buen sentido, autocontrol. En otras palabras, defendía la oportunidad de aprender a no ser esclavo de lo inmediato. Es decir, que no te gobiernen las prisas, ni el aplauso, ni el miedo a quedarte fuera.

Si esto se pierde, la educación prepara para la esclavitud del trabajo, con diploma incluido.

En el libro El Dios de la fe y la razón, Robert Sokolowski distingue entre virtud cristiana y virtud pagana de un modo utilísimo para entender lo laboral. Sokolowski dice que la virtud pagana (virtud «natural») entiende la acción humana dentro del marco del mundo y sus necesidades, es decir, la virtud ordena nuestras decisiones para vivir bien en ese horizonte. En cambio, la virtud cristiana mantiene esa bondad natural, pero la sitúa en un marco nuevo. Pues para el cristiano el mundo es creación y por ello la acción queda «obligada de un modo nuevo», porque debe responder no solo a la excelencia humana, sino a la generosidad de Dios, a la gratuidad (creación y, aún más, encarnación y redención). Por eso, en lo laboral no bastan fórmulas, hace falta prudencia personal, porque la virtud se encarna en personas concretas que disciernen.

Este punto es esencial, nadie será salvado por un «modelo corporativo» perfecto si las personas pierden el sentido del bien. Y nadie quedará destruido por estructuras imperfectas si hay santos que introducen justicia, humildad y caridad en lo concreto.

Por eso, educar a los hijos en la virtud es prepararlos para habitar el trabajo sin ser devorados por él. Porque el «todo el mundo lo hace» es el evangelio oficial del infierno.

Aquí volvemos a Oakeshott, si educamos a los hijos para que vean todo como instrumento, entonces verán a las personas como instrumentos. Y, si ven a las personas como instrumentos, tarde o temprano se verán a sí mismos como instrumentos. Esa es la antesala de la desesperación en la que gran parte de la sociedad navega, sentirse útil… y prescindible.

San Juan Crisóstomo, en su obra De la vanagloria y de la educación de los hijos, recuerda a los padres que se les pedirá cuenta. No sólo de si dieron comida, techo o estudios, sino de si formaron el corazón de sus hijos. Pues podemos gastar mucho dinero en educación; podemos buscar recomendaciones, academias, Erasmus e itinerarios y, sin embargo, ser negligentes en lo esencial.

Al final, la cuestión es simple y tremenda, ¿qué contestaremos cuando se nos pregunte por nuestros hijos? ¿Que tenían currículum, pero no criterio? ¿Que los educamos para «la vida» y, al final, sólo los entrenamos para el mercado?

Se puede vivir en el «agua» del trabajo sin olvidar qué es el agua. Pero para eso hay que mirar el agua. Y mirar el agua implica dejar de nadar como autómatas.

En cuestión de sueldos, al final el único balance que importa no es lo que usted ha hecho… sino en qué se ha ido convirtiendo mientras lo hacía.