Pierre Lemaitre, durante su entrevista con El Debate
Pierre Lemaitre: «Me apiado de la incompetencia de los políticos, la historia los juzgará con mayor severidad»
El escritor francés charla con El Debate con motivo de la publicación de 'Grandes promesas', el último libro de la tetralogía 'Los años gloriosos'
Pierre Lemaitre (París, 1951) recibe a El Debate entre obras de arte y arqueológicas de la Grecia clásica y el Imperio Romano. Lo hace en el salón de un céntrico hotel madrileño, cansado tras su gira por España, pero contento. Lleva unos días en nuestro país para presentar Grandes promesas, la obra que cierra su tetralogía Los años gloriosos. Con esta, son siete las novelas en las que recorre el siglo XX, desde que comenzó con Nos vemos allá arriba, el libro que le hizo ganar en 2013 el prestigioso premio Goncourt francés y con el que empezó la trilogía Los hijos del desastre. En el horizonte, otra serie de novelas que seguirán la estela y continuarán con esta suerte de Episodios Nacionales, hasta que llegue más o menos a los años 90.
—¿Con tanto trajín ha tenido tiempo de leer la prensa estos días y ver lo que está pasando en el mundo? ¿Qué sensación le queda?
—Diría que anonadado. O quizá más. Por varios motivos. El primero es la locura que está asolando al mundo. Luego, hemos confiado las llaves de la potencia mundial a un hombre peligroso, estúpido, inculto, machista y racista. Y, tercero, lo rápido que ocurre todo. Todo va muy rápido y uno tiene la sensación de estar dentro de una novela de Zola que se llama La bestia humana y que termina con alguien que dirige una locomotora yendo directo a un precipicio sin poder pararla.
—También al leerle a usted vemos las consecuencias de la guerra. Las estructuras sociales, las personalidades de quienes se han visto afectados y de quienes vienen por detrás. ¿Qué nos espera?
—La novela no tiene virtudes predictivas. Nos permite reflexionar sobre el presente, pero no tiene la posibilidad de anticipar seriamente el futuro. Así que mis novelas no le dicen al lector lo que tiene que pensar, pero intento explicar mis historias de tal manera que tengamos ganas de reflexionar.
—Es habitual que las tramas de sus novelas tengan giros morales. Y pongo como ejemplo esta serie de novelas en las que recorre el siglo XX. Sin idealizar a los personajes, siempre hay hueco para momentos de dignidad humana que ofrecen esperanza. ¿Eso solo pasa en los libros, o también en la realidad?
—También pasa en la realidad. Los tiempos jamás han sido tan peligrosos como hoy. Hemos conocido cosas espantosas como la Shoá, el holocausto, pero el planeta Tierra jamás ha sido tan amenazado. El peligro es si la especie humana va a sobrevivir. El debate no se limita a un perímetro concreto, a un país, sino que estamos en un planeta que en buena parte está corriendo todos los riesgos para convertirse en inhabitable. Es algo jamás visto. Podemos luchar, pero objetivamente hay pocos motivos para el optimismo.
No tengo muchas ganas de ser demasiado severo con los políticos porque su tarea es muy difícil
—¿Quiénes se han quedado fuera de la gloria de Los años gloriosos? ¿Cree que algunos problemas actuales tienen su germen en esa época de aparente esplendor?
—El capitalismo explota a todos los que necesita explotar y tira a la cuneta a los que no le son útiles. El motor en Los años gloriosos era el mismo que hoy. Un ejemplo: en los años 60 el capitalismo necesitaba una agricultura extensiva. No se necesita a los agricultores pequeños, pues acabamos con ellos. No necesitamos a la gente que vivía en los límites de París, en la ronda periférica, pues los expulsamos y los llevamos al extrarradio. Hoy, el capitalismo ya no necesita a la democracia.
—En sus libros suele haber algún personaje que sobrevive gracias al engaño y la impostura. Al escribir esto me han venido a la cabeza nuestros políticos.
—No tengo muchas ganas de ser demasiado severo con los políticos porque su tarea es muy difícil. Dicho esto, puedo juzgar que, respecto a los retos principales que comentábamos, se muestran poco coherentes y bastante incompetentes. Me apiado más bien de su incompetencia, la historia los va a juzgar con mayor severidad.
—Dejemos a los políticos y vayamos a los lectores, aunque imagino que los habrá que también sean políticos. ¿Le gusta más hacer reír a quien le lee o generarle incomodidad y vergüenza?
—Lo que más me gusta es cuando puedo hacer las dos cosas porque en realidad no me apetece escribir una novela de humor, cómica. Tampoco de que sea exclusivamente emotiva. Lo que sueño es escribir una novela que sea divertida y, al mismo tiempo, seria y mordaz. Me gusta la mezcla.
La gente no es ni tonta ni mala, pero no se da cuenta de que le falta lucidez
—Dice que no volverá a la novela negra. Pero, ¿es que hay algo más negro, y a la vez más luminoso, que la vida misma que relata en sus particulares Episodios Nacionales?
—Creo que la realidad no es negra. Es la mirada que tenemos sobre las cosas. Voy con otro ejemplo: la vida en la Tierra está amenazada, sobre todo la vida de la especie humana. Si mañana no hay personas, la vida seguirá existiendo. Por tanto, la Tierra no tiene moral, la tenemos nosotros. No es negra, es nuestra mirada para con lo que sucede. Y eso es precisamente lo que da interés a tener escritores. Son quienes aportan un punto de vista al mundo.
—Escuchamos con frecuencia eso de que hay que leer para no cometer los errores del pasado. ¿Se lee poco?
—Leemos poco y no leemos lo que tocaría leer. No es un efecto de la tontería de la gente, tiene que ver con la cultura. En España no sé cómo va, pero en Francia la extrema derecha intenta desarmar el sistema cultural, ha contaminado los medios de comunicación y la gente se traga la información y la repite pensando que ha reflexionado. La gente no es ni tonta ni mala, pero no se da cuenta de que le falta lucidez. El drama es la falta de lucidez.
—Cuenta que los lectores le escriben poco. ¿Le tienen miedo?
—No lo sé, la verdad. Igual sí. Cuando me encuentro con lectores parece que sienten un afecto y un vínculo con mis libros. Igual mis libros sí que provocan ese afecto y yo no.
—¿Qué diferencias ve entre los lectores franceses y los españoles?
—En general, los lectores franceses son un poco más superficiales. Cuando hablo con los lectores en España se cuestionan más los temas políticos y el fondo ideológico les interesa más. También en Italia, de forma global, hay una lectura de mis libros más política.
—¿Y entre los escritores franceses y los españoles?
—No sé cuáles serían las herramientas para compararlos, pero en España tenéis una literatura fantástica. También nosotros la tenemos. Podríamos decir que Javier Cercas es el Emmanuel Carrère español. O Carrère el Cercas francés. Tenemos literaturas ricas y cercanas pero compararlas creo que no tiene demasiado sentido.
—¿Y entre los premios literarios de Francia y España? Usted ganó el Goncourt.
—Ahí sí que somos nosotros los campeones mundiales de los premios literarios. Hace poco supe que hay un diccionario de premios literarios franceses que tiene ochocientas páginas. Yo vivía en un pueblo de seiscientos habitantes que no tenía panadería pero sí un premio literario.
Estamos en un planeta que corre todos los riesgos para convertirse en inhabitable
—Voy a terminar la conversación volviendo un poco al principio, a la esperanza. Con todo lo que ha vivido, ¿usted sigue teniéndola?, qué le da más miedo, ¿vivir o morir?
—No tengo miedo ni de una cosa ni de la otra. Podría decir que estoy preparado para morir. Cuando lo pienso, me da pena por mi gente, pero no tengo un miedo particular. Lo que sí me molesta un poco, en el hecho de seguir viviendo, es que creo que los cambios que espero se van a producir demasiado tarde para que yo los pueda ver. Vamos a ver el final del capitalismo en beneficio de sistemas económicos y políticos mucho más cercanos y democráticos, con unidades de vida más pequeñas. Vamos a recuperar el concepto de fraternidad, pero vamos a tener que esperar unas décadas y eso es más que mi esperanza de vida.
Pierre Lemaitre posa junto a su nuevo libro 'Grandes promesas'
—Hablando de fraternidad, y reconozco que le he engañado porque no era la última pregunta. ¿Pensamos más en nosotros mismos que en los demás?
—No es tanto que no miremos a los demás, sino analizar las consecuencias de lo que hacemos. Comer la cantidad de carne que comemos, seguimos extrayendo petróleo, yo sigo comprando en el supermercado alimentos de mierda dentro de sacos de plástico, todo envasado. Así que no se trata de la mirada para con los demás, sino pensar que los otros deberían ir con cuidado y que nosotros parece que estamos exentos de esa atención. En nuestro teléfono tendríamos que tener una aplicación que nos mostrara, de forma permanente, el balance de carbono de lo que hacemos en todo el día. Tu teléfono estaría mostrando la huella de carbono de todo lo que llevas tú encima, de lo que llevo yo encima y estaríamos absolutamente alucinados e impactados. Y por eso hemos preferido darle la vuelta al teléfono y obviar estas cosas tan importantes. En definitiva, no es la atención a los demás, sino el hecho de estar ciegos respecto a la manera en que vivimos.