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Albert Camus, autor de 'El mito de Sísifo'El Debate (asistido por IA)

Filosofía para todos

La pregunta más terrible de la filosofía

Albert Camus se enfrentó al absurdo de la existencia y llevó la cuestión hasta sus últimas consecuencias

En el caso de la filosofía, plantearse las preguntas suele ser más importante que obtener respuestas. Esta aparente paradoja es uno de los grandes problemas a los que se enfrentan, por ejemplo, muchos de los estudiantes que se aproximan por primera vez a este saber. Sin embargo, poner sobre la mesa cuestiones radicales ya es un gran paso adelante.

Por ese motivo no debería causarnos temor enfrentarnos a preguntas que, en un primer momento, nos pueden parecer demasiado peligrosas. Partiendo de esa premisa podemos acercarnos a la figura de Albert Camus, uno de los grandes literatos y pensadores del siglo XX y uno de los principales exponentes de la conocida como filosofía del absurdo.

El autor francés hizo de la noción del absurdo un pilar fundamental de su obra. En un estilo puramente ensayístico, El mito de Sísifo condensa la visión que Camus tenía de un mundo y una existencia que viven en un divorcio del que no se puede escapar: «La sensación de la absurdidad no nace del simple examen de un hecho o de una impresión, sino que surge de la comparación entre un estado de hecho y cierta realidad, entre una acción y el mundo que la supera», explica.

Más sencillo es de entender con la lectura de algunas de sus obras literarias, aquellas que le merecieron el Nobel en 1957. En La peste comprobamos cómo la enfermedad, la muerte y el horror aparecen en medio de nuestra vida sin ningún sentido aparente. Así, ante este vacío que parece abrirse ante el hombre, Albert Camus lanza su inquietante pregunta: ¿Si la vida es absurda, por qué no suicidarse?

El escalofriante inicio de El mito de Sísifo dice así: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio». Y el lector contiene la respiración ante lo que está por venir. Sin embargo, para el francés esta no es una propuesta de acción, sino un reto que hay que superar, en palabras de José Ángel Agejas en su introducción al texto El existencialista hastiado, de Howard Mumma.

El hombre rebelde frente al absurdo

Camus lamenta un primer tipo de suicidio, el filosófico. Citando a pensadores como Kierkegaard considera que algunos intentan superar la evidente falta de sentido aferrándose a esperanzas metafísicas y dando un «salto», como el de la fe, que pretende dejar atrás el absurdo. En este caso, en lugar de acabar físicamente con la vida, «se sacrifica la lucidez del sujeto pensante», como expondrá el profesor Málishev en uno de sus estudios sobre nuestro protagonista.

Rechaza, por lo tanto, el autor de El extranjero el suicidio filosófico y también lo hará con el físico, lo que supondría una rendición. Considera que esta solución final es lo opuesto a la experiencia absurda y lo afirma después de apostar firmemente en favor de la rebelión. El absurdo de la existencia es una oportunidad de alcanzar la libertad, de degustar «el vino de lo absurdo y el pan de la indiferencia con que se nutre su grandeza». El hombre puede ser hombre en «una confrontación perpetua con su propia oscuridad».

El final de esa obra antes citada, El extranjero, condensa esta rebelión absurda: «Yo parecía tener las manos vacías. Pero yo estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él, seguro de mi vida y de esa muerte que iba a llegar». O, como se puede leer en el ensayo mencionado: «Esta rebelión es la seguridad de un destino aplastante, menos la resignación que debería acompañarla».

Y, además de esta certeza absurda, Camus no se detuvo ahí y encontró otro motivo de rebelión: la búsqueda de la dicha y el goce. A veces, esa búsqueda requiere el enfrentamiento directo con el horror, como ocurrirá en el relato de La peste, donde sus protagonistas sacan lo mejor de ellos mismos ante la enfermedad que mata y consume. Por eso mismo, nada de suicidio y una reflexión final del francés: «Hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio». Y por eso, merece la pena vivir.