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Retratos del almirante Nelson, Hernán Cortés y Napoleón Bonaparte

El odio de la izquierda española a Hernán Cortés choca con el orgullo inglés y francés por Nelson y Napoleón

El contraste con otros países, como precisamente Inglaterra o Francia, respecto a sus propios símbolos y héroes, es demoledor y esclarecedor de una realidad anómala, ideológica y ahistórica

En plena confusión diplomática con México provocada por la genuflexión del Gobierno español a las pretensiones sectarias del Gobierno mexicano de Sheinbaum, la figura de Hernán Cortés cobra de nuevo protagonismo.

El fanatismo de nuestros actuales gobernantes a este respecto, partidarios y defensores de la leyenda negra en contra de España, impulsada falazmente por sus enemigos de antaño, Francia e Inglaterra mayormente, conforma un inaudito odio por el conquistador que da crédito a todas las falacias indigenistas.

La izquierda española que gobierna en coalición con partidos separatistas y antiespañoles odia a Hernán Cortés por motivos puramente ideológicos y de felonía hacia los símbolos y héroes de la patria.

El contraste con otros países, como precisamente Inglaterra o Francia, respecto a sus propios símbolos y héroes es demoledor y esclarecedor. No hay odio, sino orgullo, en la muestra, con la comparación, de la ridícula intransigencia de la izquierda española.

El complejo que lastra a España en sus principios, en su historia, mientras desde fuera observan la incomprensible visión autodestructiva de sus esencias: el complejo doctrinario de una casta impropia de llamarse española desde la más básica de las miradas.

El almirante Nelson en Inglaterra o Napoleón Bonaparte en Francia, por ejemplo, dos figuras muy inferiores a Cortés en influencia histórica, gozan en sus respectivos países de un reconocimiento orgulloso que no admite objeciones.

Para Nelson, héroe de Trafalgar, la gran batalla naval que ganó a los españoles y franceses, es la columna que se erige en la llamada y conocida Trafalgar Square, en pleno centro de Londres. Y está enterrado con honores en la catedral de San Pablo en medio de honras y recuerdos a su figura que no cesan desde que sus restos llegaron al templo en 1806.

No son los únicos recuerdos y homenajes que se suceden en Inglaterra e incluso en el mundo a Nelson, loado además por los grandes poetas como Tennyson y otros artistas. Napoleón está enterrado en el mausoleo imperial de Los Inválidos, en la famosa tumba de cuarzo rojo que es uno de los monumentos más visitados de París.

La columna Vendôme y el Arco de Triunfo de París, ambos inaugurados por el antiguo emperador de Francia, siguen en pie como monumentos ineludibles y absolutamente significativos de la identidad francesa. Nadie ha mencionado colonialismos (ni se les ha ocurrido), ni cualesquiera otras objeciones ideológicas para retirar estos símbolos.

Pero en España el recuerdo de Hernán Cortes, el hombre que con solo otros 400 españoles creó un imperio de la nada, un nuevo Estado, quien es el responsable de que 600 millones de personas hablen español en el mundo o de que México sea la nación más católica del mundo, como dijo la historiadora María Fidalgo en El Debate, se reduce a tres representaciones poco protagonistas:

Una estatua en Medellín, su localidad natal; otra escultura en Cáceres y un medallón en la Plaza de España de Sevilla de los 48 que allí representan a personajes ilustres de la historia de España. El relato de la izquierda y la aquiescencia u olvido del resto es lo que ha provocado esta anomalía histórica que culmina con que sus restos están semiocultos, apartados, en un nicho en la iglesia del Hospital de Jesús Nazareno en México que él mismo fundó en 1524.

Dicho hospital continúa en funcionamiento cinco siglos después como prueba de la importancia y universalidad de Hernán Cortés, la misma importancia y universalidad que a toda costa ha tratado y sigue tratando la izquierda española de hacer pasar por insignificancia y menudencia o peor: por salvajismo y crueldad contrarios a cualquier atisbo de rigor histórico y llenos de intolerancia e iniquidad.