Urtasun y Sánchez en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2024
El modelo cultural de Sánchez y Urtasun: humo ideológico frente al orgullo y la eficacia internacional
Con su Plan estrella de Derechos Culturales, el ministro admite querer cambiar «la percepción de la cultura», en vez de protegerla como en el resto de países occidentales
Pensar en los avances culturales de Urtasun para España lleva de primeras al embrollo de su jerigonza. Algo se ha oído, por supuesto, sobre derechos culturales, y algo como que es la medida estrella del Ministerio de Cultura más ideológico y político de la historia de la democracia española.
Efectivamente, todo lo anterior se enmarca en lo que han llamado Plan de Derechos Culturales, lo que comenzaba con una «invitación a la ciudadanía» a «enriquecer de forma colaborativa y desde distintas perspectivas el contenido del plan, que incluirá tanto un diagnóstico de situación, como una serie de propuestas en ámbitos específicos».
Esto es, como se ve, un ejemplo de la jerigonza de la cosa, que es mayormente ideológica y absolutamente teórica, al contrario que en la mayoría de los países occidentales, donde la gestión cultural es práctica: para potenciar la cultura nacional y protegerla.
Al revés de lo que el Plan de Derechos Culturales de Urtasun persigue con esa inquietante afirmación de querer cambiar «la percepción de la cultura», donde están la descentralización, el ataque a la tauromaquia, el arte «woke», la revisión del arte clásico en todos sus géneros o la censura en general.
Urtasun dice que quiere «garantizar que todos los ciudadanos puedan acceder y disfrutar de la cultura en condiciones de igualdad, promoviendo la diversidad cultural y protegiendo los derechos de las personas que crean y trabajan en el sector».
Palabras sin sustancia, la nada para la cultura, la ideologización de la misma sin que haya nada para la misma, sobre todo en comparación a otras políticas culturales como la de Francia, el país vecino, donde la cultura está blindada en una cámara acorazada, sin posibilidad de ser manoseada, como un tesoro.
El Estado defiende la cultura de Francia como los mosqueteros al rey, donde la irrenunciable e inamovible identidad nacional, la protección del patrimonio y la difusión cultural, con sus pros y sus contras, son en cualquier caso la envidia del humo ideológico que expanden Sánchez y Urtasun.
En Alemania también se protege la cultura a través del Estado y las instituciones locales, que se reparten dicha protección para que sea máxima. No se escapa nada. Nada de lo más importante que es la conservación, la preservación de los valores culturales alemanes, justo lo contrario que en España cuyo Plan de Derechos Culturales es una demolición invisible de esos valores propios.
No puede haber acceso a la cultura para todos, como dice querer garantizar Urtasun, el antitaurino y el pro leyenda negra, si no hay cultura a la que acceder. Ningún país occidental considera el núcleo de su cultura los derechos culturales, sino la cultura en sí misma, su preservación, su garantía o su protección: utilidad y servicio frente a ideología y manipulación.