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El ministro de Cultura, Ernest Urtasun

El ministro de Cultura, Ernest UrtasunSergio R Moreno

Los mayores disparates de Urtasun en 2025: el peor ministro de Cultura de la democracia

Urtasun es todo lo contrario a lo que debe ser un ministro demócrata, cuyo compromiso político obliga a defender toda la Cultura española, al margen de sus credos personales

Da igual cuando dijo Urtasun (si fue este año que acaba o el anterior) que un lustro eran cincuenta años. El lapsus es sintómatico, pero una minucia para lo que ha venido después, aunque ya se preveía con su perfil tras su elección. Un ministro de Cultura que se declara públicamente antitaurino no debería haber sido nunca ministro. A no ser que sus actos posteriores se desvinculasen claramente de todo sectarismo.

Un ministro no puede ser nunca un radical, y menos cuando su radicalidad atenta contra la mismísima cultura española cuyo cargo obliga a defender. No a una parte, sino al todo. Ese es el verdadero compromiso político que ha de mostrar un ministro, independientemente de sus credos personales, que debe mantener al margen, actuando en beneficio de la generalidad.

Urtasun es todo lo contrario a eso, como durante su mandato se ha encargado de demostrar sin tapujos, es incluso posible que porque nunca se haya planteado que existen otras opiniones tan válidas como la suya, en una suerte de ignorancia sectaria por la que fue escogido ad hoc para el puesto.

Su paralela actividad como portavoz político de su partido, Sumar, abunda en esta idea. Vaya por delante su posición antitaurina como preámbulo de todo. Una posición clara, pero también contradictoria al defender públicamente la tradición de la tauromaquia, reconociendo su importancia histórica, y al mismo tiempo pretender eliminar la ley que la blinda como patrimonio cultural o eliminar directamente el Premio Nacional de Tauromaquia.

En este sentido, la polémica con el torero Ignacio Sánchez Mejías, a quien no incluyó en los actos anunciados de la próxima celebración del centenario de la Generación del 27, ahonda en la incoherencia del ministro. Como se sabe, Sánchez Mejías, inmortalizado por Lorca en su poema universal, fue el aglutinador esencial de dicha generación, y por lo tanto figura fundamental.

Urtasun no lo nombró y días después rectificó diciendo que no lo había excluido, cuando sí lo había excluido, sin aportar ninguna explicación más que la negación de la exclusión. Un galimatías marxista (de Marx y de los hermanos Marx), que son las dos tendencias protagonistas del Ministerio. Urtasun volvió a meter la pata (o la ideología) cuando afirmó que el poeta Miguel Hernández fue asesinado.

(Casi) Todo el mundo sabe que el alicantino murió en la enfermería de la prisión de Alicante por una sucesión de enfermedades fatales (bronquitis y tuberculosis entre ellas) provocadas por un traslado en condiciones inhumanas, pero no fue asesinado. Sin embargo, el ministro de Cultura español dijo en el Ateneo que a Miguel Hernández lo asesinaron.

Afirmaciones públicas y falaces, impropias de un ministro de una democracia, como la comparación traidora a su propio país, a la historia de España, asemejando el salvaje colonialismo belga con la Hispanidad, atentando contra los hechos contrastados, manipulando la realidad y poniéndose del lado de quienes difunden la leyenda negra española, llamando a pedir perdón a México por la Conquista como exigió el Gobierno de López Obrador y exige el Gobierno de Sheinbaum.

Es la alineación con el sectarismo del que es parte y ser en estas y otras cuestiones de similar calado o menor, pero de igual importancia o significado. Entre ellas el nada cultural y sí ideológico Plan de Derechos Culturales, con la Ley de Memoria Democrática en primer plano, el revisionismo constante, la descolonización de los museos basada en premisas falsas, en la falsa colonización.

En la mezcla persistente de la cultura y la ideología, como invitar a la retirada de España de Eurovisión si Israel participa; en la misión de ilegalizar la Fundación Franco, mientras permanecen fundaciones con otros nombres polémicos a las que no se refiere; en su apuesta por las lenguas minoritarias, sobre todo el catalán, en perjuicio del español, o en su inolvidable y salvaje negativa a condenar en el Parlamento Europeo los atentados de Hamás en Israel: el peor ministro de Cultura de la historia de la democracia.

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