El ministro de Cultura, Ernest Urtasun
El sectarismo de Urtasun mostrado en cinco diferencias con el primer ministro de Cultura de la democracia
Pío Cabanillas fue antes ministro de Información y Turismo con Franco, quien le destituyó por aperturista
El primer ministro de Cultura de la democracia española fue Pío Cabanillas. Había sido ministro con Franco, quien dicen que le destituyó personalmente por impulsar la proyección de la película Mi prima Angélica de Carlos Saura, con José Luis López Vázquez como protagonista. Ese aperturismo le apartó de Franco y le acercó al Gobierno posterior de Adolfo Suárez, quien deconstruyó la estructura del régimen durante la Transición.
En una entrevista en 1977, recién nombrado ministro de Cultura (y Bienestar), le preguntaron cuál iba a ser su «plan de actuación», del que él mismo había adelantado que sería «imaginativo». No era mala palabra tratándose de Cultura en un jurista de formación. Dijo que el nuevo ministerio debía ser sometido a «tres instancias previas»:
«La primera se refiere a que lo conozcan algunas personas cualificadas y me den su opinión. Hay mucha gente que sabe de esto más que yo, que conoce la realidad cultural española y me parece bueno que me aconsejen...». Una lección de democracia y del tan violentado «diálogo» sobre todo en comparación con Urtasun, para quien «la realidad cultural española» es solo la suya donde no cabe, por ejemplo, la tauromaquia.
«Después pienso solicitar la opinión de mi propio partido y de los diputados y senadores de UCD. Por último, resulta conveniente conocer las orientaciones de otros grupos políticos, porque no olvide que gran parte de las medidas que tendré que sugerir se debatirán en el Parlamento...». No se conoce interés del titular actual por «conocer las orientaciones de otros grupos políticos», sino más bien de negarlas para imponer una única visión «cultural».
Proseguía Cabanillas: «... Hay que constatar que este país ha cambiado, y ha cambiado mucho. Crear, opinar, dudar, equivocarse, indagar, conocer y debatir ya no son entendidos en cierto sentido como actos sospechosos, sino como obligaciones primarias del español de hoy. Todos estamos de acuerdo en que el Estado no debe imponer la cultura por decreto, sino fomentarla, defenderla y difundirla...». Para Urtasun este país ha cambiado, como para Cabanillas, pero «crear, opinar, dudar, equivocarse, indagar, conocer y debatir» contrariamente a sus postulados ideológicos hoy sí son considerados «actos sospechosos», al contrario, como al contrario tampoco está de acuerdo «en que el Estado no debe imponer la cultura por decreto, sino fomentarla, defenderla y difundirla...». A hechos como la descolonización de los museos o la ideologización de los premios culturales hay que remitirse.
«El Estado», decía Cabanillas, «... desarrolla una actividad cultural clara, inspirada en el propósito de hacer llegar al mayor número posible de personas las creaciones del pasado y del presente, sin intentar imponer ni una estética ni una ideología». Cualquiera diría que Urtasun ha tomado estas declaraciones de principios de su lejano antecesor como manual para hacer todo lo sectariamente contrario. Toda una involución democrática palmaria desde la conciencia cultural pública liberal de Cabanillas.
El primer ministro de Cultura de la democracia entendía por cultura «el conjunto de unos recursos potenciales o acumulados, tanto materiales como inmateriales que el pueblo, hereda, emplea, transmuta, incrementa y transmite. (...) Pues bien, ante el hecho cultural, al Estado le corresponden dos acciones fundamentales que yo llamo las dos D.D.: Defensa y Difusión». Urtasun solo difunde y defiende «lo suyo», que en buena medida se incluye dentro de los preceptos sectarios de la Ley de Memoria Democrática.
La Ley que va expresamente en contra de otras dos intenciones principiantes y principales de Cabanillas: «El Estado debe fomentar la creación artística en todas sus manifestaciones», lo que se destruye, por ejemplo, con la obsesión antitaurina de Urtasun, y «conservar el patrimonio cultural existente», conservación que funciona, en el caso del actual ministro de Cultura, como casi todo, por ideología o, lo que es lo mismo, valga la consonancia, por el sectarismo mostrado aquí casi como en la Lección de anatomía de Rembrandt.