'Sobremesa en el jardín de la Academia'. Obra de Manuel Benedito Vives
La sobremesa, ese tiempo mágico
La sobremesa es una genuina institución cultural. En ella se han cerrado amistades, se han discutido ideas y hasta se han tomado decisiones históricas
La sobremesa, ese tiempo casi mágico tras la comida en el que la conversación se afloja y el espíritu se ensancha, ha sido durante siglos una de las expresiones más delicadas de la civilización. No es simplemente un añadido a la mesa, sino su culminación. El momento en que la comida se convierte en pura convivencia, reflexión y placer compartido.
La sobremesa es una genuina institución cultural. En ella se han cerrado amistades, se han discutido ideas y hasta se han tomado decisiones históricas. Aunque a menudo se la asocie con la distensión, su importancia es profunda. Pertenece al ámbito de lo humano, donde el ocio, la palabra y el gusto encuentran su equilibrio. La gastronomía no termina con el último plato, sino con ese pequeño rito posterior en el que los sabores se prolongan y las palabras se vuelven más libres.
Entre los protagonistas indiscutibles de este momento se encuentra el café. Ninguna bebida se ha impuesto con tanta naturalidad en la sobremesa moderna. Su presencia, discreta pero decisiva, transforma el final de la comida en una experiencia sensorial y social. El café despierta los sentidos y alarga el diálogo, convirtiéndose en el acompañante perfecto de la conversación pausada.
‘En la mesa de té', obra de Konstantín Korovin
Preparar café, ya sea en la entrañable cafetera italiana o con las modernas e individualistas cápsulas monodosis, servirlo y beberlo, constituye un pequeño rito que invita a permanecer en la mesa. El café no ocupa el centro de la escena, pero actúa como un discreto catalizador de la convivencia. Hay en ese gesto algo profundamente humano. Compartir un café significa compartir tiempo. Y el tiempo, en una sociedad acelerada, es quizá el bien más valioso que podemos ofrecer a los demás. La sobremesa con café se convierte así en un pequeño acto de resistencia frente a la prisa, una afirmación de que la convivencia merece su espacio.
En sus orígenes, más que una bebida sofisticada, fue una infusión rudimentaria preparada con la pulpa de la baya del cafeto. Con el tiempo, la técnica se perfeccionó. Los granos comenzaron a tostarse, molerse y hervirse en agua hasta obtener la bebida oscura y aromática que hoy conocemos. La historia del café es relativamente reciente. Procedente de las altiplanicies de Etiopía y difundido más tarde en Arabia, comenzó a conocerse en Europa a partir del siglo XVI.
Las primeras referencias médicas al café aparecen en el mundo persa. El médico Rhazes, en el siglo X, dejó una de las primeras menciones conocidas de esta bebida y, un siglo después, Avicena describía el fruto del cafeto. Desde el mundo islámico, el café se difundió hacia las grandes ciudades del Mediterráneo gracias a las rutas comerciales y las peregrinaciones.
Su llegada a Europa supuso el inicio de una auténtica revolución social. A mediados del siglo XVII comenzaron a abrirse los primeros establecimientos dedicados a servir café. La Serenissima Venecia fue pionera y, pronto, siguieron Londres, Marsella, Ámsterdam, París o Viena. Aquellos cafés se convirtieron rápidamente en centros de conversación, intercambio intelectual y vida social. En torno a una taza de café se reunían comerciantes, viajeros, escritores y pensadores. Esa bebida favorecía tal ambiente. Estimulaba la mente sin entorpecerla, despertaba los sentidos y prolongaba la lucidez. El café, en cierto modo, invitaba a la palabra.
'El interior de la cafetería', obra de Manet
Muchos intelectuales se convirtieron en auténticos entusiastas de esta bebida. El escritor francés Honoré de Balzac bebía decenas de tazas de café al día, mientras escribía, convencido de que estimulaban su creatividad. También Napoleón Bonaparte era conocido por su afición a esta bebida, al igual que el filósofo Immanuel Kant, cuya vida metódica incluía rituales muy precisos en torno al café. Otros pensadores ilustrados como Voltaire lo consumían igualmente con entusiasmo.
A partir del siglo XVIII, el café dejó de ser un exotismo para convertirse en una presencia habitual en la sociedad europea. Se consolidó como una bebida asociada a la conversación y al intercambio de ideas. En las cafeterías nacieron tertulias literarias y discusiones políticas que marcaron la vida cultural de su tiempo. En el ámbito doméstico, el café encontró su lugar natural como colofón de las comidas. Servido en pequeñas tazas, era la señal de que comenzaba la sobremesa. La comida había terminado, pero el encuentro continuaba.
Con el paso de los siglos, el cultivo del café se extendió por América y otras regiones tropicales, lo que permitió que su consumo se popularizara enormemente. En España, donde la sociabilidad cotidiana tiene un peso especial, el café quedó íntimamente ligado a la idea de encuentro. La sobremesa formaba y sigue formando parte de nuestro modo de vivir y de relacionarnos. Su presencia tiene algo de simbólico. La taza humeante prolonga el tiempo compartido.
Aunque no siempre es posible dedicar largos ratos a la sobremesa. Las jornadas laborales y el ritmo cotidiano hacen que muchas veces el café se tome deprisa, casi como un trámite. Pero, incluso, en esas circunstancias permanece el deseo de recuperar ese momento de encuentro. Quizá, por eso, en los últimos años, ha cobrado fuerza una costumbre que, de algún modo, cumple una función similar: el llamado «tardeo». Cuando la sobremesa no cabe en la agenda diaria, los españoles buscan otro momento para reunirse y conversar alrededor de una bebida. El espíritu es el mismo. Si bien, en el tardeo, el café es reemplazado por bebidas alcohólicas, que son, por cierto, como el café, protagonistas también históricas de la sobremesa; pero de ellas hablaremos en otra ocasión.
Al fin y al cabo, lo que está en juego no es solo una taza de café, sino una forma de relacionarnos. La sobremesa sigue recordándonos que la verdadera riqueza de la mesa no está únicamente en lo que se come, sino, principalmente, en la compañía con la que elegimos disfrutar el tiempo que se nos ha dado.
- María Achón y Tuñón es profesora Titular de Nutrición y Bromatología en la Facultad de Farmacia de la Universidad San Pablo CEU.