Es difícil igualar la gracia de esta obra universal de un genio universal. Murillo pintó en 1670 esta delicia que es mucho más que una fotografía española de hace tres siglos y medio. La vida en plenitud, la cotidianeidad. La niña, la joven que sonríe al mundo desde la oscuridad con su vestido precioso, mientras su ama también quiere sonreírle, recatada, vergonzosa, cohibida y oculta, pero también asomada e inevitablemente curiosa.