¡A Hollywood!
La aventura de los escritores españoles que desembarcaron en la meca del cine y trajeron de vuelta humor, modernidad y una nueva mirada para el teatro y la pantalla
El actor y director Charles Chaplin, junto al cineasta Edgar Neville
Hace años, localicé en un anticuario de Buenos Aires, en el barrio de la Boca, el de Caminito, las chapas pintadas de vivos colores y la pasión futbolística, una partitura de la Unión Musical Española, del año 1932. En la cubierta, se ven las fotografías, en tono azulado, de cuatro señoritas, que sonríen con picardía y enseñan sus hombros desnudos. El título de la composición, entre dos exclamaciones, es éste: ¡¡A Hollywood!!
En la línea siguiente, el género musical: «Schottish» (sic). Es decir, el popular chotis madrileño, de acuerdo con su origen. (Aviso para nacionalistas: la seña de identidad del casticismo madrileño tiene su origen en una danza escocesa).
Más abajo, se leen los nombres de los autores: la letra es de Edgar Nevile (sic); la música, de Luis Patiño: un músico de Barcelona, que, en los años veinte y treinta, compuso muchas canciones populares y música para películas. Edgar Neville (1899-1967), por supuesto, es una de las grandes figuras de la Generación del 27, autor de obras maestras como la comedia El baile y las películas Mi calle y Duende y misterio del flamenco. (Le dedicaré un capítulo aparte).
Se trata de una canción escrita para la película Yo quiero que me lleven a Hollywood. Neville la rodó en Madrid, en 1931, nada más regresar de la Meca del Cine. No he encontrado ninguna referencia sobre ella. De la partitura, he sacado esta letra:
Pretendo en la pantalla destacar.
Deseo un Gari (sic) Cooper que me bese
y que me paguen en dollars (sic).
Yo quiero pasearme en Cadillac.
Me encanta divorciarme cada mes,
Quiero en las cajas de cerillas salir también,
salir también.
Yo sirvo pa el cine,
yo sirvo también
y yo también sirvo
porque estoy fetén.
Yo tengo unas piernas,
yo tengo un perfil
y yo tengo cosas
de línea y de aquí.
Porque la Garbo
ni la Bertini
tienen el garbo
de servidora
y, cuando filmo,
me tambaleo
y adopto poses
de gran señora
y estos lunares
y estas hechuras
que no las tiene ni el mismito Chevalier
Mucha gente coleccionaba entonces las cajas de cerillas con imágenes de estrellas del cine, del deporte o de los toros (las llamadas fototipias).
Greta Garbo era el ídolo de los escritores del 27: escribieron sobre ella César Arconada, Francisco Ayala, Benjamín Jarnés, Jardiel Poncela…
Francesca Bertini, la apasionada diva italiana, triunfó en el cine mudo y en el sonoro.
El chansonnier Maurice Chevalier era ya tan popular en España que Chaves Nogales proyectó escribir su biografía, después de la de Juan Belmonte.
Greta Garbo y Charles Boyer en una foto publicitaria de la película en la revista Modern Screen
Edgar Neville era ya amigo de los poetas malagueños del 27 cuando fue nombrado secretario de Embajada en Washington. Su curiosidad por el cine le llevó a viajar a Los Angeles, conoció a Chaplin, Mary Pickford y Douglas Fairbanks. En 1930, la Metro Goldwyn Mayer lo contrató como guionista y director. Logró que llamaran también a varios escritores españoles, amigos suyos: José López Rubio, Jardiel Poncela, Tono, Eduardo Ugarte, Miguel Mihura…
Intentaron llevar también a Hollywood a algunos autores de teatro ya consagrados, como los Quintero, Benavente y Arniches, pero no quisieron ir. Arniches contestó que no iba a los Estados Unidos «porque allí no había agua de Solares. En vista de lo cual – continúa López Rubio – acudieron a nosotros, los más jóvenes». (Dan amplia información sobre el tema los libros de Jesús García de Dueñas, ¡Nos vamos a Hollywood!, y Álvaro Armero, Una aventura americana. Españoles en Hollywood).
Coincidieron allí con Gregorio Martínez Sierra. A sus cincuenta años, fue algo así como el patriarca de aquel grupo de jóvenes alocados. Él tenía ya fama por su labor como director de escena: es precioso su libro Un Teatro de Arte en España. 1917-1925. Entre otras muchas cosas, había estrenado en el Teatro Eslava, en 1920, sin ningún éxito, la primera obra teatral de García Lorca, El maleficio de la mariposa.
Imagen de archivo del escritor Federico García Lorca
Además, Martínez Sierra había triunfado como escritor dramático en Londres y en Nueva York con su obra Canción de cuna. La llevó el cine, antes que José Luis Garci, el gran director Mitchell Leisen, discípulo de Lubitsch. (Luego hemos sabido que las obras firmadas por Martínez Sierra las había escrito en realidad su mujer, María Lejárraga, de la que se separó para unirse a su primera actriz, Catalina Bárcena).
Trabajaban entonces en Hollywood excelentes actores y actrices españoles, como Ernesto Vilches, Rafael Rivelles, María Fernanda Ladrón de Guevara, Manuel Arbó, Julio Peña, José Crespo, Juan de Landa y Carlos Villarías (el conde Drácula hispano); también, directores como Luis Buñuel y Benito Perojo.
Era considerada allí una gran estrella la bellísima madrileña Rosita Díaz Gimeno: ya había triunfado en Francia y estaba casada con el doctor Juan Negrín, hijo del político del mismo nombre. Una vez, posó para un fotógrafo, caracterizada como la Dama de Elche, con los dos grandes rodetes laterales..
También deslumbró a los norteamericanos la donostiarra Conchita Montenegro. Cecil Beaton, el gran fotógrafo británico, que luego ganaría tres Óscars, por su labor en My fair lady y en Gigi, la retrató de perfil, en una pose fascinante, muy cercana a la de Greta Garbo.
No muchos recuerdan hoy al balear Fortunio Bonanova (su nombre real era José Luis Moll Esteve) pero lo dirigieron nada menos que Orson Welles, en Ciudadano Kane, y Billy Wilder, en Cinco tumbas al Cairo, en el papel cómico de un militar fascista italiano.
A la bellísima actriz María Alba la definió Edgar Neville: «Es un junco y una llama. Es lo más guapo y delicioso que ha producido Barcelona… y Granada. Habla un inglés delicioso, con acento catalán; era un acento imprevisto y desconocido aquí». Cuentan que deslumbró tanto a Chaplin que, para conquistarla, representó, para ella sola, el baile de los panecillos, de La quimera del oro.
María Alba
En una escena de Luces de la ciudad, aparecen, caminando por una calle, Ugarte, Neville y López Rubio. Lo explica así este último:
«Le dije a Chaplin que quería un rincón de inmortalidad: aparecer en una película suya, aunque fuera de extra, era como estar en La ronda de noche, de Rembrandt».
Repaso ahora fotografías de los cineastas españoles con sus amigos de Hollywood: Rodolfo Valentino, Greta Garbo, Charles Chaplin, Stan Laurel y Oliver Hardy («el gordo y el flaco» genuinos), Buster Keaton, Leslie Howard, Gilbert Roland, Pola Negri, Tino Rossi, Charles Boyer, Noel Coward, Lionel Barrymore, Norma Shearer, Clark Gable…
¿Qué sensación les causó Hollywood a aquellos jóvenes españoles? No demasiado buena. Les impresionó que todo el mundo tenía automóvil, que nadie caminaba por las calles. Resume, con su habitual ingenio, Jardiel Poncela:
«Hollywood es una ciudad con una rubia para cada habitante; un automóvil para cada seis habitantes y una playa para cada mil habitantes (…) En las playas de Hollywood, sólo hay dos ocupaciones, a elegir: o tumbarse en la arena a contemplar las estrellas, o tumbarse en las ‘estrellas’ a contemplar la arena (…) Hollywood es una especie de San Sebastián, visto con un cristal de aumento y sin lluvia y con palmeras».
Casi todos aquellos españoles fueron allí sin saber inglés y varios, se negaron a aprenderlo. Cuando iban al cine, Julio Peña, que sí dominaba el idioma, tenía que traducirles en voz alta los diálogos a Catalina Bárcena y a Gregorio Martínez Sierra, entre las protestas del público americano.
Cuentan que Jardiel sólo sabía pedir, en inglés, ham and eggs (huevos con jamón) y eso es lo que habitualmente comía. Otros calmaban su nostalgia con comidas vagamente hispanas: meat balls (una especia de albóndigas) y spanish national soup (una especie de cocido).
Se hicieron amigos de los dueños de un restaurante italiano y lograron que, a pesar de la Ley Seca, les sirvieran vino blanco, en una tetera: cada uno de ellos tenía la suya, con su nombre, y una taza propia.
En aquel Hollywood, eran habituales las excentricidades . Los cineastas españoles lo aprovecharon bien. Jardiel Poncela se compró un coche de bomberos para pasear, tocando la campana: era su ilusión, desde niño. Se hizo construir en los estudios un café madrileño de mentira, con su velador y sus botellas de agua, porque decía que sólo podía escribir en los cafés.
Sentía Jardiel antipatía por Gary Copper porque, como era más alto y más guapo que él, le quitaba los ligues. Les pedía a los galanes Julio Peña y José Nieto que abordasen a las señoritas altas y rubias y se las ligaran para él…
Cuentan algunos de ellos que lo primero que vieron, al llegar a Hollywood, fue el culo de Chaplin, que se tiraba a la piscina desnudo, en una fiesta.
Charles Chaplin, en una imagen de archivo
En el grupo de amigos, destacó por su escasa laboriosidad el bondadosísimo Tono: se compró varios coches y varios perros; se hizo amigo de los reyes de la risa de Hollywood, se dedicó a comer bien… El único trabajo que le atribuyen fue inventarse algunos chistes y frases ingeniosas.
Por ejemplo, en La fruta amarga, una historia lacrimógena, a Tono se debe la frase que le dice Juan de Landa a Virginia Fábregas, en una escena en la que ésta se va, llevándose una caja de botellas de vino: «Vete ondulando el sacacorchos». (Parece una greguería de Ramón o una metáfora surrealista).
En una reunión, Tono se hizo amigo de Einstein, estuvo charlando un rato con él. Cuando le preguntaron de qué habían podido hablar, sin que él conociera la lengua inglesa, contestó: «Nada, yo le he dicho que todo es relativo y se ha quedado tan tranquilo».
Una de las historias más asombrosas -real, no inventada- es la de la película Angelina o el honor de un brigadier. Se rodó en español, en verso, con ripios y canciones de Jardiel, gracias a que él convenció a los productores de que, en prosa, perdía toda la gracia…
Recuerda el actor José Crespo:
«Fue divertidísimo. Fue la primera vez que se hacía una película en verso y, en el rodaje, apenas se podían leer los papeles porque te entraba la risa. Al principio, la productora no se atrevía a realizarla, por aquello del diálogo versificado. Con Jardiel, lo pasábamos muy bien».
Como actuaba en la película la condesa Rina de Liguoro, una famosa actriz del cine mudo italiano, Jardiel escribió para ella esta ripiosa quintilla:
para el amor y el deseo.
Nací en Italia, en Sorrento;
vine a España en el momento
en que reinaba Amadeo
Resume aquella aventura americana José López Rubio:
«Se matricularon en aquel espejismo como a una nueva asignatura. Hicieron sus guiones, sus diálogos y sus realizaciones con diversa fortuna, hasta acabar por aburrirse del Cine; afortunadamente, por no haber conseguido en el Cine lo que esperaban o porque lo conseguido no les bastaba».
En Hollywood, este grupo de españoles hicieron películas, escribieron, descubrieron otro mundo, se divirtieron. Al volver a España, algunos – por ejemplo, Neville - siguieron con el cine : habían aprendido allí la técnica, junto a los más grandes. Todos, además, renovaron nuestro teatro.
Y lo más importante: nos enseñaron a ver la realidad de otra forma: trajeron a nuestra severa tierra un nuevo sentido del humor…
A eso dedicaré otro artículo.