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'Los Reyes Católicos administrando justicia', óleo de Víctor Manzano

El Debate de las Ideas

Lectura sobre la España histórica

Desde hace tiempo, el análisis histórico rehúye cualquier forma de esencialismo, considerado un recurso fácil e impropio de una ciencia cuyo refinamiento conceptual y metodológico permite confiar en el desentrañamiento de los fenómenos, por complejos que puedan ser. Pero a la tentación del denostado esencialismo puede haber sucedido la no menor del relativismo, su sustitución por el mero relato subjetivo en el que el establecimiento de la verdad histórica, incluso al nivel de los hechos, no se contempla como corolario de la investigación, ni siquiera como fruto provisional del trabajo del historiador. Sin embargo, conviene recordar con el gran historiador Miguel Ángel Ladero que «la Historia ha de proporcionar un conocimiento de la realidad temporal humana inscrita en el devenir de la sociedad, de manera que sea inteligible y valiosa para los hombres que viven en ella […] Es un conocimiento […] dotado de los medios precisos para la búsqueda de la verdad y capaces, a la vez, de detectar y evitar el error o la falsedad».

La tentación actual de sucumbir sin pudor alguno al relato subjetivo y a la pasión ideológica se hace patente en aquellos temas en los que la labor del historiador se inserta en debates muy vivos de corte político o cultural. Uno de ellos tiene a la nación como inagotable objeto de estudio y controversia. La nación, o más bien las naciones, y su aparición en la historia, tanto como asunto general de extraordinaria importancia, primero en Occidente, luego en el resto del mundo, como en lo que concierne a cada una de esas complejas y singulares creaciones. Es natural que en cada país el conocimiento y el debate sobre las circunstancias y condiciones que hicieron posible el surgimiento de la respectiva nación sean asuntos de gran interés que escapan del ámbito de los especialistas, llegando a sectores mucho más amplios. Sus consecuencias sobre la propia identidad, la convivencia, la solidaridad y el imaginario colectivo son de un alcance que trasciende con mucho el ámbito del mero conocimiento histórico, aunque necesite perentoriamente apoyarse en él. Pero quizá sea España la nación de entre las europeas en la que ese debate, ininterrumpido durante siglos, ha adquirido una mayor virulencia y acritud. Y es que, siguiendo de nuevo a Ladero, en España «la cuestión sobre el ser y la historia propios ha dado lugar a muchos escritos ya desde la Edad Media […], de manera que también podríamos considerarlo como un modo específico del vivir común, a veces morboso, sobre el que han opinado buen número de filósofos, filólogos, ensayistas, políticos, sociólogos, formadores de opinión pública, cronistas de antaño e historiadores actuales, estos últimos casi siempre especialistas en los siglos XIX y XX, por lo que cualquier reflexión actual sobre las realidades del pasado hispánico lo es también sobre las interpretaciones anteriores […] y sobre la validez o certeza de sus resultados».

En estos debates es muy importante tener en cuenta el significado, más complejo de lo que se suele creer, de tres conceptos de uso común: patria, nación y estado. El de nación, que ahora nos interesa, es una realidad histórica que, en Europa, hunde sus raíces en tiempos medievales, cuando las naciones aún embrionarias se identifican con territorios estables y se convierten en el fundamento de estados mediante la lenta elaboración de la res publica, de lo que se consideraba común o público. Estados que, a su vez, remodelan y conforman la nación en sus contornos culturales, sociales y territoriales, haciéndolos a menudo más excluyentes.

Estas reflexiones y conceptos ocupan las primeras páginas de Nuevas lecturas sobre la España histórica (Dykinson, 2026) del ya mencionado académico y medievalista Miguel Ángel Ladero Quesada, un conjunto de estudios que abordan de forma armónica tres cuestiones fuertemente ligadas: la formación de España en la Edad Media, su constitución social y política al comienzo de los tiempos modernos y la conciencia de España desde los siglos medievales hasta nuestros días. Ya en 1998 el profesor Ladero había dado a la imprenta unas primeras Lecturas sobre la España histórica, de las que el libro ahora aparecido constituye una versión actualizada y muy ampliada. No haremos un recorrido pormenorizado por los ocho enjundiosos estudios que lo componen, pero sí conviene señalar las cuatro partes que es posible distinguir en la obra.

La primera está dedicada a presentar la realidad de España en los siglos medievales, resaltando su condición de frontera entre dos civilizaciones y, por tanto, su doble relación, con al-Ándalus por una parte, con la cristiandad latina por otra. Esta visión de la España medieval culmina y, en buena medida, concluye, en esta obra del profesor Ladero, con el proyecto político de los Reyes Católicos, verdaderos forjadores del primer Estado español moderno, la Monarquía Hispánica. Es importante subrayar que el autor no elude los más encendidos y espinosos debates actuales sobre la identidad medieval española, como se comprueba en el apéndice En torno al concepto de «reconquista», que cierra el recorrido previo al reinado de los Reyes Católicos. Y aunque, con modestia característica, el profesor Ladero afirme que no pretende elaborar interpretaciones totales o cerradas, es de ley que en este controvertido tema su autorizada opinión sea tenida muy en cuenta: «En conclusión, la palabra reconquista no es de origen medieval, pero la idea que expresa existía ya a mediados del siglo XI, cuando comenzó la gran época de presión guerrera sobre al-Ándalus. Fue un componente fundamental de la conciencia histórica común que acompañó a la misma formación de los reinos y sociedades hispano-cristianas mediante la conquista y colonización de tierras, y proporcionó una justificación entonces indiscutida. Hoy se sabe mucho más sobre la complejidad de las causas que desencadenaron y sostuvieron aquel proceso histórico, pero esto no debe llevar a ignorar o negar la importancia que la idea de restauración-recuperación tuvo en la acción política y bélica de los reinos medievales de España».

La que nos parece segunda parte fundamental de la obra se refiere a la España que hizo posible el Descubrimiento y a los cambios que en la percepción de los españoles de entonces provocó la aparición, al otro lado del océano, de todo un continente. Son páginas de extraordinario interés por la amplitud de los conocimientos que las sustentan. Es verdaderamente sorprendente la rapidez con que los intelectuales de aquel tiempo fueron capaces de comunicar y describir las asombrosas nuevas realidades que aparecían cada día e incorporarlas a la cosmovisión propia.

Un tercer aspecto de enorme importancia historiográfica y para el conocimiento de la formación de la conciencia española, tan traumatizada hasta hoy por su prevalencia en la visión colectiva de la nación, es el surgimiento de la idea y el sentimiento de «decadencia» ya desde el siglo XVII, un factor que no puede ignorarse en las agrias disputas sobre la identidad española que nos han caracterizado hasta hoy. En ella cabe encontrar el origen de la desafección que muchos españoles sienten hacia su patria, y ello a pesar de que pocas naciones pueden mostrar una tal ejecutoria en cuanto a huella histórica, creatividad cultural o capacidad civilizadora.

El cuarto y último gran asunto de estas Nuevas Lecturas atiende a la evolución de las ciencias históricas en España, tan influyentes en la formación de la conciencia española. Presta el autor especial atención al periodo entre 1900 y 1936, y a tres historiadores de impronta liberal que ejercieron una muy poderosa influencia a lo largo del siglo XX: Rafael Altamira, Ramón Menéndez Pidal y Claudio Sánchez-Albornoz.

Los procesos de formación de la realidad y de la conciencia nacionales nunca pueden darse por concluidos; la nación española actual no es la de hace seiscientos o trescientos años como no será la de dentro de unos siglos. A menudo, quienes más reprochan la vieja noción esencialista son los que niegan la realidad de la nación en otros tiempos porque no se ajusta a los requerimientos políticos que solo los últimos siglos han contemplado, comenzando por la noción de soberanía, sin reparar en que en el futuro podría negarse la nación española actual por no cumplir con requisitos hoy inimaginables. En ese sentido, la reflexión de Miguel Ángel Ladero nos parece especialmente lúcida: «La realidad actual de la nación se fundamenta en una dinámica temporal que combina permanencia y cambio, tradición e innovación; en la continuidad y, a la vez, en la diferencia con respecto a su pasado; en la combinación estable de los elementos de origen diverso que integran su ser histórico. Construida por generaciones de seres humanos a lo largo de los siglos, convivimos hoy en nuestra nación, vinculados a su pasado, e imaginamos dejar alguna memoria de nuestra vida breve en su permanencia futura».

Estas Nuevas lecturas sobre la España histórica albergan una convincente visión del proceso de formación de la nación española en sus tiempos primeros y decisivos. Una visión fundada sobre los enormes saberes de quien es justamente considerado uno de los más grandes historiadores españoles del último siglo.