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Imagen de archivo de una familiaGetty Images

El Debate de las Ideas

El porvenir de la familia

Se habla con total desenvoltura de la historia de la familia y se trata de anticipar su porvenir a la luz de un proceso histórico que parece seguir una trayectoria constante. Quisiera abrir esta rápida nota señalando que la «historia de la familia» esconde una dificultad singular que se revela cuando reparamos en su condición fundacional y constituyente de la historia misma. Acaso no sea simple casualidad que los discursos sobre el final de la historia florezcan en el mismo momento en que se habla del ocaso de la familia.

Llamamos familia a la unidad de parentesco sobre la que se articularon íntegramente sociedades que, en otro tiempo, se llamaban frías o sin historia. Sociedades cuyo ritmo de transformación resultaba tan lento que era apenas visible, de modo que parecían estáticas. La armonía del orden que las conformaba no había requerido objetivar un centro de poder sobrepuesto al mismo orden del parentesco y que sirviera de principio de gobierno. Se hablaba, por lo mismo, de sociedades sin estado, tomando el término estado en un sentido amplio.

La antropología es la disciplina que atiende ese orden que no solo es anterior a la historia en el tiempo, sino que también parece ser condición de la historia misma hasta el punto de que la historia parece concluir cuando desaparece el orden del parentesco. La antropología atiende no solo a sociedades que podemos llamar —con un lenguaje de otro tiempo— primitivas, sino a lo que de primitivo hay también en la vida de toda sociedad… hasta el presente. De ahí que los temas, digamos, preferentes de la antropología hayan sido la nutrición y la reproducción, comida y parentesco, que son exigencias basales de toda sociedad humana. Nutrición y reproducción constituyen dos etogramas básicos que nos ponen en continuidad con la existencia animal; sin embargo, el modo singular en que las sociedades humanas satisfacen esas necesidades nos distancia de la zoología. De ahí que prefiramos utilizar un latín reverente para referirnos a tales exigencias basales y hablemos de convivium y connubium.

Entre la biología y la historia se abre así el espacio de la antropología: el espacio constituyente de la condición humana en cuyo seno se alberga el secreto a voces del parentesco, elemento constitutivo del campo antropológico que, enraizado en una biología transfigurada, anida en el curso histórico hasta el presente.

El eco de ese anidamiento de la vida antropológica —cíclica o recurrente— obligada a buscar el pan de cada día y a garantizar la reiteración de las generaciones puede escucharse en los nombres que nos sirven para computar el tiempo: annus alude al carácter anular o cíclico del tiempo antropológico, saeculum de sequor —seguir— alude a la sucesión irreversible del tiempo histórico.

Es evidente que el anidamiento de la vida cíclica o antropológica en el curso continuo de la historia no impide su variación. El ritmo de cambio antropológico siempre ha sido, sin embargo, más lento y relativamente independiente del ritmo de cambio histórico. Sólo lentamente se conmueven las costumbres ancestrales que rigen la formación de la familia, la transmisión del patrimonio, los gestos rituales de veneración... Las grandes suspensiones epocales del continuo histórico salvaguardan siempre la continuidad antropológica y sólo las transformaciones inaugurales de una nueva era alcanzan a esa dimensión constituyente. Al comienzo de la era se levantan discursos del hombre nuevo.

La satisfacción de las necesidades de alimentación y reproducción —convivium y connubium— se realiza en los grupos humanos mediante el uso y producción de bienes u objetos culturales que nos gusta llamar enseres. Los enseres humanos manifiestan la trascendencia de la actividad que se realiza por su mediación, lo que aleja formalmente estos objetos culturales de los útiles zoológicos. Merced a una compleja arquitectura de enseres los seres humanos cooperan y se comunican en un espacio y un tiempo cuya condición histórica no podemos precisar en el breve espacio de estas notas.

Me limitaré a decir que la acción humana —sostenida por esa arquitectura de enseres— tiene una condición abierta a la acción de otros actualmente ausentes, pero cuya expectativa da sentido, orienta o culmina la propia actividad. El parentesco es la forma plena de esa constitución histórica del espacio y el tiempo abiertos a terceros, cuya presencia eventual alienta nuestra acción, comprometiéndola con la esperanza de un porvenir que no contemplaremos. El parentesco es el fundamento de lo que Ortega llama el primer derecho humano: el derecho a la continuidad y es Fabrice Hadjadj quien resume: «La familia es el cimiento carnal de la apertura a la trascendencia».

Sabemos que los asentamientos humanos más primitivos se organizaron sobre la base del parentesco y que las viejas ciudades antiguas fueron ciudades étnicas. La integración en la ciudad de nuevos contingentes de población antes que política era entonces antropológica. Por eso las luchas sociales de la antigüedad no perdieron nunca del todo su valor étnico, latente en la oposición entre patricios y plebeyos: la pertenencia a la ciudad pasaba por el parentesco. Basta esta alusión para comprender el profundo escándalo que pudo suponer una religión que proclama un parentesco universal fundado en una filiación trascendente.

Así pues, con la crítica a la familia está hoy en juego nuestra misma constitución antropológica. Desde el mismo momento en que se dispara sobre la familia, se multiplican los discursos que anuncian el final de la historia y el advenimiento de la nueva era.

El programa de superación del hombre, tal como lo hemos conocido, está lejos de ser reciente. En realidad, es el programa fundamental de la modernidad triunfante que puede formularse como sigue: superación de la dimensión antropológica de la vida humana en nombre de su nueva constitución técnica (racional), lo que supondría el final de la historia y el paso a un nuevo orden temporal que instituirá una secularidad perfecta, capaz de reducir al extremo la dimensión circular o estacional (anular) de la vida antropológica.

Si no alcanzara el nervio antropológico de las sociedades humanas, ese programa revolucionario carecería de radicalidad. La revolución verdaderamente revolucionaria «deberá lograrse —escribía Aldous Huxley en 1946— no en el mundo externo, sino en las almas y en la carne de los seres humanos». Si no posee calado antropológico, la revolución es insuficiente, de modo que la revolución auténticamente revolucionaria —cuyo apóstol fue Sade— habría de ser «más allá de la mera política y de la economía, la revolución de los hombres, las mujeres y los niños individuales, cuyos cuerpos debían en adelante ser propiedad sexual común de todos y cuyas mentes debían ser lavadas de todo pudor natural, de todas las inhibiciones laboriosamente adquiridas de la civilización tradicional» . Año primero de la nueva era, advenimiento del superhombre, comienzo de la absoluta actualidad.

La unidad familiar en cuanto elemento del parentesco, inscrito otrora en el amplio tejido comunitario, es hoy objeto de un ataque final que amenaza a la familia por su condición de último reducto de la vieja comunidad universal. La victoria sobre la familia, que exige el desarrollo de técnicas que suspendan nuestra biología reproductiva, significará la culminación de un largo proceso de laminación de todas las estructuras comunitarias o cuerpos intermedios que pudieran ofrecer resistencia a la acción técnica del Estado y/o el mercado. Hace siglos que se vino abajo el recio entramado de cuerpos intermedios: comunas, gremios, señoríos, corporaciones… a favor de la nueva estructura bipolar del poder: Estado – individuo. Nada sobre el estado y sobre el individuo, nada más que el estado. Ni imperio, ni iglesia, ni derecho, ni costumbre, ni comuna, ni familia… Gilbert K. Chesterton lo expresa, como siempre, del modo más preciso.

«…mientras que el feudalismo recibía la lealtad de las familias, los señores del nuevo Estado servil reciben solo la lealtad de los individuos; es decir, de los hombres aislados, e incluso de los niños abandonados».

La modernización supuso el incremento constante de la potencia política y cívica: por una parte, la exaltación del estado soberano y, por otra parte, del ciudadano como individuo autónomo. El triunfo de ese proceso es prácticamente absoluto y muy pocos admiten hoy que la libre elección individual y la absoluta sumisión política, lejos de oponerse, se refuerzan mutuamente.

Los seres humanos, según la concepción dominante, son incapaces de vivir juntos porque no son naturalmente políticos. Solo la potencia configuradora (técnica) del soberano les permite desarrollar vínculos serenos y estables; solo la fuerza del Estado o el mercado alimenta su cohesión. Por sí mismos no podrían vivir juntos, dado que no hay espacio comunitario alguno sin la voluntad ejecutiva del Estado que decide cada vez más sobre nuestra vida y nuestra muerte.

La familia era, sin embargo, el lugar donde nacían los niños y morían los hombres, donde se representaba el drama común de la vida mortal. Si escribo el verbo en pretérito, es porque estimo que ese lugar está en ruinas y ha perdido su carácter de «unidad y universalidad» tan extraño a las «experiencias fragmentarias de la división del trabajo» .

No obstante, e incluso en su estado de ruina, la familia supone un mentís frontal a las pretensiones técnicas tanto del Estado cuanto de su envés mercantil. La confiada y mutua entrega de una pareja, que fija un compromiso extremo orientado a erigir un hogar, es el más absoluto revés a la falsa omnipotencia del Leviatán. En su fragilidad, ese vínculo confirma nuestra condición radicalmente comunicativa, desmiente la pretendida necesidad de una institución estatal de la vida común y alimenta la fuerza moral de ánimo de los comprometidos por el vínculo fundacional del orden antropológico.

Toda la aparente omnipotencia de la soberanía técnica del Estado moderno se ve amenazada por la potencia finita, pero indudable, de la palabra que se dan mutuamente los comprometidos en la fundación de una familia. Siempre es posible su fracaso, como sucede con todo lo humano, pero no hay gesto más valiente, ni hay valor más valioso que el que se aprestan a defender con la mutua entrega de sus vidas en nombre de terceros cuya existencia misma es el fruto de ese acto.

Veo temblar al Leviatán: «En toda sociedad totalitaria, hay y debe haber un profundo choque entre la sociedad y la familia, simplemente porque el Estado demanda una lealtad absoluta de cada persona, hasta el punto de contemplar a la familia como una importante competidora por esa lealtad […] Para las personas, tanto políticas como no políticas, la familia pasa a ser el último refugio de los valores humanos. De ahí que la defensa de la institución “conservadora» de la familia pase a ser un acto profundamente subversivo bajo el totalitarismo».

Eva Illouz añade a estas palabras de Irving Howe la sospecha de que también la política y la economía de nuestras sociedades democráticas hayan penetrado la familia, «…la sexualidad y el amor que ya no pueden funcionar como 'último refugio de los valores' (humanos). La sexualidad y el amor son ahora el terreno por excelencia para reproducir el capitalismo de consumo, así como para perfeccionar las destrezas de autonomía e independencia que se demandan y se practican en todas partes».

La familia es la célula de la comunidad que sobrevive —mal que bien— a la descomposición del complejo tejido comunitario del pasado. La familia es asimismo el eco del remoto amanecer de la comunidad antropológica. Sobre ese tejido comunitario se extendió la disolvente soberanía del Estado moderno con el objetivo técnico de configurar una nueva sociedad y un hombre nuevo. Entre las fuerzas de la comunidad y las del Estado, la reconciliación no es fácil, si fuera siquiera posible.

Illouz no es la primera en tomar recientemente en serio las críticas feministas y religiosas —según sus propias palabra— de la libertad sexual, tampoco es la primera en sostener que la libertad ha permitido el dominio de nuestra acción con la inestimable ayuda de la industria psicológica que permite gestionar —en sus palabras— las grietas emocionales y psíquicas creadas por lo que llama «el poder tentacular del capitalismo escópico».

Es de agradecer, sin embargo, la nueva conciencia del riesgo que supone la exaltación de la libre elección individual, del peligro totalitario que conlleva el ataque a la familia y la instigación de presuntas «guerras de género», especialmente en nuestras sociedades que se quieren enfáticamente democráticas. Conviene no olvidar, en efecto, la constante posibilidad de una democracia totalitaria y conviene considerar la dimensión espiritual y no meramente psicológica o emocional de la crisis actual.

Repetiré para concluir el magnífico grito de guerra que elevara Gilbert K. Chesterton hace más de un siglo —«si queremos salvar la familia, debemos revolucionar la nación»— y arriesgaré un comentario: no se trata de revolucionar la nación para salvar la familia, sino que salvar la familia es de suyo revolucionar la nación porque hoy la revolución verdaderamente revolucionaria es la contrafigura del oscuro sueño de Sade. Es una revolución que no es política o económica, sino antropológica y profundamente conservadora.

Quiero decir que no hay programa político alguno que oriente nuestros pasos; el único objetivo ha de ser proteger nuestra vida antropológica, comunitaria o estrictamente humana, y esto empieza por formar y defender la propia familia, lo que exige defender la familia del prójimo. Con ello nos opondremos frontalmente al designio que define el Estado moderno en cualquiera de sus formas, sin duda fascista o comunista, pero también liberal. El estado industrial subyace, en efecto, a todas esas formas. Es por lo que me parece tan adecuada la fórmula que enarbolara Roy Campbell: fascidemobolchevismo.

De ahí que cuando alguna persona —generalmente joven— reclama alguna consigna, solo pueda recomendar lo siguiente: ¡casaos y tened hijos! Intentadlo y conoceréis la magnitud de la potencia que se os opone.