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Filosofía para todos
¿Y tú qué harías si tuvieras que vivir esta misma vida una y otra vez?
El concepto de eterno retorno es clave en la filosofía de Nietzsche y plantea uno de los mayores retos existenciales para el hombre
La semana pasada celebramos el Día del Libro y, en el colegio en el que doy clase, el Arzobispal de Madrid, dedicamos la jornada al 50º aniversario de la muerte de Agatha Christie y a la novela policiaca. Así, repasando algunos de los grandes nombres del género, llegamos al irrepetible detective con sotana que ideó Chesterton: el padre Brown. En uno de los relatos que protagoniza, La cabeza de César, el sacerdote deja una de esas frases que elevan el tono literario: «Lo que todos tememos más es un laberinto sin punto central. Por eso el ateísmo es solo una pesadilla».
Sin embargo, esa idea de vacío que describe el autor inglés fue defendida por Friedrich Nietzsche como la gran oportunidad del hombre para derrocar definitivamente a Dios. Pero, para llevar a cabo una obra tan colosal, el ser humano debería ser capaz de enfrentarse a horrores casi inimaginables, incluida la posibilidad de repetir una y otra vez el instante que se está viviendo en ese momento.
En términos filosóficos, se conoce como «eterno retorno» esa idea del tiempo como un círculo en el que todo vuelve a repetirse. Nietzsche asume esta posibilidad al llevar el nihilismo hasta sus últimas consecuencias y eliminar cualquier horizonte sólido en la vida del hombre. En La gaya ciencia, el autor presenta el asunto como lo que es: un grave problema existencial.
En esta obra, el alemán utiliza la imagen de un demonio que se presenta ante nosotros para anunciarnos que «esta vida, tal como la vives ahora y como la has vivido, deberás vivirla una e innumerables veces más; y no habrá nada nuevo en ella, sino que habrá de volver a ti cada dolor y cada placer (...), todo en el mismo orden e idéntica sucesión».
Ante un anuncio de tal magnitud solo caben dos respuestas: la desesperación y el «tirarse al suelo rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que así te hablara»; o responder como lo haría el superhombre nietzscheano: «Tú eres un dios, nunca había oído cosas más divinas». Aceptar y desear ese eterno retorno como una gracia solo es posible desde el vitalismo extremo que defiende el filósofo, abrazando la ausencia de sentido, afirmando la vida radicalmente y jugando con la existencia con la ligereza de un niño.
Ese niño, sin embargo, está mucho más cerca de ser un dios que un inocente infante. En Así habló Zaratustra, Nietzsche retoma el concepto del eterno retorno y nos ofrece una imagen oscura para explicarlo. En esta ocasión, el pensador describe la escena en la que un pastor se retuerce de dolor al tiempo que una serpiente trata de avanzar hacia su interior desde la boca. Ante el horror más nauseabundo, la única solución es la de morder con fiereza al reptil y decapitarlo con los propios dientes.
Cuando finalmente lo hace, el relato señala que aquel pastor rió con «una risa que no era de hombre», puesto que aquel hombre había dejado atrás su condición y se erigía como «un transfigurado, iluminado». De nuevo, la misma idea: solo el superhombre es capaz de asumir y afirmar el peso de un instante «que arrastra tras sí todas las cosas venideras».
Como puede verse, no estamos ante una reflexión sobre el tiempo, sino ante un problema humano. Nietzsche arroja al hombre una pregunta existencial y le advierte del abismo al que se enfrenta. Una provocación que, como el padre Brown supo intuir, tiene mucho de pesadilla.