Joselito a hombros en 1996 y el cartel con su chaquetilla en 2026
¿Qué pasó la tarde gloriosa de Joselito que inspira el cartel de la goyesca del 2 de mayo?
Se cumplen treinta años de la histórica corrida en la que José Miguel Arroyo se encerró con seis toros en Las Ventas. La pintora Paloma Velarde es la autora del cartel que reproduce la chaquetilla verde botella que lució el maestro madrileño
Todo el mundo (taurino e incluso el no tan taurino) estaba nervioso por lo que iba a suceder el 2 de mayo de 1996 durante el encierro de José Miguel Arroyo «Joselito», torero de Madrid, en la goyesca de Las Ventas.
Incluso la mañana del festejo olía a incertidumbre con perspectivas de cielo. Y nunca mejor dicho el cielo, o las nubes y el viento, eran elementos protagonistas, amenazadores, casi mitológicos, como los títulos de crédito de una película que se advierte monumental.
El viento y la lluvia
Era la Goyesca en Madrid. Y era Joselito, que por entonces era el número uno, con permiso de Enrique Ponce. Al valenciano, lo dijo el mismo Joselito, siempre le salían las cosas, y al madrileño unas veces sí y otras no. Eso no le gustaba al genio madrileño.
Pero nadie pensaba en que esa tarde iba a ser de las que no. O sí, pero pesaba el sí como la losa invisible de la afición inquieta por el acontecimiento que ya era, más allá de lo que sucediera. Y todo a pesar del viento y la lluvia, enemigos terribles, sobre todo el primero, y más para la gesta por la que se imploraba silenciosamente.
Puede que resultase ser la fe colectiva la promotora de la obra maestra que sobre el albero venteño terminó dibujándose. Aquella tarde terminaron de formarse muchas aficiones. Fue un antes y un después. Madrid quería y hubo algo en el ambiente, una presencia única que lo enhebró todo como Joselito aquellos quites primorosos.
El capote de forro morado, la arena apelmazada por el agua, pero practicable, el aviso constante de la lluvia, la luz gris en el Madrid mayormente soleado, una especialidad, como si estuviera toreando en París. Y eran seis toros. Y en todos hubo algo, como si no pudiese parar el delirio.
Seis orejas cortó el alumno prodigio de la Escuela de Tauromaquia de Madrid, garboso con la capa, desmayado en la muleta, artista en los remates, valiente en el sitio y en la mirada épica, en los ojos escribientes que transmitían a los tendidos el latido de su corazón.
Despatarrado y a pies juntos. El rumor gozoso del público, la alegría contenida, la emoción sentida, que al primer pase se convertía en bullicio, y al segundo en algarabía y al tercero en éxtasis entre olés y aspavientos. Se removía el coso con las tripas inquietas y abrigadas con la tarde desapacible que el maestro hizo cálida y apoteósica.
Seis estocadas
Un hechizo cayó sobre Las Ventas. Torero, torero, se oía por todas partes todo el tiempo, como las seis estocadas de ley: una lección. Por haber, hubo hasta banderillas negras para un tremendo manso, y miedo y éxtasis para el protagonista y los tendidos enloquecidos. Lo vivido prendió en las almas y duró varios días más de los que ya había durado antes sin haber sucedido. Ya han pasado treinta años y sigue durando y seguirá por los siglos de los siglos.