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César Wonenburger
Historias de la músicaCésar Wonenburger

Doble asesinato en La Fenice

Tras la reciente destitución de Beatrice Venezi, la directora musical del templo veneciano de la ópera, ahora los músicos de su orquesta dicen haber recibido amenazas de muerte

Beatrice Venezi

Beatrice VeneziRedes sociales

El reconocido barítono Giorgio Zancanaro, uno de los últimos bastiones de Verdi entre los cantantes de su cuerda, solía presentarse siempre en el teatro con una pistola. Por lo que pudiera pasar. Quizá algún aficionado de Parma hubiese acudido a una representación de La fuerza del destino con ganas de gresca a cuenta de algún agudo no escrito, que el intérprete hubiera pretendido ahorrarse. Y aunque, ya digo, con este cantante el dios de los italianos podía estar tranquilo (las daba todas), nunca se sabe.

Hombre precavido, no como el entonces crítico musical de La Voz de Galicia, que, hace unos años, bajaba tranquilamente por las escaleras de la antigua sede coruñesa de Concepción Arenal cuando, al alcanzar la calle, se le acercó un espontáneo. «¿Es usted…?» Al oír su nombre, respondió afirmativamente, sin apenas vacilar por más gallego que fuese.

Y allí mismo recibió un derechazo en pleno rostro. No se sabe muy bien si se trató de un lector algo descontento o de un pianista humillado, pero el golpe le dolió lo mismo. Aún no se ha recuperado del todo, o eso parece. Mi amigo Arturo Reverter tuvo más suerte, y pudo zafarse como pudo de uno de los «Tres tenores», que se le tiró al cuello, en el Teatro de la Zarzuela, al grito de hijo de puta.

De nuevo en La Coruña, en tiempo aún reciente, el padre de un estudiante del conservatorio se acercó hasta la institución para exigirle explicaciones no debidas a uno de los profesores del claustro, un tipo educadísimo, por una mala nota.

Insatisfecho por los argumentos escuchados, aquel energúmeno envió al docente al hospital, con algún hueso roto y una depresión que tiñó de amargura el carácter de aquel bendito durante una buena temporada. Las cicatrices del alma son las peores.

Una bella melodía no siempre amansa a las fieras, y la cita del Quijote, «donde hay música nada malo puede ocurrir», no siempre se ajusta a la realidad. Véase también lo que sucede estos días en Venecia, donde los miembros de la orquesta de La Fenice, su bello teatro, donde Verdi estrenó La Traviata, acaban de denunciar que están recibiendo amenazas de muerte.

Esta semana el intendente del coliseo italiano ha despedido a la directora musical, Beatrice Venezi, que él mismo había nombrado tan solo hace unos meses. Desde que se anunció que esta joven profesional de la batuta se haría cargo de la institución, las protestas arreciaron.

Los trabajadores, los músicos de la orquesta y el coro, parte de los aficionados, algún colega, … se quejaron de que Venezi, con un currículo algo exiguo, no tenía la categoría imprescindible para llevar las riendas musicales de un gran teatro. Mientras por lo bajo, también se la criticaba por una supuesta amistad con la presidenta del gobierno, Giorgia Meloni, que seguramente tenía que ver con innegables afinidades políticas: la propia familia de la artista, sin las debidas conexiones musicales, es conocida por su militancia conservadora.

Como un «crescendo» rossiniano

El caso es que la escandalera por la designación ha seguido el modelo típico de un crescendo rossiniano, con el aumento sostenido de todo tipo de ruidosas manifestaciones contra esta dama, lo que poco a poco habría minado el apoyo inicial, sin aparentes fisuras, de los políticos que habían apostado firmemente por ella.

La capacidad organizativa de los sindicatos venecianos hizo añicos la voluntad de Meloni, que finalmente ha dejado caer a su valida. La presidenta, segura al principio en sus intenciones, ha perdido una nueva batalla. El clima revolucionario generado en La Fenice hacía prácticamente inviable, o muy difícil, que Venezi llegara a poner un pie en su foso: el coro, la orquesta y los trabajadores se hubieran puesto en huelga a cada paso, como ya hicieron al inicio de las hostilidades. Y una parte del público se habría prestado a ahogar la música con sus gritos indignados.

La opinión ha vuelto a mostrarse de nuevo como el elemento más eficaz en la lucha, presentada como el combate de la libertad (en este caso, la independencia de una institución que supuestamente pretende la excelencia) contra el oscurantismo ignorante que denotarían, en todo momento, las fuerzas reaccionarias del fascismo. Todos se prestaron convenientemente al juego, ocupando sin rechistar su lugar en esta nueva comedia.

Así que de un modo algo sospechoso, Beatrice Venezi, que se encuentra estos días dirigiendo tranquilamente en el Teatro Colón de Buenos Aires (en otra época, al menos tan importante como La Fenice; aunque para muchos la música clásica en Hispanoamérica resulte un producto de segunda división, un capricho a la medida de las élites locales), realizó unas declaraciones a La Nación ciertamente controvertidas.

Dijo que en la orquesta del teatro veneciano los puestos se heredaban: pasarían directamente de padres a hijos, sin más rigor que el que otorga el parentesco. Ultraje que, por supuesto, nadie se ha ocupado de comprobar, por si acaso.

Grande para Venezi, insuficiente para Muti

Lo cual, si la Venezi no es tan tonta como sus detractores sostienen, solo puede obedecer a una segura intención: una espantada en diferido. Su «torpeza» ha propiciado la oportuna coartada para el cese, necesario para calmar los ánimos e iniciar una nueva etapa que devuelva la serenidad al templo lírico italiano: si quieren a un director de derechas, el mejor, que llamen a las puertas de Riccardo Muti: aunque el napolitano les dirá que, a estas alturas de su carrera, ese desafío le viene un poco pequeño.

Grande para Venezi, insuficiente para Muti. Necios: la ideología no puede permanecer por encima de la competencia. Si quieren nombrar a uno entre los suyos, ocúpense de buscar a un auténtico número uno, incontestable incluso para el ordenado rebaño de la otra parte. Nunca aprenderán.

Parecía todo previsto, como en la canción de Riccardo Cocciante y, tras la desafortunada entrevista, las autoridades reaccionaron de inmediato con efecto 'pavloviano' para prescindir de la coqueta cabeza de la directora, exhibiendo de paso unas dosis de fingido escándalo.

Se verá pronto si hubo tongo, porque es probable que la calculada inmolación se premie con alguna nueva dádiva que la compense del escarnio. Aunque Meloni, que no atraviesa su mejor momento, podría simplemente mirar hacia otro lado, como suele ocurrir con los políticos, sobre todo conservadores, enviando los afectos al desván.

Sánchez hubiera redoblado la apuesta intentando situar a su amiga ahora al frente de La Scala, un empeño aún mayor, y seguramente lo habría conseguido sin importarle lo más mínimo ni el qué dirán ni las opiniones de la oposición, que aquí tampoco tiene política cultural: Feijóo tuvo que llamar hace un par de años a un exministro para que intentara convencer a los suyos de la necesidad de mantener el Ministerio de Cultura, porque sencillamente no creen en eso.

Mientras la pretendida paz se intenta labrar en los despachos, la calle ha reaccionado por sus propios medios. Quienes consideran que el intendente Colobianchi se ha bajado los pantalones, y con él su presidenta, se han lanzado a la guerra de guerrillas dispuestos a no ceder jamás la posición. En todo caso, si las amenazas de muerte que los músicos de la Fenice dicen haber recibido estos días son ciertas, o si se trata de una pose, como el despido buscado de Beatrice Venezi, debería verificarse.

El culebrón apunta sin duda a la posibilidad de nuevos capítulos, aunque ojalá no haya que lamentar ningún homicidio. La novela que podría obtener de ahí Donna Leon, en su escenario predilecto y con los ingredientes que mejor domina.

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