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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

¡No disparen contra Chalamet…!

La polémica mundial de Timothée Chalamet oculta una verdad amarga, mientras el PP sigue añorando a «Carmiña Burana», de Telecinco se marcha hasta el horóscopo y en Nueva York quieren a Bob Dylan

Timothee Chalamet en los British Academy Film Awards

Timothée Chalamet en los British Academy Film AwardsJames Manning/GTRES

Habló Timoteo y subió el pan (también el gasoil, y hasta el pollo) en los teatros mundiales. A la última estrella norteamericana del cine, Timothée Chalamet, durante una reciente charla informal, pero con cámaras, se le ocurrió decir en plan jocoso que a él no se le había perdido nada en la ópera ni el ballet, que más bien eran cosa de perdedores.

No lo dijo así, pero ese era el contexto, o de tal modo se quiso interpretar. Como se trata de espectáculos para freaks, sostenidos básicamente por la codiciada teta pública, porque nunca logran llenar con sus propuestas hasta hacerlos rentables, a él, empeñado en disfrutar del adictivo olor del dinero reciente, que no le esperen nunca por esos predios reservados solo a artistas decadentes o menesterosos y público del Imserso.

Unas semanas antes, algo en parecida línea, con tono más elegíaco, vino a decir Jonas Kaufmann en una entrevista de la BBC. El supuesto tenorissimo de los actuales afirmó que con lo que le pagan ahora mismo en Inglaterra no le llega ni para la leche, y que por tanto se despidieran ya de escucharle más en Covent Garden. El teatro londinense no se ofendió, más bien ni se inmutó, y nadie dijo nada porque a este intérprete, fuera de la ópera, solo lo conoce Madonna, que quiso tener algo con él cuando era joven (el cantante, se entiende). Como acaba de sugerir un miembro de la orquesta del Met de Nueva York, el último artista de ópera popular fue Pavarotti, y murió hace casi veinte años.

El tenor Luciano Pavarotti y las sopranos Fiorenza Cedolins y Susan Patterson actuando en Montecarlo en 2002

El tenor Luciano Pavarotti y las sopranos Fiorenza Cedolins y Susan Patterson actuando en Montecarlo en 2002Marco Piovanotto/GTRES

Pero ha sido escuchar a Timoteo hacer inopinadas chanzas y el mundo lírico se le ha echado encima, en tromba, sobre todo los mismos teatros, porque las principales figuras del género no se mojan ni en la ducha. Y ya hasta se ofrece en estos momentos un «descuento Chalamet» para quienes decidan acudir a ver estos días alguno de los títulos que ofrece, por ejemplo, la fascinante Opera de Seattle, entre otras.

Lo cierto es que a Chalamet no se le ha entendido bien. Aquello que se percibió como un chiste nada gracioso, un ataque innecesario contra las más elevadas entre las artes escénicas, fruto tal vez de su propia ignorancia, tiene en su caso particular una cierta base.

Este actor no es ningún idiota. Se educó en un entorno artístico, vivía a unos pasos del Lincoln Center, acudió a una escuela conocida por forjar a cantantes y bailarines (la de «Fama»), … Pero sobre todo conoció, desde muy temprano, la cruz (casi todas) y las delicias (escasas) de la alta cultura en su misma casa.

Su madre y su hermana fueron estudiantes del American Ballet: sabe lo que se dice. Su progenitora, Nicole Flender, tuvo incluso una pequeña carrera en Broadway. Ambas llegaron a bailar en varias ocasiones en la versión que el gran George Balanchine coreografió del Cascanueces, según ha recordado estos días el New York Times.

Por tanto, es posible que el protagonista de la última versión de Willy Wonka pronunciase su ya célebre frase, «la ópera y el ballet no interesan a nadie», desde un relativo pesar, resquemor o frustración. Los de quien, desde niño, convivió con los sinsabores de una profesión tantas veces ingrata, hecha de enormes sacrificios, renuncias, dolor físico (incluso más allá de las lesiones), decepciones, incomprensión, humillaciones y, sí, algún ocasional destello de gloria.

Timothée Chalamet en la película Wonka (2023)

Timothée Chalamet en la película Wonka (2023)GTRES

Cuando Benjamin Britten se propuso estrenar El sueño de una noche de verano, quiso que el protagonista lo interpretara un contratenor y eligió a uno de los mejores, el pionero Alfred Deller. Tras una de las representaciones, en esos cócteles a los que a veces los artistas, casi forzados a pasar la gorra aún después de su impagable esfuerzo, deben acudir para entretenimiento de los patrocinadores, una distinguida dama le dijo al cantante: «Disculpe, ¿es usted un eunuco?» Ante la impertinencia, Deller respondió, seguramente disimulando su contrariedad tras una sonrisa cortés pero orgullosa: «No, señora, soy más bien único».

Así que, aprendida la lección, pero siempre deseando consagrarse al arte, Timoteo decidió encaminar sus pasos hacia el cine. Hoy, por trabajar unas doce semanas al año, lo que duran un par de rodajes en los que, para hacer bien su tarea, como solía decir Spencer Tracy, basta con decir apropiadamente unas líneas, no saltarse las marcas ni tropezar con el mobiliario (lo que en él tenía aún más mérito, porque muchas veces cumplía con todo eso borracho), este chico puede llevarse fácilmente 50 millones de dólares, entre una cosa y otra.

Y aún le sobra tiempo para recorrer las suites de los mejores hoteles del mundo, como parte de la promoción, en festivales o ceremonias varias, donde retozar con su estupenda novia billonaria, una joven de las Kardashian.

Timothée Chalamet y Kylie Jenner en la premiere de Marty Supreme en Los Ángeles en diciembre de 2025

Timothée Chalamet y Kylie Jenner en la premiere de Marty Supreme en Los Ángeles en diciembre de 2025Lisa/AFF-USA/GTRES

Así que cuando Chalamet recuerda la ópera, o en su caso más próximo el ballet, puede ser lógico que de un respingo en el asiento. Piensa en los dramas vividos en su propio hogar (su hermana también optó, al final, por la actuación) y musita hacia adentro: a mí no me pillan en una de esas, yo a vivir que son dos días.

Sus inoportunas palabras, más que el exabrupto ocasional de un imbécil, inmaduro y graciosillo, quizá hayan emergido ahora, desde la intimidad más amarga hasta su superficie, como el reflejo de un hondo resentimiento. Algo payasesco, sí, en su formulación, pero en ese otro sentido del sarcasmo, más revelador. Así que no le disparen; si acaso, compadezcámoslo.

«Carmiña Burana», la auténtica política cultural del PP

Chalamet realizó sus poco sutiles comentarios en el transcurso de un intercambio de ideas con su colega, Matthew McConaughey, que primero lo observó con perplejidad, luego se rio seguramente por quitarle hierro al asunto y finalmente, cuando el amigo ya parecía disculparse por el desatino, le comentó con toda propiedad: «Di lo que quieras, estás aquí para expresarte con libertad».

Esto último no parecen comprenderlo bien en el Partido Popular, cuya política cultural debe haber sido encomendada a alguien como aquel consejero de Fraga, ya fallecido, excelente persona, que contrató para una actuación «a la gran cantante gallega Carmiña Burana». Siguen con la boina calada hasta el entrecejo y aún no han salido de ahí.

Con el último esperpento de este pasado fin de semana pasado fallaron, al menos, dos veces. Una concejala del PP interrumpió la actuación de una monologuista en un teatro de Collado-Villalba. Como no le gustaba el mensaje, se plantó en el escenario para ordenarle a la artista, como un sargento de la Gestapo, que se fuera para casa con esa murga woke.

Primer error: estos concejales (los mismos de todos los partidos) solo saben programar monólogos, porque salen baratos, la gente a veces se ríe con ellos y los compran por lotes. Convendría aspirar a algo más que a replicar cada semana El club de la comedia, que tan nefastos caricatos ha parido.

Si uno tiene la responsabilidad de acercar el arte a sus conciudadanos, al menos debiera procurar brindarles algo de calidad, aspirar a la excelencia. Ya no digamos perseguir el tan denostado, estos días, contacto con la belleza, pero al menos aproximársele con una buena obra de teatro, un programa musical de primera, …

Porque precisamente los asistentes que se fueron a los diez minutos de iniciada la actuación serrana, no lo hicieron escandalizados de su contenido. El «caca-culo-pedo-pis» ya no solivianta ni a don Cicuta. Al contrario, según cuentan las crónicas, los discrepantes huyeron más bien ante la pesadilla de tener que tragarse una bazofia de monólogo, pésimamente concebido y aún peor ejecutado.

Al parecer, Manolo Porras, un señor de 80 años que había acudido a la cita cultural, se marchó de la sala con su grupo de amigos porque la cosa «no tenía enjundia». «No nos gustó porque todo sonaba como los payasos de la tele hace cuarenta años», declaró a El País. El admirable pueblo reclama calidad, no panfletos. Esa es la auténtica revolución.

Segundo error: si has fallado estrepitosamente a la hora de programar, sin realizar el trabajo previo de estudiar lo que vas a pagar y proponer en un espacio destinado a la cultura, luego no te lamentes ni hagas el panoli para que te arrojen a los leones amaestrados de La Sexta.

La libertad de expresión no puede cercenarse sobre la marcha por culpa de tu propia desidia, ignorancia o incompetencia. Si te has metido un gol en propia puerta, cuenta hasta tres y piensa en aquello que decía Ortega: «Cultura es, frente a dogma, discusión permanente». Propón si acaso, al final de la obra, un debate, que la autora y el público (si aún quedara alguno) dialoguen reposadamente sobre lo ofrecido, contrastando argumentos, opiniones, puntos de vista.

Pero no. En el PP parecen todavía añorar a «Carmiña Burana». No saben qué hacer con la cultura, carecen de auténtico talento entre sus filas para entenderla, y por ese flanco las izquierdas siguen vapuleándoles. Creen que no eso no da votos. Ellos sabrán.

El horóscopo de Telecinco se escapa a TikTok

Al perro flaco (y ya dejo a Timoteo) todo son pulgas. Del barco a la deriva de Mediaset-España se va estos días hasta el horóscopo. Pero primero abandonó la casa la presidenta-florero, una mujer, la blonda Cristina Garmendia, de estiloso empaque a la que los italianos pusieron allí para hacerle un guiño a la parroquia socialista: siempre hay que estar con el poder.

Ella había sido ministra (también ornamental) de aquel ejecutivo de Zapatero que, con alguna digna excepción, se parecía a aquello que recordaba Manolo Porras: el elenco de las aventuras de los payasos de la tele. Chinarro era el propio presidente.

Pero más sintomático del mal contemporáneo que acecha a las televisiones es el otro abandono femenino, el de la pitonisa. Tras varias décadas encadenando éxitos de madrugada, ahora se marcha Esperanza Gracia. La audiencia también la ha abandonado a ella, aunque esta mujer, por lo bajo, un poco a traición, se ha reservado una última crueldad que sitúa bien a las claras la raíz de fondo de todo este drama televisivo.

Esperanza Gracia en la premiere del musical Anastasia en 2018

Esperanza Gracia en la premiere del musical Anastasia en 2018GTRES

La señora Gracia, con toda la intención, ha deslizado que a ella no dejan de verla, «pero en el otro lado». Lo cual podría resultar inquietante, porque como ella también ha sugerido, sus primeros espectadores, los boomers, parece que se le van muriendo.

No, lo que ella ha querido expresar sin decirlo abiertamente, quizá por no ofender a sus antiguos empleadores, es que su clientela se compone hoy de los más de 300 mil seguidores que tiene en IG, TikTok y por ahí… Vamos, que la moderna generación Z también es adicta al zodiaco, pero la persigue por sus propios medios.

Estaba cantado. Estos jóvenes que hoy llenan las salas de juego no podían dejar de consultar a la sibila, que interpreta para ellos el arcano del horóscopo para su mejor administración. Salieron tan supersticiosos como sus padres, pero en lugar de frecuentar las madrugadas de Telecinco para buscar la Esperanza, la tienen ya en el móvil a cualquier hora.

La televisión generalista ha muerto, y hasta los Oscar (si todavía resisten hasta allí con su aburrimiento woke), dentro de dos años, los va a dar Youtube. Mientras, Netflix se apunta ya a los Podcasts, de los que dará una selección como parte de su variada oferta. Renovarse o morir: el público seguirá consultando a los astros, aunque sea en un «reel».

En Nueva York pagan por escuchar la verdad

El Metropolitan de Nueva York, el templo lírico mundial, que en los últimos años ha perdido a un 20% de su audiencia, resulta que contrató, no hace mucho, a una prestigiosa consultora, Boston Consulting Group, para que le indicara qué debían hacer para conectar de nuevo con el público perdido.

Cientos de miles de dólares después, la empresa fue clara en su veredicto: programen ustedes más «blockbsusters», es decir, los grandes éxitos de toda la vida, como La Traviata, durante periodos más largos: o sea, ofrezcan mayores funciones de los títulos del llamado repertorio, los clásicos.

Unos genios estos bostonianos, pero sobre todo sus pagadores de la Gran Manzana, que compraron a precio de oro unas líneas de sensatez al alcance de cualquier buen aficionado a la ópera, cuyos útiles consejos les hubieran salido gratis.

Véase lo que ocurre allí hoy mismo: acaban de programar una nueva producción de Tristán e Isolda, la obra maestra de un tal Richard Wagner, y han puesto como protagonista del cartel a la mejor soprano entre las actuales, una auténtica estrella como las de otros tiempos, la noruega Lise Davidsen.

¿Qué ha ocurrido esta vez? Han tenido que salir corriendo a poner una función extra porque la demanda de entradas ha superado todas las previsiones, hasta agotar el papel disponible. Un «sold out» como no se veía en décadas.

No hay más ciego que el que no quiere ver. Pero Peter Gelb, mánager de aquella casa, sigue empeñado en buscar otras alternativas que le llenen la caja, sobre todo ahora que su apuesta por Arabia Saudí parece haber fallado: allí nadie confirma el acuerdo por más de 100 millones de dólares para que los neoyorquinos llevasen la ópera al desierto, y menos ahora que hay guerra.

El ejecutivo hasta ha llamado a Bob Dylan para que ofrezca al menos una actuación en el Met, y así poner los precios que desee. Un acontecimiento. De momento no ha tenido respuesta, como tampoco le ha contestado Elon Musk, al que llegó a ofrecerle ¡llevar una producción del Met a Marte!

Bob Dylan el pasado 22 de julio en el festival de Vieilles Charrues en Francia

Bob Dylan en el festival de Vieilles Charrues en FranciaAFP

Por cierto, el último intérprete de Bob Dylan en el cine fue… sí, Timoteo Chalamet. A lo mejor no estaría mal ofrecerle la posibilidad de que diese, en ese recinto, un concierto en homenaje al autor de Blowing in the wind, convenientemente caracterizado como tal. Seguro que ahora mismo el actor no podría negarse.

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