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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Todo para Susan Sarandon, nada para Victoria Abril

Los actores españoles solo se inclinan ante Hollywood, mientras la discreción se convierte en cosa ya muy «viejuna», aparece una nueva serie deslumbrante y Pla ya retrató, en su día, el papel de los hermanos árabes en el conflicto palestino

Susan Sarandon en la última ceremonia de los Goya

Susan Sarandon en la última ceremonia de los GoyaGTRES

«Lo más peligroso que se puede hacer en política es inmiscuirse en asuntos de los que no se tiene la menor idea». La frase, cómo no, pertenece a Stefan Zweig. Y para el caso que nos ocupa, podría anexársele otra de Chesterton, según el cual, si bien puede ser cierto que el viaje ensanche la mente, también lo es que «primero hay que tener la mente».

Así Susan Sarandon, por ejemplo, quien, como Johnny Weissmüller al quedar cautivo para siempre del personaje de Tarzán, de modo que a veces durante sus tardíos paseos sorprendía a los pacíficos transeúntes con su cinematográfico grito guerrero, parecería seguir cosida eternamente a la piel de la hermana Helen Prejean. Aquella mujer a la que esta actriz norteamericana interpretó en la película Pena de muerte, consejera espiritual del condenado a desaparecer Matthew Poncelet, asesino confeso de dos adolescentes.

En el transcurso de su reciente gira goyesca, la Sarandon, magnífica en su oficio (como puede apreciarse en esa joya de Louis Malle que es Atlantic City), ha manifestado honda preocupación por las madres de los presos etarras, ya que la última vez que estuvo en San Sebastián «había mujeres manifestándose con fotos de sus hombres que estaban en cárceles muy lejanas».

Quizá lo primero sería que la intérprete se informara acerca de las dimensiones reales de la nación ibérica, no vaya a ser que piense que estos señores, por los que ha mostrado tan singular interés, se encontraban recluidos en alguna siniestra mazmorra siberiana.

Y ya luego que alguien, desde luego no Otegui, que corrió a felicitarla públicamente por su exquisita sensibilidad, le explicara en qué ha consistido realmente el llamado «conflicto vasco»: esos criminales que le causan desvelos se encargaron de dejar huérfanas a numerosas víctimas inocentes de su absurdo fanatismo, mediante prácticas tan viles y cobardes como el tiro en la nuca o el bombazo a distancia.

A la hora de derramar una lágrima por ellos, quizá convendría que se detuviera a pensar, por un instante, que el supremo ideólogo de toda aquella barbarie podría convertirse en presidente de su comunidad, en no mucho tiempo, mientras el carnicero encargado de propiciar las matanzas, en lugar de pudrirse por siempre en prisión, se exhibe hoy con todo desparpajo por las mismas calles donde moran algunos de los familiares de sus «objetivos», seguido de cerca por una corte de agradecidos pistoleros por si alguien osara molestarlo con algún comentario inoportuno.

Muy pocos le han afeado a Susan Sarandon su actitud sobre este asunto. Por el contrario, ha debido sentirse muy respaldada gracias al cálido recibimiento que durante el triunfal periplo le ha dispensado, sobre todo, su rendida parroquia del extrarradio. A las estrellas de Hollywood, cuando salen a los pueblos, se les suele regalar el mismo trato. Despiertan idénticos fervor y mágico deslumbramiento como los que en su día suscitó la presencia de los boxeadores Alí y Foreman, aquella vez que ambos decidieron medir la fortaleza de sus puños en Kinsasa.

Algo de ese papanatismo pudo apreciarse en la propia gala de los Goya cuando, justo al pisar el escenario para recibir su premio honorífico, todos los asistentes saltaron de los asientos para ponerse en pie como reconocimiento unánime a la diva extranjera: no se sabe qué se aplaudía más, si los logros indiscutibles de su filmografía o el colegueo con Sánchez y Otegui (aquí seguramente lo segundo, porque los actores más jóvenes ni siquiera saben quién era Louis Malle).

Lo mismo suele ocurrir en los Oscar cuando pretenden rendirle tributo a alguno de los venerables ancianos de la tribu hollywoodiense. Con una diferencia apreciable. Allí también se levantan de sus poltronas cuando el que aparece en la sala, para dar algún premio, es algún intérprete o director célebre aún en activo, no necesariamente sacado del sarcófago para la ocasión: gente como Meryl Streep o Al Pacino.

Salvando ahora las distancias, estos profesionales del cine españoles del presente, que tantos halagos se profesan entre ellos, tocándose y besándose a cada paso como si fueran la misma Yolanda Díaz, vieron el otro día aparecer por allí a Victoria Abril para entregar el premio a la mejor intérprete. Y nadie se movió de la butaca, pese a que la musa de Vicente Aranda, con el que desempeñó sus mejores trabajos (Oso de plata en Berlín por Amantes), tan respetada en Francia, es además una de las grandes en lo suyo de este país.

Bien es cierto que algunas de sus declaraciones públicas, sobre los asuntos más variopintos, suelen provocar un cierto estupor. A veces más por el modo en que estas se producen, trufadas con tacos, expresiones soeces, etc., como cuando fue de las pocas en salir a cuestionar el ilegal encierro durante la pandemia, que por el fondo.

Pero claro, Victoria Abril no desprende el glamur que se le supone a toda una activista de Hollywood. Carece de pedigrí revolucionario, proclama la libertad individual frente a las hazañas colectivas. Y además nació en Madrid, ni siquiera en Tarragona o Baracaldo.

El misterio ya no cotiza, triunfa otro destape

El sutil encanto del misterio ha muerto. Hace unos años, un amigo que veía su matrimonio desmoronarse, decidió anticipar el duelo y comenzó a salir con sus amigotes separados. Del grupo, el último en incorporarse ligó con la más guapa de las recién divorciadas.

Sobre todas las cosas, ella se había fijado en el mayor atractivo de aquel tipo al que había que arrancarle las palabras. Quizá simplemente siguiera el consejo de Epicteto: «Si te encuentras completamente solo entre extraños, guarda silencio». Pero de algún modo inesperado, el mostrarse taciturno, poco proclive al humor grueso desplegado en estos encuentros, y reacio a las confidencias colectivas no solicitadas, lo volvía irresistible.

El hechizo se rompió en cuanto la mujer se enteró de que aquellos silencios, calculados o no, ocultaban una amarga verdad: aquel nuevo corazón solitario seguía emparejado, al menos de facto. En cuanto lo supo, herida en su orgullo, la dama llamó al adúltero: «¿Misterioso tú? ¡Casado más bien! Soy una señora, ni se te ocurra volver a buscarme».

Podría tratarse de una novela de Balzac, pero no, ocurrió en pleno siglo XXI. Unos pocos años más tarde, ahora mismo, aquel hombre no tendría que exhibir ya ningún reparo, promover ocultamiento alguno, como fingida discreción que sugiriese una quizá inexistente profunda vida interior. Ahora se lleva otro destape distinto al que estuvo tan de moda durante los 80. Nada hay que merezca ya guarecerse en la esfera íntima, privada y personal.

Como se ve estos días en docuseries y podcasts, todo suma en esa tarea de mostrar las entretelas de nuestra más compleja humanidad. Lo íntimo, a menudo protegido por un decoroso pudor, se ha descodificado. En lo de las Pombo, el capítulo más celebrado, durante su inicio, fue uno en que los diversos miembros de esta cultivada prole de «influencers» rivalizaban sobre la intensidad, frecuencia y descaro de sus flatulencias: nada hay que una más que tirarse pedos en familia, era la conclusión.

En otro serial con vocación neorrealista, consagrado a una saga de prestigioso abolengo, las Berrocal, se asiste a la confesión de la madre del clan. La señora, cómodamente sentada frente a su primogénita, nueva estrella de la comunicación, le relata a esta, sin ahorrarse detalles, como fue su concepción.

El padre, que estaba casado con otra, y ella, su joven y fogosa amante, sucumbieron ante las urgencias de la pasión en el interior de un coche. Como él insistiera tanto (no disponía de mucho tiempo), con las prisas ni siquiera repararon en la necesidad de valerse de un preservativo, que nunca apareció. «Y así, nueve meses más tarde, apareciste tú, hija mía, luz de mis días». Bellísimo.

Italia nos redime de las series españolas

Por suerte se estrena en HBO la nueva serie de Marco Bellochio, Portobello, que con solo dos capítulos nos redime ya de la remesa entera de espantosas series españolas, casi todas iguales, siempre las mismas caras y parejos asuntos, de la actual cosecha.

El director italiano regresa a la reciente historia de su país para, a partir de un hecho conocido, analizar la sociedad italiana. Se vale de un episodio conocido, la caída fulminante de uno de los más famosos presentadores de la RAI, Enzo Tortora, acusado de pertenecer a la camorra.

Hay en el dibujo de los personajes, en el propio pulso del relato, algo de aquello que Stendhal ya veía retratado, a la vez, en los de Mozart y Rafael: «Cada figura de Rafael, como cada aire de Mozart, es a la vez dramático y agradable». Acostumbrados al deliberado maniqueísmo que se ofrece en las producciones audiovisuales españolas, sobre todo en las series, pero también en su reciente cine («La cena», «Los domingos», pura ideología revestida de comedia, la primera, y de realismo con algo de magia, la segunda), asomarse al complejo retablo que compone Bellocchio, donde nada es lo que parece, con esa amplia paleta de claroscuros, resulta cautivador.

Hay pocas obras contemporáneas que ofrezcan con esa mirada a la vez lúcida, sincera, compleja pero bendecida por el antídoto del humor que todo aspira a comprenderlo, la desigual batalla que se libra en el seno de las sociedades contemporáneas entre la libertad a la que aspira el individuo y los mecanismos implacables del poder para someterlo a sus arbitrarios designios.

Como reflejo que suscita en el espectador de la reciente polémica entre Uclés y Pérez-Reverte, hay una secuencia memorable. Los periodistas sacan las cámaras a la calle para preguntarle al pueblo su parecer sobre el encarcelado Tortora: ¿culpable o inocente? A lo que uno de esos improvisados filósofos callejeros, como solo se encuentran en algunas esquinas de Nápoles, responde: «Ni comunista ni democristiano, al menos. ¡Un liberal! ¡Culpable, culpable!».

Pla y los primeros refugiados palestinos

A propósito de la tragedia de estos días, hay un libro del gran Pla, quizá no entre los más conocidos, pero de lo más interesante y revelador, como todo lo suyo. Israel en 1957 reúne una serie de crónicas que el escritor catalán realizo en su momento, a propósito de un viaje a la patria de Netanyahu. Convendría volver a su lectura para situar en su debido contexto algunos mitos a través de apuntes precisos que no escapan al lente perspicaz del autor, dotado de su peculiar ironía, y que ayudarían a comprender mejor, quizá, algunas de las situaciones que se viven hoy en el Oriente más próximo.

Acerca del asunto de los refugiados palestinos, un problema que acababa de suscitarse al poco de la creación de Israel, Pla copia de un informe de la ONU: «Los gobiernos árabes han hecho abortar los principales proyectos de readaptación y todas las negociaciones. Se trabaja para mantener entre ellos esperanzas de repatriación irreales para, de esta manera, negarles la solución humana de la reintegración. Falsificando la historia se hace una propaganda constante entre ellos, contra las Naciones Unidas, los países occidentales e Israel. Mientras tanto, el número de refugiados aumenta cada día. Una mentalidad típica de refugiado, aspirante a basar la vida en una asistencia anticuada, se ha arraigado en estos países».

¿Y qué decía el propio escritor español acerca del papel de EE UU en aquella crisis? «Estados Unidos lleva la mayor parte de la carga de los refugiados. No se puede pedir un socio mejor, ni más generoso, ni más paciente. A pesar de la solidaridad musulmana, que se manifiesta en tantos otros aspectos, la colaboración económica de los Estados árabes es invisible».

De aquellos polvos resultan los actuales pines. Se me ocurre que la reprimenda de Pla a los supuestos hermanos árabes de aquellos primeros refugiados, y su elogio a EE.UU., podría corresponderse casi al milímetro con la actitud que Europa ha exhibido con respecto a otro asunto tan capital como el de su propia seguridad: que pague el amigo americano. Pero esta fiesta también se ha acabado, como ha tenido que reconocer el único líder de la UE que demuestra hoy una cierta sensatez, el canciller alemán, Merz.

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