Ya no basta con mimarlos, hay que ser animales
Los jóvenes de TikTok desean ser perros, mientras el DAO y el narco mexicano sucumben por igual, los Goya huelen a ideología y en EEUU no quieren a Plácido Domingo
Imagen de un 'therian', personas que se identifican con animales y actúan como tal
En la juventud todo apunta al deslumbramiento, con esas dosis de añorada ingenuidad, como si el mundo se descubriera a cada instante a partir de un nuevo detalle inadvertido.
El otro día les serví a varios familiares el urgente aperitivo de unas patatas fritas de bolsa mezcladas con mejillones en escabeche. Y los adolescentes me celebraron el detalle como cosa muy avanzada. Al parecer, la tapa se ha puesto de moda en TikTok, donde se propone como todo un hallazgo culinario de última generación.
Les dije que se dejaran de historias y se mezclaran más por bares y tabernas, ahora que el sol parece que ha vuelto para iluminar esas terrazas en las que se diluyen las horas sin grandes pretensiones. De ese modo, comprobarían que la receta no constituye ningún improvisado invento virtual de estos días.
Igualmente, hay otros muchachos que parecen haber descubierto ahora a Roberto Carlos. No aquel añorado lateral madridista que lanzaba faltas como torpedos, sino el cantante en el que el padre del futbolista se inspiró precisamente para bautizar, como tributo, a su futuro crack.
El incombustible cantante de Cachoeiro de Itapamerim, que el año pasado aún se presentó en Madrid ante nutrida parroquia pese a lucir ocho bien apuradas décadas, también se adelantó a los chicos tiktokeros. En su caso, se trató de la pionera defensa del ecologismo.
En 1988, mucho antes de que Al Gore descubriese el infierno climático, el trovador brasileiro publicó una canción de título bien significativo, El Progreso. Por un momento, había decidido cambiar sus dulzonas baladas («quiero ser el jabón que te suaviza, el baño que te baña», proclamaba en Cama y mesa, de la que otro Carlos, el de Inglaterra, llegaría a proponer una particular versión algo más picante, aunque menos higiénica) por una incursión en la música contestaria al más puro estilo Joan Báez.
El cantante Roberto Carlos en un concierto en el Nokia Theater de Los Ángeles en 2010
En aquella pionera apuesta por la conservación del medio ambiente, el intérprete manifestaba que le gustaría «navegar sin hallar tantas manchas de aceite en los mares», al tiempo que denunciaba la desaparición «de ballenas por falta de escrúpulos comerciales».
Por el medio, añadía además un estribillo que adquirió, entonces, una cierta popularidad en cánticos colectivos, sobre todo entre la muchachada más proclive a las consignas redentoras: «Yo quisiera ser civilizado como los animales».
Pues parece que a Roberto Carlos (aunque pocos reconocerán la filiación) le han tomado ahora la palabra. Y ha salido un nuevo grupo de cachorros de TikTok americanos, rápidamente imitados por sus correspondientes replicantes españoles, dedicados a proclamar su fervor adoptando actitudes de los bichos con los que se identifican.
Los 'Therian', que así se hacen llamar, se ponen una careta y salen a la calle a hacer el ganso, pero de verdad, reivindicando a cuatro patas su amor a la bestia con una mezcla de graznidos, gruñidos, ladridos y otras formas expresión relativas a las fieras. Y no parecen dispuestos a abandonar, salvo que tuvieran que acudir a cobrar una primitiva o herencia: entonces tirarían rápidamente la máscara y bien erguidos se presentarían en la sucursal bancaria ya sin disfraz.
Nadie debiera asustarse por los anuncios de Obama y Trump (este no lo ha afirmado, pero por si acaso va a desclasificar todas las informaciones que podrían avalar la revelación) acerca de la posible existencia de extraterrestres.
Si algún alien se diese un súbito garbeo por las concentraciones therianas que estos días proliferan en varias ciudades españolas, en su informe de vuelta, ya se encargaría de calmar a los superiores. Los humanos no representan peligro alguno para su civilización, puesto que ellos mismos parecen empeñados en adelantarse a su propia aniquilación como especie.
El DAO y el narco, braguetas desatadas
Por la bragueta muere el delincuente, lo mismo que cae su más encumbrado perseguidor. El dicho pascaliano admite variaciones: todos los males del hombre se evitarían si lograra no bajarse los pantalones. A estas alturas lo saben ya bien el DAO y el Mencho, capo del narcotráfico, que en paz descanse después de haber procurado tanta guerra con lo del fentanilo: con los muertos no hay que ensañarse.
Una ambulancia del servicio forense de México traslada el cuerpo de Nemesio Oseguera alias Mencho
La abstinencia nunca ha gozado de unánime popularidad, como conocen en Berlín, capital europea del poliamor según una nota reciente de The Guardian. Allí ya casi nadie se empareja, salvo que sea sucesivamente en días alternos. El 54% de sus habitantes viven solos, y no parecen tener intención de que se acabe pronto la fiesta (tampoco Alvise, poliamoroso como primera vocación).
Los berlineses lo tienen un poco más fácil que los españoles, porque allí lo de la vivienda no está tan mal, y para mostrarse reincidente en el pecado lo primero y esencial es tener dónde, una base.
A ver si esa supuesta nueva espiritualidad que abrazan los jóvenes españoles va a tener su motivo esencial, no en una precisa búsqueda de lo interior y trascendente como se sugiere, sino en la imposibilidad de hallar un piso que en ningún caso se podrán pagar.
También los alemanes cederán en su concupiscencia por otras razones, que son las de siempre. En cuanto los giros del carrusel de las delicias acaben por agotarlos, o aburrirles, y decidan emprender proyectos más sólidos como criar a un hijo o escribir una novela gótica, caerán en la cuenta de que la disciplina imprescindible para acometer tareas de tal envergadura solo se adquiere en pareja, no intercambiable. En cualquier circunstancia, una prisión o un monasterio seguramente más confortables que la fría celda en la que hoy se lamenta Ábalos, y quizá muy pronto hasta el jefe de los policías.
Los Goya huelen a ideología
Llegan los Goya, y ante la proximidad de estos premios a mayor gloria de la ideología, pocas veces del cine verdadero, se sucede el trompeteo que anuncia las bondades de una nueva generación de realizadores que parecen conectar con el espíritu del tiempo presente. Ciertamente lo hacen al mostrarse, en su mayor parte, al servicio del discurso cultural dominante.
Uno que sigue estas corrientes como asiduo visitante de las salas, entre los últimos mohicanos de una cinefilia impenitente que todavía pretende ser seducida de cuando en vez por el feliz encantamiento de la pantalla grande, no comparte este común alborozo por el advenimiento, sin discriminar, de recientes realizadores que sugieren los suplementos periodísticos.
La renovación de la cantera la promueve naturalmente el tiempo, que sus modernos discursos logren suscitar un interés particular ya es otra cosa. Y en estos parecen influir mucho las modas recientes, las imposturas que consagra la corrección política.
Hay entre estas chicas (porque la mayoría son ahora directoras, como dicta la época), quienes se proponen como herederas directas del cine de Carlos Saura, por ejemplo. Palabras mayores, promesas incumplidas. No encuentra uno del cineasta aragonés, en estas recientes películas, la verdad, mucho donde rascar.
El director Carlos Saura durante la ceremonia de entrega de los 33º premios Goya, en 2018
Lo que en Saura había de empleo sugestivo de las imágenes, con fines simbólicos, para proponer su propia visión del mundo y de las cosas sirviéndose del lenguaje puramente cinematográfico; de reivindicación de valores universales a partir de lo local, ahora no se percibe.
Frente a una abstracción más poética en las formas, incluso cuando el fondo apuntaba al más acuciante realismo, capaz de transformar a unos quinquis en personajes de una dignidad homérica (Deprisa, deprisa), lo que ahora comparecen son torpes marionetas a las que muy pronto se les adivinan las costuras, destinadas únicamente a apuntalar la ideología dominante en los medios.
Así ocurre, por ejemplo, en la aclamada Los domingos, donde un guion férreo deudor de los habituales planteamientos maniqueos de su autora (Alauda Ruiz, casi una Agnes Varda, sostienen), se encamina en último término a dinamitar una de esas instituciones tradicionales como la familia burguesa. Tampoco resulta algo novedoso, ya Engels se ocupó de lo mismo, hace dos siglos, al retratar esta supuesta encarnación de todas las iniquidades que conspiran en su seno hasta malograr fatalmente al individuo.
Y podría ocurrir que así resultara en muchos casos, pero aquí faltan matices: todo parece impostado, de trazo grueso, últimamente solo encaminado a apuntalar un mensaje que conquista a esa gran parte de la sociedad que adora el olor del napalm cuando se encamina a destruir las supuestas raíces de su propio fracaso.
Los Domingos no es Rocco y sus hermanos, y Sirat se parece demasiado a Zabriskie point, aunque nadie lo haya apuntado, que tampoco se encuentra entre lo mejor de aquel otro italiano apóstol de la incomunicación, algo coñazo tantas veces.
Solo que Oliver Laxe comienza como Antonioni para desembocar luego en Jan de Bont: el cine de efectos especiales concluye por engullir un discurso hueco, diletante, de una falsa hondura (lógico que lo apadrinen los Almodóvar), que se diluye en el mero artificio de la sorpresa para desconcierto de quienes creían asistir a una obra inquietante, madura, incluso profética. Bastaría que se ofreciera como simplemente entretenida.
Todo resulta más bien pretencioso, como el propio discurso de este bendecido Laxe que se presenta ahora al mundo como una mezcla de Lars von Trier, Byung-Chul Han y Bergman sin el debido respaldo intelectual, pero más guapo.
De ahí que no pueda resultar extraño, ni censurable, que el único autor español que este año ha concebido una película verdaderamente importante, Albert Serra con su Tardes de soledad, mire por el rabillo del ojo, con cierta displicencia, a esos compañeros de la «nueva ola» española con los que no desea que lo involucren. Nada tiene que ver con ellos.
Hará bien Serra, si así lo decide, en no dejarse caer por unos Goya que seguramente se habrán quedado, de su formidable película, con que se trata de «una cosa de toros y toreros», un auténtico sacrilegio para la pacata imaginación de los actuales dispensadores de supuestos honores, en esa ceremonia de la creación «comprometida».
Plácido Domingo responde a nuevas acusaciones del 'Post'
A Plácido Domingo vuelven a tocarle las narices en Washington. Como él mismo acaba de señalar, pretenden condenarle dos veces por delitos nunca probados. Primero por sobón, y ahora como presunto culpable de la ruina de una institución, la Ópera Nacional de Washington, que ya ni siquiera tiene sede propia desde que decidió abandonar el Trump Kennedy Center en busca de nuevos, inciertos destinos (parece que en Baltimore están dispuestos a hacerles un hueco estos días).
Lo que el periódico capitalino, antaño responsable del Watergate, y hoy en manos de Bezos, le echa en cara al tenor madrileño, ahora, es que en su afán por parecerse o competir con el Metropolitan de Nueva York gastó más de la cuenta.
La búsqueda de la excelencia artística cuando llevó las riendas de la Ópera de Washington habría obligado a Domingo a profundizar en el déficit de la institución, teniendo que echar mano en alguna ocasión del propio fondo de reservas del teatro, una medida excepcional, mal vista.
Esta vez, el cantante no se ha quedado callado, y acaba de enviarle una carta pública al propio diario, desde Monte Carlo, para defenderse del inesperado ataque póstumo. Tras afirmar, como ha suscrito el propio Post, que durante su mandato el teatro «experimentó un período de crecimiento artístico gracias a la alta calidad del trabajo de cada miembro de la compañía», Domingo no deja de reconocer que «ciertamente, había un déficit presupuestario».
El tenor español Plácido Domingo
«No es fácil gestionar un teatro en EE UU porque depende esencialmente de los patrocinadores, no de ingresos fijos, pero hubo varios benefactores que lo apoyaron. Al igual que yo, creyeron en el enorme potencial de esta compañía (…) sin embargo, cuando la junta me pidió que redujera producciones, accedí», añade en su misiva.
Pero el gran dardo que se reserva el artista viene justo al final, cuando parece referirse a las consecuencias de su propia cancelación en los teatros norteamericanos, por las causas conocidas: «Desmantelar el pasado no beneficia a la ópera en EE UU. Crea más descontento entre el público, dejando desiertas las salas de los grandes teatros que han dado forma a la historia de la ópera».