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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Un país de perturbados

La piromanía cosecha adeptos, también entre las series de televisión, mientras un escritor catalán anhelaba la pena pena de muerte, Londres estrenará una ópera sobre Melania y los artistas norteamericanos se hartan ya del bloqueo contra Rusia

Fotograma de la serie 'Smoke' de AppleTV+

Fotograma de la serie 'Smoke' de AppleTV+

«España, país de famélicos, de onanistas y de perturbados». Así nos reflejaba Pla, el escritor. Los últimos se ve que proliferan estos días. Solo hay que ver lo que está sucediendo ahora mismo (y, de modo intermitente, durante los últimos veranos) con esa sección particular de los chalados exclusivamente reservada a la piromanía.

Ciertamente, el ecologismo de salón tiene la mayor de las culpas en este desastre. Cómodamente instalado en la poltrona gubernamental, proclama que hay que salvar la naturaleza, así, en abstracto.

Normal, el campo les resulta psicológicamente extraño (no lo conocen, jamás lo han pisado de verdad), y por eso se entretienen en juegos florales de palabrería sobada que solo dan para un par de medidas superficiales, inútiles y empobrecedoras, pero interesadas: se adhieren al discurso predominante, aquel que identifica a los potentados de las eléctricas con el Mr. Scrooge de Dickens, los últimos responsables de todas las humanas tragedias.

En lugar de bajar al terreno (contribuir a desbrozar caminos y montes de impurezas), estos necios modernos se recrean en la narcisista ensoñación de sus vacuas soflamas, dirigidas a la sumisa parroquia: «Arrastran a la gente agitando el léxico y la temperatura del comunismo libertario», también afirmaba Pla en las primeras horas de la última República.

Pero tampoco es menos cierto que en España, hoy, como reconoce Feijóo, solo parecen prosperar los enajenados, quizá como consecuencia de los tres males que mejor caracterizan estos tiempos turbios: ansiedad, angustia y amargura, hasta derivar en una creciente ola de nihilismo, en buena medida importado de EE. UU.

Si nada puede contentarnos, si el futuro apunta hacia la inexorable extinción de la especie, ¿por qué no empezar ya por destruirlo todo, sin mayor dilación, mediante ese fuego purificador al que Wagner recurría al final de El Ocaso de los dioses? La purga imprescindible para el advenimiento de un mundo nuevo sugería el genial compositor.

Michael Caine en 'El caballero oscuro'

Michael Caine en 'El caballero oscuro'

Como Michael Caine evocaba en una de las secuelas de Batman (El caballero oscuro), en el país, en estos momentos, parece estar cumpliéndose fielmente aquello que el juicioso mayordomo le refería a su jefe: «Algunos hombres solo quieren contemplar el mundo ardiendo».

No es extraño que el anuncio de su oferta de fútbol, en la principal plataforma televisiva de este deporte, la temporada pasada, recurriese a la canción Fuego de Soda Stereo, para promocionarse: «Mantenlo prendido, fuego, no lo dejes apagar y grita: ¡Fuego!». También aquí, estos mismos días, un par de series han verificado aquello que decía Woody Allen: «La vida no imita al Arte, sino a la mala televisión».

En la interesante Smoke, de Apple TV, aparecían dos tipos de demente que luego han ilustrado la realidad de los telediarios, por estos días. Estaba el paria que decide vengarse de la sociedad que lo margina prendiéndole fuego a las casas de sus vecinos, y surca las calles como un espectro justiciero mientras arrastra una lata de gasolina a modo de espadón: tal cual, como el anciano que provocó un pequeño incendio en un barrio de Madrid.

También se encontraba otra variante popular del mismo loco: el héroe de la comunidad que trabaja donde se combaten estos siniestros, pero que luego, a lo Mr. Hyde, dedica su tiempo libre a quemar todo lo que pilla, para más tarde investigar, él mismo, los propios sucesos (alguno así ha habido por estos pagos).

Son un par de casos recientes, pero que reflejan un estado de ánimo. Luego ha aparecido, además, el de ese hombre que, de un modo que recordaría a Michael Douglas en Un día de furia, descontento con el servicio recibido, le prendió fuego a la barra de un bar, la semana pasada, en Andalucía.

Sí, las brasas parecen vivir un extraño apogeo que incluso tiene reflejo (¿origen?) en algunos productos culturales: ¿Estaremos todos destinados a perecer en una inmensa pira, como aquella que atemorizaba a la gitana Azucena durante sus sueños febriles, dispuesta para conectarnos directamente con esa otra, la eterna, sin necesidad de pasar antes por la casilla del previsto último juicio?

La pena de muerte, un debate eternamente aplazado

De juicios anda estos días el Mayo Zambada, aquel compadre de El Chapo apresado por la DEA, que hoy parece cantar La Traviata para los fiscales norteamericanos que lo procesan. A cambio de que no lo frían a la parrilla, producto de la pena de muerte, el reo, antaño virrey del narcotráfico azteca, está dispuesto a darle la razón a Trump en su próxima cruzada hispanoamericana.

O sea, que, en México, como en Cuba, Nicaragua y Venezuela, las autoridades de los distintos escalafones gubernamentales, desde las alcaldías hasta, quién sabe, si la misma presidencia, estarían pringadas. El convicto podría dar nombres, aportar datos, pruebas, …Nada como el presentimiento de una muerte próxima, con forma de inyección letal, para que la lengua se suelte.

Volviendo a Pla, por aquellos mismos días republicanos, cuando en España se abolió, una de las veces, la pena capital, el escritor afirmó: «No hay nadie capaz de recordar que esa supresión costará mucha más sangre que el mantenimiento de la pena, y que el humanitarismo teórico ha causado, a lo largo de la historia, una cantidad de víctimas incontable, ingente. Los diputados que han votado la supresión de la pena de muerte, ¡cuántos entierros tendrán que presidir!».

El asunto, por delicado (a una sociedad inmadura se le hurtan los debates complejos), no aparece en la agenda de los partidos: Feijóo se contenta con las pulseras telemáticas, y Pedro Sánchez toca ensimismado la lira mientras medita el próximo exabrupto que lo enaltezca entre los egregios líderes mundiales del Grupo de Puebla.

La llamada extrema derecha tampoco parece contemplarla en el programa. De ese modo, solo interesaría justo al otro lado, con matices. Si a alguien se le ocurriese invocar, ahora mismo, la pena de muerte, por ejemplo, para delitos como los más graves de los medioambientales, o los execrables que cometen los abusadores de menores, terroristas y felones que se alzan contra la nación, la versión local de la extrema izquierda seguramente pondría el grito en el cielo.

¡A dónde vamos a parar, qué barbaridad, estos fascistas no se detienen ante nada…! Con lo cual, una vez más, quedaría expuesta al aire la paradoja: el Estado solo puede ajusticiar a sus peores súbditos en lugares como Cuba, Irán, China, Burkina Fasso o Venezuela, donde su aplicación es justa y necesaria para mantener alta la moral revolucionaria. Y no se olvide Rusia, que practica una peculiar versión: allí los opositores se precipitan al vacío, por su cuenta, desde las ventanas de sus domicilios, cuando no perecen de inanición en remotas penitenciarias árticas.

Dos óperas para Melania

Melania Trump sería sin duda la próxima presidenta de EE. UU., si no hubiese nacido en Eslovenia. Desde luego, en este segundo mandato de su esposo se está revelando como una formidable colaboradora. Quizá no imparta clases en Yale, pero parece que hasta sabe escribir.

El otro día, le hizo llegar una misteriosa carta a Putin que no era precisamente un subrepticio billete amoroso: los folios perfumados con aromas de Pawpaw pretendían suscitar en el destinatario, con su denuncia para que sus drones dejen de matar a niños en Ucrania, un sentimiento piadoso. El Nobel de la Paz debiera concedérsele ex aequo a la pareja presidencial.

Como también es sabido, la otrora modelo debe compaginar la elíptica con la tele (así de bien se conserva), para informar a su marido puntualmente, cuando regresa del trabajo, sobre el desarrollo de ese y otros conflictos, como el de Gaza. Ahí también aprovecha para quejarse del maltrato a la infancia.

Si antaño a soberanos y mandatarios se les solía agasajar con alguna obra artística: un retrato, alguna música, Melania, con su creciente influencia sobre uno de los principales de estos días, no a iba ser menos.

Su cada día más atrayente personalidad va a verse reflejada en dos inminentes acontecimientos líricos. Trump planea cambiarle el nombre al Kennedy Center de Washington, sede el teatro de ópera capitalino, por el de Centro nacional para las artes de la primera dama, Melania Trump.

El Centro Kennedy visto desde el aire

El Centro Kennedy visto desde el aire

Puede que el anuncio se haga esta misma semana, si la iniciativa logra aprobarse o si al marido se le ocurre pasarse por el forro cualquier objeción; lo más probable.

La otra distinción musical llegará, esta vez, en forma no de edificio sino a través de una ópera. En realidad, hasta el estreno, que se producirá dentro de un mes, en el Cockpit de Londres, no sabremos si tratará de un tributo o un ajuste de cuentas.

Melania: The Opera, una colaboración entre Jeremy Lind y Melinda Hugues, que verá la luz el 25 de septiembre como parte del festival Tête a tête, se promueve como una farsa cómica, a partir de la siguiente premisa dramática: la desazón de la mujer ante el anuncio de Putin de proseguir con su avance en el frente occidental, quizá hasta la misma Eslovenia. ¿Una premonición, tal vez? ¿La vida imitando a la mala ópera?

Woody Allen deshace el bloqueo, y no está solo

Por cierto, tras la deriva de sus últimas, escasamente atractivas películas, Woody Allen acaba de salir del encierro para protagonizar una nueva polémica. Su decisión de participar, a través de una videoconferencia, en la Semana Internacional de Cine de Moscú, ha desatado la ira de los ucranianos, que lo acusan de colaborar con el enemigo. El propio ministerio de Exteriores se ha quejado: «Es un insulto al sacrificio de los actores y cineastas ucranianos que han muerto o han sido heridos por los criminales de guerra rusos».

El tono del mensaje oficial contrasta con unas posibles conversaciones de paz, cada día más lejanas. Pero, mientras, los artistas norteamericanos comienzan a impacientarse, y han decidido romper el bloqueo. Allen (que además ha dicho que desearía poder rodar en Moscú) no está solo.

Uno de los tenores estrella del Metropolitan de Nueva York, Lawrence Brownlee, ha aceptado la invitación para ofrecer un concierto, en septiembre, en la temporada de una de las principales salas musicales de Moscú, el Zaryadye Hall, dependiente del ministerio de Cultura.

Brownlee se ha justificado al expresar que él no es «un peón» de nadie, y que su objetivo es «unir a la gente y esparcir alegría y paz a través de la música». Zelensky también empieza a perder en el frente de la cultura, algo natural si solo cuenta con el apoyo de los cenizos Von der Leyen, Macron y Starmer.

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