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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Caos en Nueva York, los activistas se ponen a bailar

Los activistas neoyorquinos bailan contra un muerto en su principal teatro, mientras una madre da el pecho entre obras de arte, con Franco empezó a vivirse mejor y el Wyoming exhibe músculo financiero para su jubilación

Ópera Metropolitana de Nueva York

Ópera Metropolitana de Nueva YorkWikipedia

El pasado viernes se produjo en Nueva York un hecho ciertamente humorístico, reflejo de estos tiempos turbulentos. Según la noticia recogida por varios distinguidos medios internacionales, «el caos y la confusión» reinaron durante unos instantes en la Ópera Metropolitana de esa ciudad, el Met, cuando varios activistas irrumpieron sobre el escenario durante el transcurso del primer acto de Carmen.

¿Y dónde puede estar la gracia de una acción tan irresponsable? En primer lugar, en el motivo esgrimido por estos chicos, que lograron vulnerar la seguridad de la sala (no muy exigente: uno de los encargados de velar por esta se encontraba ausente sin justificación), para encaramarse sobre el proscenio desde donde improvisar sus soflamas.

Al parecer, las protestas principales iban dirigidas contra David Koch, un industrial multimillonario y filántropo, abanderado del escepticismo que pone en tela de juicio el cambio climático y próximo a la derecha de su país, EE.UU.

Pero ¿se encontraba este hombre, en ese preciso momento, en el teatro, a cuyo sostenimiento contribuyó con generosas donaciones para que la gente pueda disfrutar de buenos espectáculos líricos en la Gran Manzana? Quizá en espíritu, sí, dada su reconocida generosidad, pero no como humana presencia.

Koch falleció en 2019. O sea, que estas personas se valieron de toda esa pantomima, sembrando una cierta angustia entre el resto de los asistentes y los propios artistas, que podían haber sido asesinados allí mismo, por una suerte de petición de justicia retrospectiva que ya va avanzando en los siglos.

Esta vez no se manifestaban en contra de Washington, Jefferson o el mismo Colón. El objeto de su ira era un empresario muerto seis años antes. ¿Sus culpas? Negar el holocausto climático al mismo tiempo que se gastaba su dinero en promover un espectáculo como la ópera, opio de los privilegiados.

Pero lo más jocoso de este desafortunado incidente tuvo lugar después, cuando los miembros del público, que no dudaron en abuchear a los manifestantes en cuanto se percataron de que no portaban armas, empezaron a comentar su dramática experiencia en el Met.

Varios de estos espectadores declararon que no se habían enterado del sabotaje. En realidad, como dos de los alborotadores aprovecharon su minuto de gloria para ponerse a bailar, llegaron a pensar que aquella coreografía, y sus torpes proclamas, formaban parte intrínseca de la propia puesta en escena del espectáculo, una ocurrencia más.

En tiempos de Visconti, Jean-Pierre Ponnelle, Zeffirelli o incluso David MacVicar, por citar a uno vivo, la frontera entre realidad y ficción jamás se hubiese visto comprometida de ese modo. Pero ahora, cuando los escenarios ceden su espacio habitualmente a escombreras, bolsas de basura, peep-shows…, que unos tipos surgiesen de la nada vestidos como los propios miembros del elenco de Carmen, y se pusieran a danzar mientras farfullaban unas tonterías a grito pelado, no debería sorprender a nadie.

Ya hace algún tiempo que, en América, aquello que antes se denominaba allí, con cierto desdén, «European trash» (basura europea), para referirse a los montajes operísticos que se exhiben en los principales coliseos de la UE, se ha adoptado, en buena medida, como lo más propio, moderno y actual.

El intercambio funciona así: ellos contribuyen a apear a Colón de las estatuas proporcionando teoría y nosotros les enviamos producciones teatrales pseudo freudianas para colaborar, también, en la reeducación de sus élites.

Eso sí, al contrario de lo que sucedería en España, donde estos individuos irían a contarle orgullosos su hazaña a Broncano, y hasta serían ensalzados en algún Twit presidencial, allí la policía los ha detenido.

La teta y el bebé, a la sombra de un Warhol

Otra curiosa escena de nuestros días se vivió el pasado fin de semana en una de las prestigiosas salas del museo Thyssen madrileño, o al menos a mí me lo pareció.

Entre las hordas de paseantes que han sustituido la visita obligada al centro comercial (en declive) por el arte moderno, me salió al paso una suerte de madonna. No una tela o escultura, sino una mujer joven que caminaba de un lado al otro del recinto con aparente despreocupación, mientras de uno de sus pechos al descubierto, aquel que le servía para amamantar a la criatura a la vista de todos los presentes, iba literalmente colgado un bebé.

En buena medida los museos, con la variedad de empeños a los que los somete la pública financiación, se han convertido, también, en improvisadas guarderías. Hasta allí los padres acuden con una doble misión: la de orearse la familia y, ya de paso, entretener a los más pequeños. Para lo cual suelen resultar más útiles las exposiciones de artistas de finales del siglo XX, o el presente, por su carácter a menudo lúdico, que el tenebrismo de la pintura barroca (en ese caso, mejor llevarlos a alguna casa de brujas de los parques de atracciones).

Constato que, al principio, la candidez de la madre me sorprendió, no tanto por la ausencia en ella de cualquier pudor (algo que parece haberse aceptado ya plenamente, y si no te complace es que eres un anormal o perturbado), como por el momento: dado que las visitas se encuentran tasadas, aquella tarea podía haberse programado perfectamente en otro instante, antes o después. Y así se encontraría ella misma más cómoda para sumergirse en los tesoros de la muestra.

Pero luego, observando detenidamente (en la medida de lo posible, por la aglomeración) las obras de Rauschenberg, Lewitt, Pollock y, por supuesto, Warhol, el reclamo principal, me sentí culpable.

Desde luego, cómo reprobar aquel inusual comportamiento. Si la escena se hubiera dado en el edificio próximo de El Prado, durante la magnífica exposición consagrada allí estos días a Veronese, podría tener sentido el reproche: allí se va a disfrutar plenamente de la belleza unida a la técnica, de los logros combinados del cromatismo y la perspectiva, alborozo de los sentidos jamás sometido a ninguna obligación predeterminada: se requiere solo de una cierta sensibilidad.

En cambio, para apreciar en todo su esplendor la riqueza de los modernos genios convocados en este espacio del Thyssen, lo natural y preceptivo es zamparse antes varios sesudos ensayos sobre arte contemporáneo, como los escritos del influyente Arthur Danto (para el cual, la obra artística no es un ente material sino un contenido mental). Solo así resultaría posible atisbar, aunque fuese a modo de mero barniz, las auténticas, profundas y originales intenciones de estos otros creadores.

Y claro, en ese proceso, sería lógico pensar que aquella joven progenitora se habría pasado la noche anterior en vela, intentando dar con la tecla que le permitiera comprender el sentido último de las botellas de refresco de Warhol.

Todo con un resultado evidente: entre lectura y cabezada, el único momento libre para alimentar a su bebé debió coincidir ya con la inaplazable hora del desahogo cultural.

Con Franco se empezó a vivir mejor

En los Cuentos de Hoffmann unas simples gafas, pero de efectos mágicos, logran que el confiado poeta se enamore perdidamente de una muñeca. Olympia se convierte así en una mujer hermosa a ojos del escritor, que ya solo está dispuesto a creer en la nueva imagen que le ha proporcionado el ingenio avaricioso del inventor Coppelius.

Su deseo a punto está de perder al hombre, como tantas veces, hasta que una agria disputa por la verdadera posesión del autómata acaba con el artilugio despedazado. En ese mismo instante, los espejuelos del escritor se rompen hasta enfrentarlo con la cruda realidad: su ansiada ilusión no había sido, en ningún momento, más que un juguete surgido de la codicia de un par de científicos enfrentados.

Con la historia ocurre otro tanto. Los Coppelius de las universidades norteamericanas más elitistas se han lanzado, desde hace tiempo, a crear el monstruo de un colonialismo feroz que, en el particular caso español, el que nos atañe e interpela como nación, admitiría todos los matices y no pocos reparos.

Pero los Hoffmann de la política se han enamorado del señuelo hasta propiciar el esperpento de nuestros días, cuando los museos españoles se vacían de obras artísticas de otros tiempos, seguramente ni mejores ni peores, pero testimonio de una realidad histórica inapelable que no se puede borrar de un plumazo (¿cómo reconocer y aprender de los errores, si los hubiere?), para reemplazarlas por el renovado prestigio del salvajismo, las creaciones (moralmente superiores) de los oprimidos, aquellos indígenas adánicos que fueron vilmente explotados, cuando no directamente exterminados, por la intolerable rapacidad del hombre occidental, fiel a su naturaleza depredadora.

Pues con Franco sucede algo parecido. Cámbiese la armoniosa existencia de los súbditos de Cuauhtémoc por los seráficos días de una República en la que la vida era el fiel reflejo del paraíso en la tierra. Esas imágenes idílicas son, en su mayoría, otra ilusión perpetuada por el ardid óptico de ciertos intelectuales alineados naturalmente en la izquierda.

Aunque no hubiese sido así, aseguran algunos, nada podía motivar el desplazamiento por la fuerza de un gobierno democrático, cuya legitimidad se había obtenido en las urnas.

Desde luego, ningún país puede condenarse al abismo impulsado por la acción de unos gobernantes irresponsables, sobre todo si los pasos dados por éstos se hallan encaminados a conculcar las leyes vigentes, el espíritu de la convivencia en libertad, la paz social con fines contrarios al beneficio de una mayoría embaucada: en este caso, el establecimiento de un régimen totalitario.

Y aquí, como ya vamos a volver a pelearnos, otra vez, se debe recurrir al observador imparcial (que nunca lo es del todo), pero al menos no cegado por la pasión, los más próximos vínculos familiares y afectivos, los dogmas y esas cosas.

Contraria a las políticas de Jimmy Carter, «un presidente que aborrece solo a los autócratas de derechas, no a los de izquierdas», en los 70, la antigua embajadora de EE. UU. ante la ONU, Jeanne Kirpatrick, escribió un iluminador ensayo, Dictatorships and double standars, donde se lee:

«Los autócratas tradicionales (de derechas) mantienen los repartos existentes de riqueza, poder, estatus y otros recursos que en la mayoría de las sociedades tradicionales favorecen a unos cuantos ricos y mantienen la masa en la pobreza. Pero adoran a los dioses tradicionales y respetan los tabúes tradicionales. No alteran los ritmos de trabajo y ocio habituales, los lugares de residencia habituales, los patrones de las relaciones familiares y personales habituales (…)».

Y añade: «Precisamente lo contrario es cierto en los regímenes comunistas revolucionarios. Crean millones de refugiados porque reclaman la jurisdicción sobre toda la vida de la sociedad y demandan cambios que violan de tal manera sus valores interiorizados y sus hábitos que los habitantes huyen a decenas de miles con la curiosa expectativa de que sus actitudes, valores y objetivos ‘encajarán’ mejor en país extranjero que en su tierra natal».

Con los matices oportunos, lo que tiene que ver con el reparto de la riqueza, por ejemplo, que en cuanto el país volvió a ponerse en marcha de nuevo se orientó hacia un mayor equilibrio (nunca logrado del todo, tampoco hoy), la cita serviría para decantar la balanza hacia quienes aquí se propusieron restablecer el orden. Para lo demás, sirve ceñirse el monóculo tramposo del profesor Coppelius.

La dorada vejez de Wyoming

De fiesta por La Coruña estos días, la fotógrafa Annie Leibovitz ha aprovechado el paseo para afirmar que «envejecer es maravilloso». Casi al mismo tiempo, el Gran Wyoming, durante una entrevista, ha confesado además que, una vez apuntalada su fortuna tras medio siglo en las trincheras, pretende ya retirarse, ahora que acaba de cumplir 70 años, para disfrutar de la vida loca.

La última parada de la existencia, antes de emprender el viaje definitivo, cuando Putin y su colega chino se afanan en alargarla, puede resultar un regalo inesperado.

Si tus fotografías aún se venden a precio de oro o los alquileres de las propiedades que has ido acumulando tras décadas de servicios a la causa generosamente recompensados (el progresismo rara vez deja tiradas a sus celebridades: siempre habrá un pregón municipal, un programa de la tele amiga, un bolo en tierra conquistada), la jubilación, sin achaques definitivos, se convertirá en vergel.

El presentador ha añadido, por cierto, que las deliciosas torturas de la carne ya no le atormentan más (algo que falsamente también aseguraba, al final, Buñuel), con lo cual un beneficio añadido para asegurarse ese plácido disfrute que le proporcionarán sus cuantiosos bienes, al menos tan despreocupado como el de un buey con amplia finca.

Pero en la España de los once suicidios diarios, con pensiones que en su 40 % no alcanzan ni a los mil euros, y la UE aconsejándoles a los jóvenes que o se ponen ya a ahorrar (algo que sabía bien Santos Cerdán, con toda la información disponible) o no llegarán a cobrar ni eso, me temo que el paraíso anticipado del retiro, en muchos casos, tiene más papeletas para convertirse en algo parecido a la trágica despedida que el destino le había reservado a Encarnita Polo, que al dorado proyecto de privilegiada senectud caribeña del humorista leal al poder.

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