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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

El amor por lo chino, la nueva impostura

En realidad, nada ha cambiado: seguimos apegados a las costumbres yanquis, mientras un Papa de allí reivindica la trascendencia del cine, Sánchez ignora al nuevo Pavarotti español y Meloni no cede con sus nombramientos

Bandera de China

Bandera de ChinaLiau Chung-ren

No solo Tebas, en defensa de sus intereses, ha cargado públicamente contra la brillante celebración del reciente partido de la NFL en Madrid (han tenido que venir esos rudos millonarios del deporte yanqui para que se le rindiese justo tributo a los héroes de la UME, himno incluido y sin abucheos, por esta vez).

Los comentarios en redes y noticias abundan, aún a estas horas, en denuestos y maldades con motivo de lo que algunos han calificado de «paletada», la sumisión del provincianismo madrileño, como en tiempos de los césares, al poder imperial de una nueva Roma mediante réplica del coliseo incluido, con la presencia del procónsul Florentino y la gobernadora Ayuso.

O sea, que esas nobles 80.000 almas que prácticamente llenaron el Bernabéu para disfrutar del encuentro entre Dolphins y Commanders debieron presentarse allí con la boina calada hasta las cejas desde casa, para someterse dócilmente a un rito extraño, ajeno y desconocido, pero consagrado por el oropel de la riqueza, el prestigio del espectáculo bien armado, asunto que los vecinos de Washington dominan a la perfección desde el inicio.

Prospera ahora un cierto antiamericanismo miserable, ignorante, pero sobre todo decididamente hipócrita, un repunte que siempre suele darse cuando allí gobierna algún republicano (tenidos siempre por necios y mentirosos: Nixon, Reagan, Bush y ahora Trump), como si aquí no anidaran similares aves rapaces incluso entre gobernantes de distinto signo político.

Lo último es que, según ha publicado el Instituto Elcano, a los jóvenes parece que los chinos ya les caen hasta mejor. Con lo cual, habría que cambiar de destinos y enviarlos a todos allí de Erasmus, durante una temporada, para que pudieran ejercitarse en la práctica de la libre expresión, por ejemplo, organizando «manifas» en sus correspondientes facultades para reclamar la autonomía del Tíbet.

Pero como sucede en tantas ocasiones, la tozuda realidad no coincide con el frío apunte estadístico (Tezanos). Si fuese cierto que nuestra juventud (y no tanto) reserva una furibunda inquina para todo aquello que huela a estadounidense, ¿cómo se explicaría, entonces, que en España se hubiese renunciado ya a recordar como es debido a los difuntos hasta cambiar buñuelos y huesos de santo por la dulcería industrial del absurdo «truco o trato», intento pueril de espantar con disfraces y travesuras algo tan serio como la propia idea de la muerte, única certidumbre plausible?

Y siendo tan proclives al mandarín, seguramente superior a la torpe lengua cervantina, rezagada ante quien inventa en otro idioma, ¿por qué no incorporan al habla cotidiana algunos de los giros de la lengua de Mao en lugar de introducir, cada dos por tres, un «random» o lo «cringe» en sus conversaciones, que por escrito suelen culminar en un escueto «LOL» u «OMG»? Como haría cualquier adolescente de Arkansas.

A lo mejor se piensa que los estrictos códigos de conducta derivados del «wokismo» surgieron de algún seminario consagrado a rescatar del olvido el pensamiento de Ortega, Zubiri o María Zambrano. No ha ocurrido así.

Los dogmas de esta nueva tiranía de la virtud perfecta, que a veces induce a algunos hijos a mirar a sus progenitores por encima del hombro, con una mezcla de desdén, condescendencia y odio si a éstos se les ocurre servirse una copa de vino durante el almuerzo, o ya no digamos encender un puro en el rito de la sobremesa, se fraguó entre la élite de las universidades norteamericanas, esas que Delibes llegó a comparar, en su ejemplar topografía, con la Ciudad Universitaria madrileña «sólo que con mejores céspedes en los espacios libres y más gótico inglés en sus edificios».

Y, por cierto, el «True Crime», al que son tan adictos como lo eran sus abuelos a las páginas de El caso, aunque tuviese un antecedente en la Biblia, con aquel litigio entre Caín y Abel con tan mal final, prácticamente lo creó un narrador nacido en Nueva Orleans, Truman Capote, a partir de A sangre fría.

Así que el nuevo idilio será chino, pero en el fondo, todos más yanquis que la crema de cacahuete.

Las oportunas reflexiones de un Papa cinéfilo

Al Papa León XIV se le han echado encima, estos días, por haber tenido la audacia de reunir en el Vaticano a un grupo de esos reconocidos militantes ateos del cine, no todos.

No se entiende bien que Robert Prevost nació en el país del Hollywood dorado y que, como tal, sienta una natural fascinación por sus estrellas: de hecho, de sus cuatro películas preferidas, tres se rodaron en EE. UU.

Y a los actores de este calibre se les suele permitir todo, incluso, como escribió Edgar Morin, que salten de amor en amor «a condición de permanecer fieles a la gran cita de amor colectivo de las salas de cine».

Estos artistas (el director Spike Lee aprovechó para regalarle al pontífice una camiseta de los Knicks: el deporte, la otra gran religión americana) no se presentaron en San Pedro para que el nuevo purpurado los absolviera de unos pecados que no reconocen, su condición de estrellas, ya digo, los exime, siempre que prolonguen sus éxitos.

Acudieron hasta el sagrado recinto a escuchar pacientemente y, ya de paso, retratarse para amigos, familiares y su público.

Si hubiesen asistido a una celebración similar programada por algún sucesor de Jomeini, la emboscada quizá le habría valido a Hamás para llevarse a unos cuantos infieles por delante o, al menos, secuestrarlos. Pero el cristianismo, en su esencia más pura, es una religión de amor que no se cobra las vidas de los discrepantes: reconoce la duda, procura el debate, escucha y comparte su mensaje sin avasallar a nadie. Y que luego cada cual decida: la esencia de la libertad.

Los jesuitas de mi colegio fueron los primeros a los que escuché hablar de las enseñanzas de Confucio y Buda, lo que no estaba reñido con lo otro. Esa apertura intelectual es la que ha propiciado esta distinta «emboscada» del santo padre. Condujo a sus célebres invitados hasta allí no para reñirles, sino para ganarse la atención de los medios sobre lo verdaderamente importante, su mensaje.

León XIV pronunció un discurso vibrante, no solo bello en la forma, más que «muy bueno» (como lo definió Albert Serra, Tardes de soledad, único invitado español), necesario en estos tiempos de caótica promiscuidad digital al servicio de imágenes engañosas.

Búsquenlo, posee todo el hondo encanto de la verdad enunciada además con tintes poéticos, como cuando afirmó que «el gran cine no explota el dolor: lo acompaña, lo investiga. Eso han hecho todos los grandes directores. Es un acto de amor dar voz a los sentimientos complejos».

Que los rebuznos de quienes han criticado la iniciativa de León XIV no impidan apreciar el valor de sus palabras, la férrea defensa del gran arte popular de nuestro tiempo como educador de la mirada; de las propias salas: «corazones palpitantes de nuestros territorios, porque contribuyen a la humanización de las ciudades», y de los profesionales del sector como imprescindibles «testigos de esperanza, de belleza y de verdad».

Entre el populismo del anterior, y la algo distanciada intelectualidad de Ratzinger, parece que Léon XIV comienza a dar en el clavo al fijarse en algunos de los asuntos primordiales de su tiempo, el nuestro. Lo ha hecho para fijar postura reivindicando la necesidad de que el audiovisual (para él, simplemente el cine) refleje «la aventura espiritual del ser humano». Nada menos lo que hacía uno de sus favoritos, Frank Capra.

Pedro se olvida del próximo Pavarotti

Bien lejanos quedan ya aquellos tiempos en los que un político, socialista en este caso, como Helmut Schmidt tocaba el piano. Aquel cultivado canciller alemán, que gastaba un flequillo a lo Hitler, llegó a grabar un par de discos con conciertos de J.S. Bach y W. A. Mozart para uno de los principales sellos.

Ahora Pedro Sánchez se disfraza con la chupa vaquera y acude hasta Radio 3 para compartir sus gustos viejunos con una audiencia de indolentes carcas, que apenas le atienden porque ya se saben la lección, para lo que está allí.

Habría hecho mucho mejor, si lo que realmente desea es epatar a los jóvenes, si el mismo día del partido de fútbol americano hubiese montado una acampada en Chamartín en defensa de los oprimidos pueblos indígenas, que en aquella gran nación sí lo fueron acaso de verdad.

Albares también podría haberle acompañado. Le hubiera bastado con cambiar las plumas de Cuauhtémoc por las de Toro Sentado, aunque se arriesgase a que lo confundieran con uno de Village People camino del estadio, que además ahora votan a Trump.

Para hacerse más guay, si cabe, el camaleónico inquilino monclovita ha subido a su Tiktok una de las perlas de Rosalía, a la que pocos días antes ya había felicitado a través de sus redes sociales por su indiscutible triunfo mundial.

En esa misma semana, a través del New York Times, Peter Gelb, el gerente del primer teatro norteamericano, el Met de Nueva York, anunciaba al mundo que el sucesor de Luciano Pavarotti ya se encuentra entre nosotros, y además es español.

Gelb afirmó que, «posiblemente», el joven donostiarra Xabier Anduaga se convertiría en la nueva figura de la ópera, el equivalente artístico del popular tenor italiano. A Plácido Domingo ni lo nombran porque en Manhattan, como en Madrid, continúa condenado sin juicio ni pruebas de unos supuestos delitos.

Eso a pesar de que, en Italia, al cantante nacido en la capital (calle de Ibiza, cerca del Retiro) le acaban de entregar el Premio Puccini por su ejemplar carrera, y el año próximo actuará en el Festival de Torre del lago, donde nació el creador de Madama Butterfly.

Ya se sobreentiende que Domingo seguirá proscrito en su patria hasta que haya nuevo gobierno, cuando quizá se le rinda el homenaje merecido. Pero Sánchez también podía tener un detalle con el nuevo fenómeno Anduaga en forma de twitt, aunque este interprete divinamente el Stabat mater que Rossini compuso por encargo de un clérigo gallego, predicador de Su Majestad, al que Galdós retrató como «un magnate, superior por mil conceptos a los estirados e ignorantes señorones de su época, a los rutinarios y suspicaces ministros», y no esa cosa tan moderna del nuevo misticismo por bulerías electrónicas.

¿También los nuevos músicos de Meloni son fascistas?

En Italia continúa la polémica por la designación de Beatrice Venezi, una joven directora de orquesta, de derechas, como nueva responsable musical del Teatro de La Fenice, el principal de Venecia y uno de los más antiguos de Italia, con el que Wagner mantuvo una estrecha relación.

Los sindicatos de izquierdas (el de derechas, no) vinculados a La Fenice han montado ya varias manifestaciones callejeras, a las que se han unido músicos de las orquestas de otros conocidos coliseos líricos (La Scala, Roma, Turín), para protestar contra Venezi por su escasa preparación, señalan.

El ministro de Cultura, Giuli, les ha contestado que no van a cambiar la decisión, y que con el tiempo esta mujer se convertirá «en la princesa de Venecia». Mañana es la inauguración de la temporada, y se espera algún tipo de jaleo organizado.

Lo curioso es que mientras los peones, los integrantes de orquestas y coros, se hacen oír, en la cúpula musical se observa un silencio muy revelador. Riccardo Muti, el gran pope de los directores italianos, no ha dicho nada, en ningún sentido. Tan solo ha salido Fabio Luisi (que este fin de semana actuó en Madrid) para declarar que Venezi debe retirarse de la contienda: no por ser mujer o de derechas, sino por incompetente para el cargo, según su criterio.

Las cartas comienzan a ponerse encima de la mesa. Dos de los más influyentes músicos de hoy, el director de orquesta Michele Mariotti y la pianista Beatrice Rana, parecen haber aceptado los nuevos cargos que les ha propuesto la primera ministra italiana. Mariotti se dispone a asumir la titularidad de la Orquesta Sinfónica de la RAI, mientras Rana será consultora del Festival de dos mundos de Spoletto.

Cuando los aires de cambio parecen consolidarse, ya no como el inesperado fruto una leve brisa primaveral, el calculado silencio suele convenir a quienes astutamente aguardan un trozo del pastel.

También ocurrirá aquí, donde ya cesan los manifiestos, muy pronto. Igual que san Pedro, viejos y recientes camaradas renegarán de haberlo siquiera saludado, y entonces se abrazarán al nuevo líder en las fotos, aunque en el fondo lo detesten y hablen mal de él en privado. En realidad, solo se aman a ellos mismos.

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