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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

¡Los marcianos ya están aquí! Si lo dice Marco Rubio…

Un esperado documental reanima la cuestión de la presencia alienígena entre nosotros, mientras regresa también Umbral, Ayuso hace un buen negocio con Woody Allen para Madrid y Fernán-Gómez quiso ligarse a Ava Gardner

La actriz Emma Stone en 'Bugonia' de Lanthimos

La actriz Emma Stone en 'Bugonia' de LanthimosEuropa Press

Prepárense, porque justo después de esta reciente moda de las novicias, que tiene más que ver con imposturas, disfraces y marketing, y muy poco de lo genuinamente espiritual, en nada, llegará la de los marcianos.

El pasado fin de semana se estrenó en España Bugonia, la última película de Lanthimos, un nuevo director de culto, donde se cuenta que los extraterrestres ya están aquí, entre nosotros. Es más, llevarían ya algún tiempo conspirando en secreto sin que se sepa muy bien para qué, a veces camuflados entre los consejeros delegados de las grandes corporaciones.

Hace algunos años, la madre psiquiatra de una novia me contó que no eran ni uno ni dos los casos de reconocidos timoneles de la industria que, una vez en su consulta, le habían confesado que la televisión les ordenaba hacer cosas, fuera de los horarios de las emisiones programadas. O sea, que algún ente perverso (y no era RTVE) se introducía en los aparatos para controlar sus vidas desde ahí. Por eso mismo, quizá, los psiquiatras también se tratan entre ellos.

Pero lo que no se presenta como una ficción parecida al entretenido filme que protagoniza la siempre fabulosa Emma Stone es el documental que, a partir ya de su inminente estreno, el 21 de este mes (en cines de todo EE. UU. y en Prime Video, también en España), quizá logre situar en el centro del debate una cuestión ciertamente incómoda: ¿Estamos solos en el Universo?

En The age of disclosure (sin título en español, el que crea nombra), Dan Farah, productor en su día, con Spielberg, de Ready player one, ha reunido los testimonios de treinta y cuatro personas que, de modo más o menos explícito, vienen a asegurar que los alienígenas no solo nos visitan de manera asidua y certificable, sino que incluso algunos se permiten parar en las bases donde se almacena el armamento nuclear para encender y apagar misiles de vez en cuando.

Lo particular de esta parecida nueva entrega a lo JJ Benítez consiste en que los testimonios reunidos, ahora, corresponden no a individuos reclutados de la barra de alguna cutre taberna en los confines de Alabama. Aparecen aquí, sin ocultarse, desde senadores y diputados de ambos partidos, republicanos y demócratas con acceso a las comisiones de inteligencia del congreso norteamericano, hasta generales del ejército, prestigiosos espías y muy acreditados científicos.

Pero las declaraciones más inquietantes quizá sean las que provienen de Marco Rubio, no tanto por ser el secretario de Estado del Gobierno de Trump (que algunos estimarán como una suerte de carta blanca para el natural desbarre) y consejero de Seguridad Nacional, sino porque este antiguo abogado fue, en su momento, presidente del Comité de Inteligencia del senado de su país. Su acceso frecuente a informaciones de la máxima delicadeza parece fuera de toda duda.

En el documental, Rubio no solo reconoce que se han detectado ciertos aparatos no identificados sobrevolando centros nucleares restringidos (lo cual podría atribuirse a potencias enemigas pero, por el contexto, no parece ser ese el sentido de su afirmación), sino que a los registros completos de información confidencial sobre ovnis y alienígenas ni siquiera tendrían acceso los presidentes de EE.UU., gente de paso a los que se les comunican solo determinados detalles parciales.

Es decir, que existiría algo así como una organización supraestatal encargada de procesar, en la sombra, todo lo que se sabe acerca de estos fenómenos. Lo cual avalaría la tesis de varios de los participantes en la cinta: en estos momentos, se libra un inédito episodio de la guerra fría que recuerda a los tiempos del Proyecto Manhattan.

Esta vez, lejos del escrutinio de la opinión pública, los científicos de distintos países trabajarían contrarreloj para descifrar los secretos que, más allá de la ingeniería, pudieran derivarse de los restos recuperados de naves alienígenas que tendrían bajo secreta custodia. Eso lo cuentan ahí sin despeinarse.

Que todas estas revelaciones no sean más que conjeturas o patrañas está aún por verse. Pero lo que parece seguro es que cada vez son más los individuos con altas responsabilidades públicas, cuyas carreras podrían acabar abruptamente si se considerase que simplemente deliran, que comienzan a preguntarse, como los integrantes de Pink Floyd, Is there anybody out there? (¿Hay alguien ahí fuera?).

Vuelve Umbral, entre batas blancas y de guatiné

Francisco Umbral, en un artículo de 1987, escribió: «Como nunca van a venir los marcianos, no vamos a tener ocasión de relacionarnos, ya, más que con las señoras de los cócteles, y sus musicales hijas adolescentes, que nos miran entre la oscuridad y el asco». Tampoco se equivocaba el gran escritor, solo le faltó tiempo.

No había ya casi qué leer y, próximas las navidades, la editorial Renacimiento se adelanta con un par de regalos: Yo, Umbral y El corazón y la luna, sendos volúmenes de artículos, hasta ahora nunca publicados en libros, de los que el egregio escritor de periódicos entregó puntualmente, durante varias décadas, a la pira sagrada de la revista Jano.

Recuperados de entre las cenizas, vuelven a la vida estos luminosos rescoldos de prosa lúcida, ingeniosa y lírica que nos reconcilian con un tipo de articulismo superior, ya prácticamente en desuso: hoy, cada columna le valdría una cancelación; los disgustos ya iban incluidos en la nómina de quien creía que «mejor morir escribiendo que vivir vegetando».

Aunque surgieron del encargo de una publicación de médicos, entre sístoles y diástoles, Umbral hunde su escalpelo en la cotidianidad, la espuma, el fulgor y el remanso de los días, pocas veces propicios a las grandes obras. Así cuando se dispone a hablar del corazón, el órgano muscular es solo un mero pretexto para referirse al otro, o sea, la representación o atrezzo del amor y, ya de paso, meter también a Quevedo. Un regalo para el espíritu y el goce más común de la santa risa este reencuentro inesperado.

La película de Woody Allen, otro acierto de Ayuso

«Los ricos tienen el tiempo y los pobres tienen los días», como también dijo Umbral. Fernando-Fernán Gómez, del que ahora acaba de reeditarse, otra vez, El tiempo amarillo, sus entretenidas memorias, siempre aspiró a lo primero. Pero le tocó trabajar durante toda su vida en largos periodos: cuando comenzaba en el teatro, los fines de semana actuaba tres veces porque los domingos había sesión doble.

A Fernán-Gómez la gloria, si se puede llamar así al éxito efímero de los reconocimientos oficiales, las críticas laudatorias, los homenajes populares y tal, le importaba un comino. A él lo que de verdad le habría gustado, según declaró más de una vez, hubiese sido vivir rodeado de riqueza, lujo y comodidades. Tampoco debió tener suerte con la lotería, como aquel compañero suyo al que le tocó el Gordo y dijo que, a partir de entonces, La venganza de Don Mendo volvería a hacerla su prima.

Se ve que al autor de El extraño viaje las películas, los artículos y esas cosas no le dieron para llenar su casa con tapices y tener en nómina a varios criados filipinos, que es lo que realmente ambicionaba.

En realidad, su frustrada vocación fundamental habría consistido en poder abandonarse para siempre a la falsamente denostada pereza, cultivar la desmemoria de los días en un ocio infinito que le permitiese huir de las relaciones sociales, los trabajos, buscar aparcamiento y todo ese jaleo. No pudo ser.

En lugar distinto, otro extraordinario cineasta, Woody Allen, tuvo siempre claro, desde muy joven, que sus precarios talentos debía monetizarlos bien para escapar lo antes posible del feo barrio, poder comprarse las cosas que le gustaban y llevar a sus ligues a restaurantes caros y elegantes como los que luego sacaría en sus películas.

Leyendo sus varias biografías, se entiende que nada en la vida le hiciera tanta ilusión como ganar su primer millón de dólares, gracias a su habilidad para los chistes. Esa dicha no la hubiese cambiado ni por la posibilidad de haber podido rodar, él mismo, un Ocho y medio como el de Fellini, quizá su película favorita, o alguna de las de su adorado Bergman.

Allen tuvo el instinto, la voluntad y la imprescindible suerte para lograr financiar su burgués estilo de vida, el que siempre pretendió, a través del arte más popular, sin llegar a considerarse nunca él mismo un artista, quizá en un exceso de modestia o de lucidez.

A partir de que sus filmes empezaron a tener éxito, se atuvo cada año al mismo programa: un par de meses de escritura, otros tantos para el rodaje y el resto del tiempo consagrado a la lectura, ver películas de otros, frecuentar a mujeres hermosas, llevar los niños al colegio (consecuencia de lo anterior), tocar el clarinete (otro de sus talentos que también convirtió en fuente ingresos como buen judío), cenar en los mejores locales y asistir a los partidos de los Knick’s, cuyo abono no es precisamente barato.

En los últimos años, y por esas cosas de la «caza de brujos», Allen ha visto alterarse su confortable plan vital: los del cine lo vetaron por no soliviantar al feminismo más beligerante, a cuenta de las denuncias de una ex malhumorada y algo lunática.

Por eso ha tenido que publicar varias cosas (se ve que las editoriales son más flexibles). Pero seguramente los libros no le alcancen para pagar la luz del ático, y en estos últimos tiempos andaba mendigando un regreso a los rodajes que primero le solicitó a los rusos (y no se dieron por enterados) y ahora a Isabel Ayuso, cinco minutos antes de marcharse a Arabia.

Los chacales patrios ya se han lanzado a intentar morderle la falda a la presidenta madrileña, pero ella, que la usa blindada de espantos, ha hecho exactamente lo mismo que Woody Allen: un estupendo negocio.

Por millón y medio de euros, el director sacará Madrid como lo que es, esa ciudad cosmopolita, abierta y acogedora a la que el turismo internacional acude para llenar sus locales de moda, pasear mecido por la tibieza otoñal y hasta recrearse en Goya, Velázquez y el otro nuevo museo de Florentino.

A lo mejor hasta le sale una buena película, que últimamente anda un poco flojo, aunque la cobrará igual. Y Madrid dará así lustre al título de la película, y no al revés (porque antes ya estaba aquí y seguirá renovando el hechizo siglos después), sirviéndose, de paso, de la prestigiosa promoción en salas y plataformas de todo el planeta para ganar nuevos visitantes que vengan a gastar, porque tampoco sabemos de otras industrias.

Eso que los burócratas llaman «el retorno», la oportunidad del gasto, que en política debe considerarse siempre inversión, está garantizado. No hay más cuestión.

Fernán-Gómez y Ava Gardner, encuentro fugaz

Allen no solo superó a Fernán-Gómez en dineros (cuestión de mercado: hay que crear en inglés), parece que también tuvo más fortuna en el ámbito de las conquistas, otra de las humanas flaquezas del pecador intérprete español; con el agravante, además, de que resulta de las más arraigadas y duraderas. «Yo tengo noventa años, y le aseguro a usted que la fascinación por la mujer no se pierde nunca», le dijo el escritor Corpus Barga a Umbral, una vez que se lo encontró por Madrid.

Allen, que en alguna de sus películas afirmó que, en otra vida, le gustaría poder reencarnarse en los dedos de Warren Beatty (impenitente seductor), en realidad demostraba, otra vez, una falsa humildad: tuvo como compañeras, también fuera de los rodajes, a Louise Lasser, Diane Keaton, Mia Farrow…

Tampoco es que Fernán-Gómez se quedara muy atrás en ese terreno, pero parece que la asignatura de la divinidad hollywodiense se le resistió. También es cierto que, en su caso, el objetivo elegido parecía inalcanzable para cualquier mortal que no fuese Luis Miguel Dominguín, un fuera de serie… o El Fary (seguramente una leyenda).

Cierto día, en aquel Madrid canalla de otros tiempos, también propicios al jolgorio a su modo, Fernán-Gómez acudió a una celebración en casa de Lola Flores, o alguien así. Allí lo deslumbró la presencia de Ava Gardner, la mujer más hermosa que sus ojos habían alcanzado a ver hasta ese momento, y quizá por la eternidad.

Sin dominio de la lengua de su colega (el inglés, sin eso no hay mercado ni casi nada), Fernán-Gómez hubo de echar mano de un intérprete para abordar la seducción del denominado por la publicidad «animal más bello del mundo».

Tras un breve intercambio de frases, lugares comunes, la actriz, que ya parecía aburrida (y además tenía muy cerca a Frank Sinatra, al que habían convencido para que cantara Stormy weather: eso eran fiestas y no las de Almodóvar o los Javis), se esfumó no sin antes dejarle al aprendiz de don Juan un recado con el traductor.

El hombre se acercó al director de El viaje a ninguna parte y, sin más, le dijo: «Que dice la señora que le diga que si lo que usted tiene son ganas de f…, mi mujer está disponible».

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