El párroco Sánchez y la fuerza del destino
¿Qué causa más daño: la ciega irresponsabilidad que provoca una tragedia o la voluntad deliberada de producirla? Mientras Julio Iglesias quizá no domina al perro hambriento y Valentino «inventó» su rojo en España
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, este lunes, en Adamuz (Córdoba)
La cúpula del socialismo se halla a un paso ya de convertirse al catolicismo, en unas pocas horas. Lo que en otro tiempo se hubiera imputado sin ninguna duda a la mano criminal del hombre, y no de cualquiera, en estos casos siempre del adversario político, ahora se le atribuye al destino.
La fatalidad estaba ya anunciada (falta ya poco para hablar de designio divino, de intervención de la Providencia). En ciertos discursos, para nada improvisados, durante el primer minuto, al alabar la lealtad de «las instituciones del Estado», casi se llega a incurrir en el desliz de apelar a una cierta caridad cristiana para no enturbiar el ambiente.
Sánchez, siempre peleado con la elegancia entendida como Valentino, la búsqueda eterna de la belleza del mundo en cada detalle, bajo la chaqueta del traje azul eléctrico se puso para la ocasión del domingo un suéter negro (única concesión al luto) de cuello vuelto para dejarse ver por el lugar de la tragedia.
Pedro Sánchez, Óscar Puente, María Jesús Montero y Juanma Moreno, en la zona del siniestro ferroviario en Adamuz
El atuendo le proporcionaba un cierto aire sacerdotal, de cura revolucionario, un poco a lo Ernesto Cardenal (también poeta como él), quizá para mimetizarse y hacer más creíble el discurso que tocaba: la apelación al responsable sosiego institucional envuelto en dolores impostados. «Misericordia, Señor» (sobre todo para nosotros, parecía reclamar con el corazón contrito).
Aunque en las mentes más lúcidas y librepensadoras (tampoco había que ser Unamuno), la enésima argucia nunca llegó a prosperar, ni siquiera en el terrible desconcierto del primer instante: el dolor, la solidaridad, el espanto no podían confundirse con la claudicación colectiva; la decencia que no contemplaron otros (ahora escondidos en montañas no tan lejanas) con el gesto connivente que ampara la chapuza de funestas consecuencias.
La bravura de los señores Rubido y Ventoso ya apuntaba ayer mismo, en estas páginas, hacia la presencia del incómodo elefante en la habitación de Adamuz. Quizá no lo afirmasen con esta absoluta rotundidad, pero la prudencia no escatimaba la verdad del enunciado implícito: el PSOE ya tiene su propio 11-M.
Algo tan aburrido, pero imprescindible, como puede ser mantener el correcto funcionamiento de las vías del tren, nunca se deja en manos irresponsables
Porque, puestos a comparar sobre quién o quiénes ejercen el terror de una manera más premeditada, contumaz y eficiente, ¿acaso serían estos los delincuentes reclutados para perpetrar una masacre por un puñado de dólares, o la promesa de futuras recompensas en el paraíso reservado a los heroicos muyahidines; o, por el contrario, aquellos que, en beneficio propio, renuncian conscientemente a la tarea de procurar el bien común de sus gobernados aunque de ello puedan derivarse fatales consecuencias, tan trágicas como las necesarias pérdidas humanas?
En ambas situaciones, siempre podrá alegarse que, para las víctimas, ahora alojadas seguramente en un lugar mucho mejor, el destino se hallaba escrito en el viento.
Pero enfrentarse al albur de los designios de un criminal descerebrado al que te cruzas en un día aciago debiera resultar menos probable que poder confiar en que el Estado vela porque puedas llegar a tu casa sana y salva, después de haber asistido a una función de El Rey león, en otra ciudad, como regalo de Reyes.
Algo tan aburrido, pero imprescindible, como puede ser mantener el correcto funcionamiento de las vías del tren, nunca se deja en manos irresponsables, y ahora seguramente machadas de sangre; al menos nunca en los países del llamado primer mundo.
Julio Iglesias y el perro hambriento
Si cierro los ojos aún puedo evocar el lento tránsito por la casa de aquel anciano, centenario, que se movía de una estancia a otra arrastrando los pies, parsimonioso, pero aún erguido, con cierta cadencia de zombi.
Era alto, moreno, magro de carnes y apenas hablaba: de vez en cuando farfullaba alguna gracia privada que le permitía asomar su nívea dentadura entre los finos labios. Tras soltar la ocurrencia, de la que apenas se lograban apreciar un par de palabras, y que solo en él suscitaba la carcajada, proseguía su calmoso peregrinar por la casa.
Nunca vi aquel hombre empeñado en lecturas, ni frente a la tele. Su principal actividad consistía en sentarse en una mecedora, próxima a la calle, y ver pasar la vida un poco como el padre del protagonista en Landman, la estupenda nueva serie de Taylor Sheridan, que arrasa en Estados Unidos y va por la segunda temporada.
Julio Iglesias en Hawai
Pero, por las noches, de vez en cuando, solía intentar improbables incursiones en las habitaciones de las mucamas. Esto lo sabíamos por su hija, que abroncaba al irresponsable delante de todo el que estuviera delante, si era de confianza. «Papá, ya te he dicho mil veces que dejes de molestar a (fulana, quien fuese… )… Ha vuelto a quejarse de que anoche fuiste a tocar en su puerta».
Nunca se conoció que aquel caribeño recio, con más de un siglo de existencia acumulada, hubiera logrado su objetivo. De hacerlo, el relato de lo que allí hubiera pasado seguramente habría sido más propio de una comedia con Peter Sellers que de un espantoso intento de violación. En cualquier caso, ambos supuestos resultarían igualmente reprobables, repugnantes, delictivos.
Como quizá sepa a estas horas Julio Iglesias, el auténtico mal para tantos hombres consiste en la imperiosa urgencia de seguir alimentando al perro hasta el final de sus días
Lo único cierto es que Amado, que así se llamaba aquel señor (lo que podría haber logrado García Márquez con este par de detalles…), en el tiempo de descuento de su plácida existencia en la que tuvo varias mujeres (a una chica que vio embarazada le dijo, en una ocasión: «el bebé que llevas ahí dentro es una niña, y algún día me casaré con ella». Así fue), no logró domar jamás al perro hambriento que suele acompañar siempre a todo hombre.
Pascal dijo que el mal de todas las personas tenía su raíz en el deseo satisfecho de abandonar su habitación. Pero como quizá sepa a estas horas Julio Iglesias, el auténtico mal para tantos hombres consiste en la imperiosa urgencia de seguir alimentando al perro hasta el final de sus días.
Conviene deshacerse del can, anestesiarlo para evitar mayores pesares… pero ¿y si dispones de todo el tiempo, la voluntad y los medios para complacerlo? El juicio, si llega a haberlo (ojalá que no, porque no se aprecie delito), será apasionante.
Valentino descubrió el rojo en España
Durante su juventud, Valentino asistió un día a la ópera en Barcelona, la ciudad española que todavía hoy ejerce la primacía lírica en este país: en medio mundo se habla ahora del triunfo, allí, de Lise Davidsen, la diva de nuestro tiempo, al haber elegido el Liceo para cantar su primera, histórica Isolda.
El día que el diseñador (que ya había nacido modisto) acudió al teatro de la Rambla ponían Carmen. Y en una de las escenas le alcanzó como el rayo de alguna divinidad clásica el rojo del vestuario elegido para las mujeres: coristas o figurantes.
De aquel asombro inaugural (tan español como Carmen) surgió la principal idea que lo convertiría en el último gran emperador de la moda, comprometido hasta el final de su vida con la persecución de la belleza absoluta: ya fuera en los espléndidos vestidos que concibió para las mujeres más fascinantes de su época (Audrey Hepburn, Jackie O., …) o en la preservada magnificencia de los rosales que adornaban los jardines de sus mansiones, como la que poseía cerca de la Via Appia romana, por donde solían desfilar las victoriosas legiones de César, y el lugar en el que lo encontró la parca.
En un reciente reportaje, The Guardian acumulaba fotos recientes de algunas de las espantosas producciones de ópera que se ofrecen por el mundo, a precio de oro, cuando lo que suelen aportar, en cambio, tantas veces, es basura. De manera literal. Las imágenes del medio británico son un catálogo de los despojos, materiales de construcción o deshechos hospitalarios con los que muchas escenografías actuales pretenden ofrecer un reflejo, a través de las obras de grandes creadores del pasado (e incluso alguno actual), de lo horrible que resulta vivir en este asco de mundo que nos ha tocado; así se trate de una desenfrenada comedia de Rossini.
Si un nuevo proyecto de aquel tempranamente conmovido Valentino acudiera hoy al Liceo y cerrase los ojos volvería a congraciarse con la belleza absoluta gracias a la extraordinaria voz de Lise Davidsen, fiel intérprete de lo que Wagner quiso transmitir a través de su música.
Pero si se le ocurriera abrirlos en este u otro teatro, quizá ya nunca soñara con vestir a las señoras como primeras damas de legendarios reinos donde aún se veneraba la hermosura bien cosida al artificio que hace soñar.
Posiblemente acabaría alquilando su talento para alguna multinacional de la uniformidad despersonalizada, y si alguien le encargar diseñar el vestuario de una ópera, propondría alguna variante de los pijamas con los que tantos adolescentes acuden hoy a sus citas de fin de semana, última expresión del desenfado.