Fundado en 1910
César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Todos los gobernantes son censores

Los gobernantes siempre han pretendido, en todo tiempo y lugar, controlar la crítica; mientras la IA se alía con el comercio para extender el uso del catalán, un escritor apunta hacia la posibilidad de defecar en las calles españolas como uno de los éxitos del turismo y los millones del oro negro podrían no ser suficientes para salvar al primer teatro lírico de EE. UU.

Jimmy Kimmel haciendo un chiste en la gala de los Oscar

Jimmy Kimmel haciendo un chiste en la gala de los OscarGTRES

El principal objetivo de los partidos políticos, en cualquier sistema, democrático o no, es perpetuarse en el ejercicio del poder. El sueño de Spinoza acerca de que «el fin del estado es pues, verdaderamente, la libertad», no pasa de ser una vana ilusión. Por eso una de las primeras tareas del gobernante consiste en eliminar todo amago de crítica acerca de su proceder, lo que suele lograrse mediante la sangre o el oro, el palo o la zanahoria, habitualmente un cóctel de ambos.

Véase cómo, en España, una vez alcanzada la democracia, los distintos líderes de las mayorías políticas han intentado procurarse el favor (o someter) de quienes deberían ejercer la imprescindible crítica «contra el poder y sus abusos, contra la seducción de la autoridad, contra la fascinación de la ortodoxia», como señalaba Octavio Paz.

Felipe González tejió una beneficiosa alianza con el más audaz, inteligente y taimado entre los empresarios periodísticos de su tiempo, cuyos efectos se prolongan hasta hoy: aquel medio, con sus ligeros matices, continúa al servicio del partido, incluso cuando éste no dispone del poder absoluto: la descentralización ha logrado que la tarta se divida entre las distintas administraciones, desde las autonomías hasta las diputaciones y ayuntamientos, tan eficientes en el reparto de publicidades, convenios y otras fuentes de financiación.

Aznar aspiró a derogar esa entente a cañonazos: primero mediante el imperio de la ley, que también tiene a sus favoritos, y más tarde con el intento de crear un grupo mediático que ejerciera como contrapeso y, quizá con el tiempo, propiciase el «sorpasso».

El caudal inextinguible (o casi) de las arcas públicas no siempre es suficiente para satisfacer los designios del emperador: acometer determinadas obras, en un tiempo limitado, exige enrolar a grandes talentos a la altura del empeño, buscar profesionales en lugar de amigos, parientes o partidarios. En eso no hubo acierto, y la empresa resultante de la idea aznarista se diluyó en la nada de las cuantiosas indemnizaciones.

Zapatero, que podía conformarse con seguir navegando a favor de la corriente, pues el viento, superada la frustrada intervención de los dioses para alterar la meteorología, le era propicio, venía ya con nuevas amistades que le soplaban al oído la conveniencia de cambiar de aliados sin tener que someterse a la tiranía de viejas obediencias: en los nuevos aires se atisbaban otras posibilidades de negocio.

También el hoy consejero áulico de Maduro quiso jugar a aprendiz de brujo en el diseño de un nuevo panorama mediático y, al final, tuvo que conformarse con que su invento compartiera solo una porción del pastel. La principal permaneció, una vez más, en manos del mismo patrón de siempre, que obró con la mayor cautela de una esposa traicionada, pero decidida a resistir por los niños y el barco: fingió inicial enojo, le bastó enseñar un poco las uñas para al final mantenerse en el lugar de los máximos privilegios. En España, el que resiste gana.

Rajoy, con su imagen de bonachón eternamente despistado, no tuvo reparos en cepillarse a uno de los grandes líderes de la opinión española, su tradicional aliado, cuando éste quiso apuntarse el tanto de un Watergate ibérico, a su costa.

Y en cuanto al poderoso enemigo de allende los tiempos, cuando parecía ahogarse por su propia mano (la mala gestión), en lugar de facilitar que se fuera solo a pique, el gallego se cuidó de auxiliarlo con los recursos a su alcance, evitándole el naufragio solo para que volviera por sus fueros cual escorpión: intentando derribar a quien precisamente, ahora, le había salvado la vida. Una auténtica genialidad.

De Pedro Sánchez poco queda por añadir que no se haya dicho ya, aquí mismo. Cabría señalar, quizá, que, contra lo que pueda creerse, y su imperturbable afán, tesón y voluntad censores, es el que peor fortuna ha tenido en su intento de someter a los discrepantes. Y no por falta de ganas.

Ha demostrado ser el más burdo ariete en la consolidación del logro de aquello que estableció el comisario de la Cultura, Andrei Zhdánov, al inicio del período soviético, y que obra como auténtico lema de su partido: «La veracidad y la concreción histórica deben combinarse con el cambio ideológico y la reeducación de los trabajadores en el espíritu del socialismo».

Pero sus indisimulados deseos de dominación total chocan, en estos tiempos, con la poderosa ciencia. La tecnología permite, hoy como nunca, que cualquier intento por cercenar la libertad de expresión, al final, se estrelle contra la marea que, en forma de opiniones particulares, encuentran formidables cauces de difusión a través de las redes, móviles y por ahí: posts, podcasts y esos ingeniosos mecanismos de la sátira espontánea que a menudo son los memes, algunos propios de Quevedo.

Entre todos, a la larga, esos instrumentos de la réplica popular resultarán más eficaces que las profecías de Tezanos. Sin olvidar, por supuesto, la relativa facilidad con la que ahora pueden proliferar los diarios digitales, una de las peores pesadillas del zar monclovita, en una época en la que la prensa de papel se ha convertido en una suerte de zombi que sobrevive por puro instinto, no mucho más allá.

Dicho lo cual, se nos plantea a modo de corolario una inquietante, pero necesaria, pregunta. Visto lo visto, ¿hay en este país quien pueda escandalizarse por el conocimiento de lo más pueril y obvio, es decir, que Donald J. Trump expresara públicamente su antipatía y su deseo de eliminar (empresarialmente) a los creadores de opinión y medios opuestos a su indescifrable visión del mundo?

La única novedad en su proceder, frente al resto, quizá coincida con la ausencia de hipocresía en su mensaje, lo que algunos molesta no tanto por lo inesperado de su habitual franqueza, sino por la ausente elegancia del envoltorio. Cuestión de formas porque, en el fondo, unos y otros, aquí y allí, se aplican con similar tenacidad en lo mismo para lo que otros reconocidos maestros de la cortapisa, desde Venezuela hasta Pekín, ni siquiera necesitan justificación, mucho menos amparo legal.

Y, por cierto, Trump ni siquiera ha logrado su objetivo. El pésimo cómico Kimmel (su última presentación de los Oscar resultó patética) ya está de vuelta. Al final, Disney ha reculado tras un raudo nuevo cálculo: parecen más los consumidores de las producciones de este conglomerado del entretenimiento que han reclamado el regreso de su héroe caído, que las protestas acumuladas en su contra. La parroquia debe cuidarse, más en estos tiempos.

Quizá el programa del presentador se dirija a una audiencia escasa (la mitad que Pablo Motos), pero la escandalera entre los seguidores de Disney por el carácter simbólico de su cese parece haber obtenido más peso, para la reputación de la empresa, que los comentarios del otro bando, contrario al reciente sesgo ideológico de un pato Donald woke. Al final, en una democracia asentada, esa es la única censura que cuenta realmente: la que ejerce el mercado.

La nueva realidad avanza, en El Corte Inglés

Mediodía en El Corte Inglés de Callao, Madrid, España. Un hombre maduro se dirige a uno de los antaño amables (hoy ya menos, según la suerte) dependientes del centro comercial. «Buenos días, ando buscando una corbata, pero quiero que me atiendan en catalán. Usted podría…». El empleado, hecho ya a todo tipo de peticiones, esboza una leve sonrisa y le contesta: «No hay ningún problema, solo que tendrá que esperar un momento, el encargado tardará unos minutos, primero tiene que vestirse y luego subir hasta esta planta».

El paisano de Reus, algo contrariado de buenas a primeras, muestra su incredulidad: «Pero, hombre, ¿cómo es esto, ustedes no vienen ya vestidos de casa?». «Si espera un momento –le contesta su interlocutor–, lo entenderá… no tardará mucho… si lo desea, puede ir ganando tiempo conmigo, aunque yo, sintiéndolo mucho, no hablo catalán, soy de Bujalance, Córdoba».

El cliente se aleja del mostrador con gesto desabrido y se encamina hacia el lugar de las corbatas, mientras masculla por lo bajo su indignación: «¡Qué barbaridad! ¡Para esto nos sirven España y sus grandes negocios!». Luego se da la vuelta para dirigirse de nuevo al vendedor, que habla por teléfono: «Espero que esto no se alargue mucho, ¡no tengo todo el día!».

A los diez minutos, más o menos, después de abroncar al comerciante por la demora, por fin aparece, sorteando con aplomo los obstáculos a su paso, un robot del mismo tamaño que su humano compañero. Ataviado con una camiseta del Barça y barretina bien ceñida hasta la frente, acude al encuentro del posible comprador y, una vez ante su presencia, le dice: «Hola, ¿sóc Jordi… en què puc ayudar-lo?».

Podría tratarse de una escena del próximo Torrente, inspirada en una mezcla de Ozores y Blade runner, pero no, sucederá en cualquier momento. La realidad siempre va unos pasos por delante del Arte.

La libertad de defecar en la calle, y que te aplaudan

Fuera bromas. Un catalán egregio, el escritor Vila-Matas, descubrió hace unos años el auténtico, verdadero motivo del éxito de nuestro turismo, que no para de aumentar según las estadísticas que se ofrecen siempre al acabar el verano. En uno de sus dietarios, dejó anotado: «Aquí hasta Barcelona viene todo el mundo a cagarse en la calle, y hasta les aplauden».

A propósito de sus conciudadanos finlandeses, otro autor, Arto Passilinna, comenta en una de sus novelas: «La melancolía flota sobre el desgraciado pueblo y durante miles de años lo ha mantenido bajo su yugo con tal fuerza que el alma de éste ha terminado por volverse tenebrosa y grave».

Y luego sucede lo que, sin exageración, cuenta Vila-Matas. Los bárbaros del norte, sumidos en las lóbregas aflicciones de su eterna melancolía, al llegar el verano, migran hacia el cálido y luminoso sur.

Aquí, además de encontrarse con el espíritu alegre de sus gentes, su naturaleza abierta, espontánea y expansiva, no existen ni el compromiso de observar las más elementales normas de urbanidad ni la ley se aplica con excesivo (casi siempre nulo) rigor a aquellos que infringen las comunes obligaciones de no provocar altercados callejeros producto de excesivas libaciones, no defecar en plena vía pública, o no hacer el amor a plena luz del día en el párking de un centro comercial mientras las mamás (o papás, que nadie se enoje) hacen la compra con sus hijos, ejemplos de las noticias.

Para quienes desean sacudirse el fastidioso fardo de las inhibiciones, España, que se ofrece al mundo como «el paraíso de la libertad individual» (fundamentalmente, la de poder cagarse en la calle y que te aplaudan, como señalaba Vila-Matas), es ciertamente ese lugar soñado de los turistas, en el que hacer un breve paréntesis en sus vidas grises y deprimentes, para alcanzar el dulce sueño de la anarquía ibérica, siempre bajo el amparo de la Unión Europea, por si acaso.

Lo de visitar el Prado, o el Acueducto de Segovia, queda para esos excéntricos privilegiados que nunca han sentido en sus propias carnes el anhelo de la transgresión sin más tasa que la que impone la municipalidad por pernoctar en un hotel.

El salvavidas de Arabia puede no ser suficiente

Hace un par de semanas, el Met de Nueva York, uno de los principales teatros líricos del mundo, anunció un acuerdo de colaboración con la nueva ópera de Arabia Saudí que le serviría para aliviar sus maltrechas finanzas. Aunque los términos absolutos del contrato no se han revelado, el New York Times cifró en doscientos millones de dólares el montante total de una operación que, básicamente, consistiría en trasladar la actividad del coliseo norteamericano al recinto saudí, durante un par de semanas al año, para representar allí algunas de sus montajes de los títulos más populares.

Pero esa notable cantidad, que aseguraría en buena medida el funcionamiento de una compañía lírica en cualquier otra parte del mundo, repartida entre los años 2028 hasta el 2032, cuando se desarrollará el convenio, se quedaría en unos 25 millones por temporada, lo que representa solo entre un 7 % y un 8 % del presupuesto anual del Met: una cifra estimable, pero insuficiente para sanear sus cuentas, según acaba de desvelar ahora otro medio estadounidense, el Wall Street Journal, más familiarizado con los grandes números.

Para el WSJ, los problemas del Met, que acumula déficits temporada tras temporada, (por lo que ya ha tenido que retirar más de cien millones de los 306 con los que contaba para su fondo de emergencia cuando Peter Gelb, su actual mánager, se hizo cargo del teatro), no se resuelven con recortes o más austeridad.

Resulta indispensable contar con nuevas fuentes de ingresos, y la aportación árabe, aunque sustancial, sería solo un parche para lograr hacerle frente a sus inasumibles costes laborales: se comen dos tercios del presupuesto anual de 330 millones de dólares del Met, cuando el resto de los teatros líricos norteamericanos, con recursos muy inferiores (90 millones en el caso de San Francisco, por debajo de 40 en los de Houston, Dallas, Santa Fe o Washington) destinan a este crucial apartado menos de la mitad de sus gastos (alrededor de un 40 %): una política más sensata para los analistas de riesgos.

Con un público menguante para sus óperas (habría que analizar las razones) y el caballo de Troya de las proyecciones cinematográficas en declive (la venta de entradas se ha desplomado después del COVID); sin apenas aportaciones públicas, y el decreciente interés mostrado por donantes privados que solo sacan la chequera, «in extremis», cuando resulta ya inevitable: para tapar este u otro agujero a corto plazo, pero nunca con la intención de formar una hucha que le permita vislumbrar el futuro con cierto optimismo, el horizonte del primer teatro de ópera norteamericano se presenta muy complicado pese la trompetería de estos últimos días.

La aportación saudí es un precioso, e inevitable, salvavidas que el Met ha debido aceptar mirando hacia otro lado sobre la peliaguda cuestión de los derechos humanos que tanto parecen preocuparle en otros casos (la guerra de Ucrania: se ve que Rusia no les ha hecho ningún donativo…). Pero insuficiente, según relata el WSJ, si no encuentra la manera de contener, y sobre todo de rebajar, el déficit generado, en buena medida, por sus mastodónticos costes laborales.

En esta tarea no parecen contar con el beneplácito de los quince sindicatos que ofrecen cobertura a los tres mil empleados de la institución musical: «Ustedes sigan explorando vías como la de Arabia, ese es el buen camino, pero a nosotros no se les ocurra tocarnos», ya han dicho (la solidaridad de la clase trabajadora con los inmigrantes que trabajan en los países del Golfo, en condiciones no siempre ideales, también tiene sus límites).

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas