La cobardía de Europa y el primo de Zumosol
«La pequeña península de Asia», un mal sueño que podría cumplirse, mientras Europa corrige a Bélgica sin decirle nada a Sánchez y alguien se ocupa de burlar el embargo de productos norteamericanos en Rusia
Sarah Jessica Parker en 'And just like that'
Tiene razón Donald Trump. Con la UE, el «califato de Bruselas» en aguda expresión de Abascal, resulta casi siempre imposible ponerse de acuerdo.
Si los drones rusos hubiesen penetrado por algún lugar de la frontera china, causando algún tipo de estropicio en Manchuria, por ejemplo, la respuesta del gigante asiático no se hubiera hecho esperar: alguna maniobra militar (cesaría de inmediato el envío de armas a Moscú, como poco) acompañada de medidas económicas. Posiblemente Putin podría despedirse ya de seguir vendiéndoles su petróleo.
Pero en Europa todo se resuelve en aplazamientos «sine die», justificados en aras de la más exquisita razón: las decisiones relevantes reclaman reflexión, sin duda. Por algo la morigerada Europa siempre se ha distinguido, frente al resto del mundo, por representar la civilización frente a la barbarie (salvo en un par de ocasiones poco memorables): las grandes ideas que la sustentan no pueden improvisarse.
Quizá sea así, aunque las meditaciones de los líderes europeos deben tener algo de budistas. Mientras se eterniza el cónclave, la UE continúa proporcionándole munición al adversario: sin tener en cuenta lo que ocurre en el patio trasero de Ucrania, cual bumerán, el dinero del petróleo que compramos a Rusia nos viene devuelto en forma de sutiles bombazos que, por descuido en el cálculo, según los responsables, a veces se llevan por delante las casas de unos desprevenidos campesinos polacos, cerca de Galitzia, pero tampoco tan lejos, como se piensa, de Galicia.
En otros tiempos, también próximos al combate, el admirado Chesterton ya lo expuso claramente: «Hay algunas cosas más importantes que la paz y una de ellas es la dignidad de la naturaleza humana».
La cobardía europea (prudencia mal aplicada) se manifiesta estos días en una triple indignidad: evade enfrentarse al matón que le mete el dedo en el ojo durante el recreo; le regala el dinero que antes le han entregado sus padres para las chuches por intentar prevenir que, de ese modo, no le haga más pupa, y, si acaso, aguarda que, si el acoso fuera a mayores, el primo de Zumosol, al que íntimamente desprecia y hasta critica frente a otros por sus rudos modales, se presente en el instante decisivo, como un «deus ex machina» de la antigüedad, para castigar al abusador.
Solo que, en esta historia, el de Zumosol da serias muestras de haberse cansado ya de hacer el primo: si su lejano pariente se dedica a zascandilear, como acostumbra, ¿por qué tendría que acudir él, algo achacoso en estos últimos tiempos, para resolverle sus problemas?
O Europa, esa a la que Nietzsche se refería burlonamente como «la pequeña península de Asia» (tanto que algunos parecen hasta habérselo creído), asume de una vez los graves desafíos a los que se enfrenta o la barbarie, la de verdad, no a la que ahora alude el ministro Bolaños como una desaforada Rosa Luxemburgo de fin de semana, se nos puede colar en cualquier momento hasta la cocina mientras permanecemos entretenidos intentando replicar la última proeza culinaria de Masterchef.
Europa rectifica a Bélgica, no puede haber veto
Sostenía Nietzsche: «Gracias a la alienación patológica, creada y apuntalada entre los pueblos por la hostilidad de las nacionalidades, gracias a la política de miras cortas y mano rápida, que no sabe anticipar hasta qué punto su ideología fragmentadora solo puede ser una política de entreactos, gracias a todo ello ahora mismo se pasan por alto los síntomas más inequívocos y explícitos de que Europa ha de ser una, o bien se reinterpretan de manera fraudulenta».
Podría haber sido escrito hoy mismo. Europa, unificada solo mediante la frágil argamasa de la economía, siempre voluble, representa un drama inconsistente, presto a deshilacharse en cuanto sus actores principales pretenden rebelarse ante el autor al reclamar una voz diferente y original, un papel más relevante para poder lucirse ante su propia parroquia, la de los impacientes familiares que acuden a contemplarlos desde la platea.
Véase lo que ha ocurrido estos días: un festival de música, que se celebra en Gante (Bélgica), suspendió la actuación prevista de un conjunto europeo, la prestigiosa Filarmónica de Munich, porque iba a acudir hasta allí con un director israelí, Lahav Shani.
Al parecer, las autoridades del evento no tenían «suficientemente» clara la postura del músico, también responsable de la Filarmónica de Israel, sobre el conflicto de Gaza. Por eso los vetaron.
Al instante, los belgas comenzaron a recibir un aluvión de protestas. En primer lugar, de las principales instituciones culturales (Filarmónica de Berlín, la ópera de la misma ciudad, la de Dresde…) y políticos alemanes. Luego, se sumaron las personalidades musicales de varios países: Martha Argerich, sir Simon Rattle, los Capuçon...
Más tarde, ante el ridículo y el cierre de filas teutón, llegó la disculpa del propio primer ministro belga, Bart de Wever, que se desplazó hasta Alemania para asistir a un concierto de la filarmónica bávara y expresarles: «Estoy aquí para decirles personalmente que no apoyamos la decisión del festival. No hay cabida para el antisemitismo ni el racismo en Bélgica. Jamás».
Ya los últimos, por supuesto, serían los miembros de la propia Comisión Europea que, comunicado mediante, afirmaron: «Estamos profundamente preocupados por la cancelación del concierto y sus implicaciones. Prohibir la entrada a escenarios o salas de conciertos, a menos que propaguen odio y violencia, contraviene nuestros valores fundamentales y democráticos. Los artistas no deben ser juzgados por su origen, religión o afiliación política».
Ni antes ni después se ha conocido que institución española alguna, o artista a título individual, tuviera algo que decir al respecto. Todos mudos. Quizá ocurriese así porque a su más conspicuo representante le pilló de viaje.
El actor Javier Bardem se encontraba, en ese momento, de gira publicitaria por EE. UU. para promover la kufiya en la pasarela de los Emmy, del mismo modo que sus colegas hacían lo propio con sus trajes y vestidos de Gucci, Saint-Laurent o Tom Ford.
Javier Bardem en la alfombra roja de los Emmys
¿España cancelará a los artistas rusos e israelíes?
El inequívoco mensaje de la siempre tardía Comisión Europea (si Alemania no se defiende: estaba en juego el prestigio de la Filarmónica de Munich, seguramente los funcionarios de Bruselas hubiesen permanecido callados) debería tener sus correspondientes, lógicas consecuencias en España.
Pedro Sánchez ha dicho que Israel tiene que quedar fuera de las competiciones deportivas internacionales, como Rusia. Y sus obedientes vasallos, partidarios del nuevo Pogromo que atiza el Gobierno (¿se hubiera detenido a alguien si un ciclista del equipo israelí llega a morir estos días?), han ido incluso más allá al asimilar deporte y competición con otro tipo de manifestaciones, como las artísticas.
El presidente de TVE salió cual gallo mañanero a anunciar que o se cumple el chantaje, es decir, echan a Israel, o España debe negarse a seguir haciendo el ridículo en Eurovisión. Mejor, nos piramos.
Noble gesto, sin duda, que nos evitará el bochorno habitual de quedar los últimos, o casi. Pero ¿respalda el Gobierno el comunicado de la UE que sostiene, sin ningún resquicio para su interpretación torticera, que «los artistas no deben ser juzgados por su origen, religión o afiliación política» y, a mayores, que prohibirles «la entrada a escenarios o salas de conciertos, a menos que propaguen odio y violencia, contraviene nuestros valores fundamentales y democráticos»?
Cabe recordar que, en los próximos meses, España acogerá a un buen número de artistas rusos e israelíes. Por ejemplo, la soprano Anna Netrebko y el violinista y director Pinchas Zukerman actuarán en Madrid. ¿También a ellos se les aplicará el veto presidencial?
Dos tipos de censura y un embargo violado
De cualquier modo, resulta complicado establecer categorías sólidas, extraer conclusiones definitivas a partir de las declaraciones de los dirigentes políticos occidentales, permanentemente instalados en la noria de los sondeos para intentar conquistar, cada semana, a una parcela distinta de su potencial electorado con ofertas variables según la estación, como las rebajas.
Volvamos al inicio de estos sueltos volanderos. Trump le afea a Europa que adquiera el petróleo ruso, país sobre el que recaería un embargo comercial. Pues resulta que, según se ha sabido estos días, en la patria de Dostoievski también son muy dados a entretenerse con las modernas series norteamericanas, las típicas de Netflix, HBO, Showtime…
No solo eso, sino que a los contenidos audiovisuales estadounidenses que allí se exhiben, a través de plataformas locales, se les aplica la censura.
Desde luego no como la de Kim Jong en Corea, donde directamente matan a quienes pillan viendo producciones «made in USA». Putin se conforma con que, de los episodios de series populares en su país, como «And just like that…», la continuación de «Sexo en Nueva York», se eliminen estas tres cosas: referencias al aborto, propaganda LGTBQI y cualquier posible crítica hacia su persona (con lo cual cada capítulo debe durar quince minutos más o menos).
Requeridas sobre el tema, las grandes productoras norteamericanas reconocen que realizan versiones con cortes para algunos mercados, de acuerdo con sus características especiales.
Pero lo que no explican es cómo demonios los rusos pueden disfrutar de los episodios censurados de los grandes éxitos norteamericanos, si supuestamente está prohibido comercializarlos en ese país en virtud de las sanciones. Y no son pirateadas. Silencio sepulcral. ¿Ocurrirá como con el tío vivo de las tarifas?